sábado, enero 21, 2012

270 (LA INDIA)

LA INDIA

Es fascinante ver como toman el fino, y a veces muy colorido, trozo de tela y son capaces de anudarlo a velocidad notable. Con ver la forma del doblez puede inferirse si se trata de una ocasión elegante, si quien lo viste pertenece a otra generación e inclusive, hasta por la forma de amarrarlo puede el ojo entrenado establecer la clase social de la persona ¡Tal es la complicación de sus códigos!

Viajar por el país puede ser un carrusel que nos enfrenta a costumbres religiosas únicas que, por desconocidas, a ratos se nos presentan hasta supersticiosas. No es extraño que hablen con naturalidad sobre pequeños niños capaces de volar o que en épocas del año quemen papeles con deseos a la espera de que los dioses les respondan con augurios. Habiendo varias religiones, en cada una podemos encontrarnos con sub grupos que se visten diferente ¡No intente entenderlo! Para decepción mía, confieso, pocos son los que saben el significado de sus nombres, aunque entiendo que todos tienen un significado espiritual de origen religioso.

Le invito a leer de nuevo los dos primeros párrafos de este artículo referidos a la manera como en Venezuela vemos a las corbatas, los querubines, al espíritu de la navidad y lo complicado que es entender las sutilezas de costumbres que hay en las decenas de sub grupos que se arropan bajo el término cristianismo. Exactamente así nos describiría alguien de la India en caso de venir a visitarnos. Nos describiría así, porque eso somos. Pero no lo hacen y en ello nos llevan una ventaja descomunal. No pretenden entendernos ni buscar en nosotros códigos civilizados.

Por el contrario, cada vez que los occidentales visitamos a la India, nos empecinamos en tratar de entenderlos, en pregúntales que significan sus nombres, en buscar espiritualidad en la vida cotidiana de parejas que trabajan y mandan hijos al colegio. Termina sucediéndonos como el viejo chiste del que le pregunta al bombero el porque de su cinturón rojo y este con naturalidad responde: "pues para que no se me caigan los pantalones".

Salvo que estemos inmersos en la tranquilidad de códigos que es un tour, un viaje a la India nunca es fácil. Sencillamente no existe ni una sola cosa que podamos reconocer. No me refiero a cosas básicas como idioma, manejar por la izquierda o sabores de la comida. Me refiero a lo que es correcto y a lo que no lo es. A lo que da risa y a lo que insulta. Nos asquea ver como la gente come con la mano, pero no nos detenemos a pensar que tocar comida de otro con nuestoa cubiertos ensalivados es casi de las peores cosas que puede concebir alguien de la India... Tal como hacemos nosotros cuando a un amigo le decimos que nos de a probar de su plato. En occidente nos hemos desacostumbrado a ser juzgados porque oriente no tiene en su código genético juzgar, pero somos realmente buenos para juzgar y preguntar "¿porque?" cuando las cosas no son como deberian ser. Es tal nuestra necesidad de que las cosas sean a nuestra manera que necesitamos desesperados tirar un cable a tierra que nos occidentalice. Hasta la marca comercial transnacional, transparente a nuestros ojos en nuestros centros comerciales, cobra inusitada fuerza y nos aferramos a ella como si su presencia nos amarrara a las cosas correctas.

Todos estamos inmersos en millones de códigos que constituyen eso que llamamos cotidiano y que nos mantiene no solo atados a tierra, sino que nos da sentido de pertenencia. La forma en que nos saludamos, la disposición de la publicidad, los códigos de conducta al manejar, las formas físicas del afecto, aquello que hemos considerado de buena educación. Millones y millones de pequeños detalles que hemos entramado en un panal infinito que nos da seguridad. Cada uno de esos códigos es el instrumento de una orquestra y el conjunto, la sinfonía que suena a nuestro alrededor las 24 horas del día. Venir a la India es enfrentarse también a una orquestra, solo que esta posee todos los instrumentos diferentes y afinados con otras escalas. Cuando suenan a la vez no reconocemos la melodia y sentimos que nos han lanzado contra el ruido mas descomunal posible. Semejante bullicio en medio de un lugar en donde tampoco podemos comunicarnos porque el idioma no tiene nada común, hace que solo nos quede un único espacio que suene reconocible: nuestro interior, nuestros pensamientos. Un interior que en nuestros propios países no habíamos tenido tiempo de escuchar y que acá se nos convierte en materia obligatoria de una tarea pendiente y que nos siempre es agradable oír.

