RECURSO FITOGENÉTICO

Aunque especie omnívora por excelencia, los humanos bien podríamos ser vegetarianos. Por milenios hemos logrado, como raza, detectar y cultivar un caudal asombroso de plantas comestibles que, dependiendo del autor, varían de 15000 hasta 50000 especies vegetales comestibles diferentes. Pero a ese logro inmensurable de domesticación y agricultura, comienza a contraponerse una forma de erosión peor que cualquiera que hayamos enfrentado como raza humana: la erosión genética. Se trata de un problema dramático, grave. Como con todo los casos que tardíamente estamos descubriendo (capa de ozono, derretimiento de casquetes polares, diabetes, etc.), podemos estar en los albores de un desastre apocalíptico, o quizás con el tiempo muy contado para gritar un ¡No! Colectivo y contundente que se oponga a los factores perversos de un mercado que no logra ver más allá de lo que le deja su miopía avariciosa.

Cuando hablamos de erosión, no lo decimos en un plano eufemístico. En apenas los últimos 100 años, tres cuartas partes de las especies comestibles que existían en la tierra desaparecieron, producto de factores como deforestación, urbanización, guerras y sobre todo por el monopolio perverso sobre la venta de semillas que posee un puñado de compañías… ¡Tres cuartas partes!

Tuvimos (nótese el pasado) hasta 50.000 matas diferentes para comer y hoy en día sólo 15 de ellas representan el 90 % de la ingesta total de vegetales en la tierra. Peor aún, cuatro (maíz, arroz, papa y trigo), son la dieta del 65 % de la población mundial. A principios del siglo XIX, en Francia se cultivaban 200 variedades distintas de papa. Ahora son ocho, y en España, en el mercado, no pasan de cuatro.

Hay quienes inocentemente pueden argumentar que esa erosión genética ha sido necesaria para darle prioridad a aquellas especies vegetales que son más eficientes a la hora de alimentar. Decirlo es tan estúpido como creer que la extinción de un animal, y por ende el rompimiento de una cadena ecológica, no tendrá consecuencias terribles.

Es importantísimo entender que es la diversidad genética de esos cultivos la que permite que agricultores y agrónomos adapten esas plantas a un contexto cambiante, proceso fundamental para nuestra supervivencia a largo plazo. Se trata de un proceso de siglos, por el cual se logró evitar el riesgo de extinción de cultivos gracias a especies que han demostraron ser altamente tolerantes a factores adversos de clima, suelo, plagas o inclusive a el manejo dado por el productor. No exageramos al decir que justamente en la diversidad genética es que se sustenta nuestra supervivencia a largo plazo.

A medida que permitimos procesos de erosión genética, restringimos de manera alarmante nuestra propia capacidad de reaccionar ante epidemias. Tan sencillo como que las vides de Europa (finales del siglo XIX) o el trigo en USA (Mediados del siglo pasado) estuvieron a un paso de desaparecer de no haber sido por especies silvestres de las mismas plantas, localizadas en otras partes del planeta, que eran resistentes al tipo de plaga que había atacado a sus hermanas. De haber habido una sola especie de uva o de trigo (por ejemplo por ser la mas rendidora económicamente), posiblemente hoy no hablaríamos ni de pan ni de vino. El problema es tan serio, que un nuevo concepto ha aparecido sobre el planeta: Dentro de las riquezas de un país, comienza a contarse también su Recurso Fitogenético, refiriéndose el término a cualquier material genético de origen vegetal que posea un valor real o potencial para la alimentación y la agricultura.

Estuvimos a punto de perder la carrera contra una empresa privada (Celera Genomics) para secuenciar al genoma humano, en un capítulo infame de la historia en donde los capitales pretendían adueñarse de la patente de lo que somos biológicamente, gracias a la inacción de los gobiernos del mundo pobre, que suelen ver a la investigación científica teórica como innecesaria. Le invitamos a leer en Internet el “Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura” aprobado en el 2004 por la FAO (¿adivinen quienes no quisieron firmar?), en él quedan asentadas las bases para una democrática y colectiva manera de protegernos, en la medida que los gobiernos legislen e investiguen… ¡Es hora de apurarse antes de que otros decidan cuando y sobre todo, qué comeremos!

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