Muy por encima de su infinita cultura, de las cosas que mas admiro de la gente de la India es que cuando viajo a su pais jamás me preguntan porque soy como soy. En el país en donde jamás podria vivir porque nada me resulta cómodo, es en donde me siento libre. Aquí aprendo que todo el mundo nace, ama y muere. Juzgar pierde sentido.

Campos de Preetnagar Nagar (Norte de la India), Enero 2012

lunes, diciembre 26, 2011

Texto sobre el vinagre de Modena por Ignacio Medina

El que sigue es un texto escrito por Ignacio Medina (http://twitter.com/igmedna) , quien amablemente me lo cedió para publicar en este blog.

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Fragmento de “Los Ritos del Lujo”. Temas de Hoy, 1989

La riqueza de las grandes familias de Módena y de Reggio Emilia se medía ya antes del inicio de nuestro milenio por el número de barricas capaces de envejecer vinagre que guardaban en sus desvanes. Un privilegio, el de elaborar vinagre, reservado sólo a las grandes familias de la Romagna, del mismo modo que su consumo se reservaba entonces para las grandes mesas de Italia.

No es sólo el valor gastronómico que entraña. Sus productores han desvelado ya en esa época su capacidad terapéutica. Y como tal se empleará también durante siglos. Eficaz antiséptico, remedio contra desmayos y dolores, y prescrito para algunas enfermedades inflamatorias, se sabe que Lucrecia Borgia, esposa de Alfonso I de Este, Duque de Modena, lo utiliza con eficacia para aliviar los dolores que sufre durante el parto de su primer hijo.

De esta suerte, el vinagre de Modena empieza a registrarse a partir del año 1747 como vinagre balsámico. Es ya ‑condimento y remedio al mismo tiempo‑ patrimonio de las grandes cortes europeas. El descubrimiento de la disoluta nobleza del viejo continente no ha cogido por sorpresa a sus productores, celosos guardianes de su secreto, los cuáles, ya en 1394, habían constituido en Modena la Corporazione del Fabbricanti di Aceto; garante del buen nombre y la exclusividad de la más suntuosa entre las esencias culinarias de la época.

Comida y salud se unen desde la noche de los tiempos, y lo hacen de forma caprichosa con las especies y esencias más preciadas de la gastronomía. Son múltiples las aplicaciones terapéuticas de la nuez moscada (virtuosa frente a las infecciones intestinales y las malas digestiones), la canela y el clavo. Los recientes descubrimientos sobre la autolisis del pescado desvelan los inmensos efectos rejuvenecedores y protectores del gárum, aquella pasta que hacían en la vieja Roma con tripas y carnes de pescados azules. Se adjudica a la mayoría de las setas capacidad como estimulantes orgánicos y cerebrales, además de alimentos remineralizantes del cuerpo humano..... Y así podríamos continuar de manera casi infinita trazando una sólida cadena capaz de unir entre sus eslabones el inicio de la alimentación del hombre con el mantenimiento de su salud. Son aspectos de los que se ha ocupado de forma ejemplar en la revista Gran Reserva mi amigo Andrés Malby, estudioso de las ciencias del hombre.

Y en este contexto encontramos el aceto balsámico modenés. Se han ilustrado repetidamente sus posibilidades terapéuticas con el caso más sublime que han encontrado los historiadores, el de Lucrecia Borgia, pero puede haber otros.¿Quién dice que no era de Modena el vinagre aromático que utilizaron para protegerse, impregnando con él los pañuelos que les cubrían la nariz y la boca, los ladrones que desvalijaron la ciudad de Toulouse, azotada por la peste?

Fuera o no así, lo cierto es que la fama de este singular extracto llega a las grandes mesas europeas (incluidas las suntuosas de los papas Medicis) acompañado de su fama como eficaz y polivalente remedio y provocado, como es norma para cualquier tótem, culinario o no, por su alto precio y su notable escasez, alguno, aunque no el más importante, de sus símbolos distintivos.

Lo realmente decisivo cuando se habla del vinagre modenés, por encima de las mil peculiaridades que entraña su elaboración, es el tiempo. Su paso, lento y sosegado, es determinante en la concreción de sus mas estimadas características. Tanto, que nadie podría hoy buscar provecho para él o para sus hijos en la creación de una acetaia. Ni en el paladar ni en lo económico. Los frutos llegan mucho más tarde; están tan lejos que se dice que quien pone hoy una acetaia lo hace para sus nietos.

Hacen falta al menos veinticinco años para que las carísimas barricas de madera de castaño, morera, cerezo o enebro (preferiblemente estas últimas, que son también las más caras) puedan empezar a producir vinagre. Un plazo suficientemente amplio pero que aun se queda muy corto. Comprando hoy las barricas podríamos empezar el proceso de elaboración del vinagre en la segunda década del siglo XXI; suponiendo que estuviéramos en Modena y sus alrededores y tuviéramos acceso a alguna partida de las preciadas uvas que trae al mundo la cepa Trebbiano.

Son cepas que producen uvas pequeñas y redondas, nada aptas para conseguir vinos de calidad, que sin embargo ocupan mayoritariamente los viñedos de Modena y Reggio Emilia. Y entre ellas se escogen aquellas que crecen particularmente alejadas de cualquier foco contaminante, ya sea un pueblo, una carretera o una industria. Hay una nueva dificultad añadida; su cultivo en las laderas de las colinas, peculiaridad que les permite aprovechar el sol pero que obstaculiza aun más su recogida. No es de extrañar que en estas condiciones haya alcanzado prácticamente las setecientas pesetas por kilo en la última cosecha (el precio de la uva de Albariño, la más cara de las españolas, ha superado este año las doscientas pesetas, triplicando prácticamente el precio pagado en Rioja).

Una vez recogidos los racimos se dejan al sol, orientados al sur, durante prácticamente un mes, antes de prensarlos para obtener el mosto. El líquido obtenido se cuece hasta reducirlo en un cincuenta por ciento. Se ha obtenido ya el extracto que servirá de base a la elaboración del vinagre y que añade a este una nueva singularidad; el vinagre de Modena no se obtiene del vino, como sucede en el resto de los casos, sino del mosto conseguido por este procedimiento.

El extracto conseguido se convierte en vinagre oscuro y brillante después de pasar tres años en la barrica. Será considerado de buena calidad cuando pasen diez, extraordinario a los treinta y sublime pasados los cincuenta, cuando consolida las características que lo convierten en un néctar casi divino. Es entonces, pasada la barrera de los diez lustros, cuando nos encontramos con el auténtico mito; definitivamente agridulce, con una densidad casi licorosa, de aromas complejos y penetrantes y una acidez milagrosamente matizada.

Setenta y cinco o más años son muchos. Suficientes para que casi dos generaciones hagan el trabajo más duro pensando en lo que el tiempo les niega y la fortuna que obtendrá la tercera de su esfuerzo. Quien pone una acetaia lo hace para sus nietos.

Pero mientras tanto carga con una labor larga y casi cotidiana; la del trasvase entre barricas. Una operación que deberá repetirse miles de veces antes de que el vinagre salga a la venta y que tiene por objeto una mayor oxidación del líquido y la homogeneización de las cosechas.

El trasvase se hace siguiendo el sistema de soleras. Siguiendo casi idéntico sistema que el empleado en las bodegas jerezanas, las barricas se disponen de acuerdo con la antiguedad del vinagre que contienen. El proceso empieza extrayendo líquido de esta barrica y rellenándola con el procedente de la que la precede en edad, y así sucesivamente hasta llegar a la que encierra el vinagre más joven, al que se añadirá el procedente de la primera barrica. El contenido de cada una de ellas ganará con la multiplicación de esta labor.

Del mismo modo, el vinagre es mejor cuanto más antigua es la barrica. Viendo el goteo casi imperceptible del líquido que rezuma de las barricas de uno de los granai (granero, en italiano; las acetaie se instalaban en la parte más alta de las casas, en el lugar que ocupaban los graneros, seguramente para favorecer su ventilación e impedir que los olores impregnaran el resto de la casa), pienso que se debe fundamentalmente a dos factores; la mayor capacidad oxidativa que ofrece y su incapacidad para transmitir los aromas y sabores propios de la madera. Aunque ellos, enfrascados en su secreto, ni lo niegan ni lo admiten.

La coyuntura acaba convirtiendo estas barricas en auténticos monstruos. La evidencia de que la edad del continente ayuda al contenido y, sobre todo, la larga espera hasta conseguir que una nueva barrica está en disposición de producir vinagre, obliga a realizar auténticas labores de remiendo. Las manos expertas de los artesanos modeneses se verán obligadas a ejercer sobre ellas su labor terapéutica, incorporando a su perímetro nuevas duelas y sustituyendo aros de hierro, haciéndolas crecer de forma progresiva. Cada vez que se repite la operación, la barrica gana en volumen y en peso, aunque su capacidad permanece inmutable. Las más antiguas, convertidas ya en gigantescas botas, apenas contienen una docena de litros de vinagre.

Todo es en el mundo del vinagre modenés caro y escaso. Desde las uvas hasta las barricas. No es extraño que las acetaie actuales no superen casi nunca las cincuenta barricas, aunque con ellas se puede forjar una pequeña fortuna. Para evitar la atomización de la propiedad, convertida en patrimonio familiar, la tradición obliga a que estas sean legadas, de forma indivisible, al hijo primogénito. Cada vinagrero modenés envejece los vinagres que le dejó su padre pensando en su hijo, y crea los suyos propios con la mirada puesta en el primero de sus nietos.


LA LITURGIA DEL VINAGRE

En un tiempo que vive la peculiar fobia del vinagre, el aceto balsámico de Modena detenta la primacía indiscutible. Cuando las excentricidades de algunas corrientes de la cocina moderna han puesto de moda los vinagres aromatizados ‑desde los más tradicionales, a las finas hierbas o al estragón, hasta soberbias marranadas, como los vinagres al kiwi, el fruto de la pasión o el mango‑ el Vinagre de Modena se erige como el rey indiscutible del mundo de los aromas. Y revalida su posición cada año desde Spilamberto, una pequeña localidad cercana a Modena donde por San Juan se celebra la feria del vinagre.

Hasta Spilamberto se trasladan con orgullo los acetai a mostrar sus mejores productos. Y muchos lo hacen con una maleta como equipaje. En ella caben los pequeños frascos, tan parecidos a los de los mejores perfumes, que alojan pequeñas cantidades de líquido.

No son avaros. Es política comercial. Bastan unas gotas de vinagre de Modena para perfumar cualquier plato. Es tan denso y tan fragante como el mejor de los perfumes. Además, su precio haría casi imposible su llegada al mercado en envases mayores .Los vinagres que llegan a la Feria de Spilamberto son los mejores, los más antiguos y complejos, los de mayor potencialidad aromática y sus precios son astronómicos. Un vinagre de Módena de cien años se cotiza por encima de las seiscientas mil pesetas por litro.El de sesenta años alcanza el cuarto de millón. En España podemos encontrar la cosecha especial de treinta años del Aceto Balsámico Fini a cuarenta mil pesetas la botella. El precio baja, para la botella de o.25 cl del vinagre de diez años, hasta las 1.100 pesetas.

Javier García Ruano, propietario junto con Rosa Grau, su mujer, del restaurante Florián, de Barcelona, importa los vinagres de Giuseppe Giusti, uno de los más prestigiosos de Modena.

Rosa Grau ha sido pionera en la utilización del milagroso extracto en las cocinas españolas. Unas pocas gotas convierten sus ensaladas en manjares exquisitos. Tanto como las tostadas que los acetai consideran el mejor bocado que es posible ofrecer; sobre ellas dejan caer dos o tres gotas del mítico vinagre y las paladean con fruición. El sabor casi neutro de un buen pan blanco mantiene la pureza de los sabores del néctar.

Convierte en exquisita cualquier ensalada; realza los sabores de una verdura sencillamente cocida; provoca destellos en las carnes, hervidas o asadas, y consigue que cualquier salsa alcance tintes superlativos.

sábado, diciembre 17, 2011

#269 (2012)

Cada diciembre, desde hace cinco años, me gusta dedicar unas letras a aquellos eventos gastronómicos trascendentales que estimo puedan moldear el año que está por nacer. Todo intento de futurología está basado en indicios claros que pueden olfatearse, así como de los propios sueños del autor. Paso, entonces, a listar los seis aspectos que creo signarán el escenario gastronómico venezolano durante el próximo año 2012, no sin algo de subjetividad por ser yo parte interesada.

Reflexión: La última década nos ha tenido cabalgando una montaña rusa de velocidad frenética. Es tal la evolución que hemos logrado en el país a la hora de posicionarnos gastronómicamente, que todo pareciera indicar que se acercan muy necesarios momentos signados por la pausa y la reflexión. Tanto para individuos como para organizaciones, hacer un alto en el camino para dedicarlo a reflexionar es síntoma de madurez. Se acercan tiempos de cenas, conversas, vino y muchas deliberaciones sobre lo hecho mal y, sobre todo, bien. Seguramente de esas conversaciones saldremos con metas mejor enfocadas.

Periodismo gastronómico: Este aspecto en particular es uno de los que me tiene mas ilusionado. Al creciente movimiento gastronómico venezolano le hace falta difusión. De ello depende que se genere una consciencia nacional de profundo orgullo hacia su legado inmaterial. Se ha trabajado mucho internamente, y seguramente buena parte de la fama de los cocineros locales se debe a la manera en que el gremio de periodistas arropó a la fuente gastronómica con sus letras y afán investigativo. Recientemente se creó el Capítulo de Venezuela de la Asociación de Periodistas Gastronómicos Latinoamericanos y cada vez es mas común ver al gremio de periodistas acompañando a los cocineros en sus andanzas internacionales, y viceversa. No exagero si pienso que la historia los ha puesto en un momento fundamental.

Unión latinoamericana: Probablemente una de las pruebas del avance que ha tenido la gastronomía como factor para apuntalar las marca país y el crecimiento económico del continente desde visiones humanistas, es que estamos encaminados hacia una marca continental. El que viene será el año de Latinoamérica Tiene Salsa, el eslogan que en la ciudad de Lima se escogió para iniciar el proceso federativo que nos permita hablar con una sola voz. Como caso, es inédito que en términos continentales haya semejante unicidad de criterio y de nortes.

Chef venezolano de alto ranking: Aunque toda lista clasificatoria posee elemento subjetivos y curadurías que prevalecen a la hora de escoger, en el caso de la cocina sucede algo muy curioso: los mismos cocineros intentan ayudar a los nombres que tienen mas posibilidades de aparecer en los listados de los críticos gastronómicos, porque saben que el éxito de un chef es el de el país, y le abre muchas puertas a otros. Para lograr que un cocinero aparezca en las listas especializadas del ramo, este necesita cumplir con cinco condiciones simultáneas: Cocinar con la estética y estándares que espera la crítica (lo que no necesariamente habla de mejor o peor), haber editado libros, tener una ronda agitada de visitas a otros países para ser reconocido por colegas extranjeros, poseer restaurante y habitar una ciudad que esté en el circuito turístico. En el país en este momento hay por lo menos cuatro cocineros que tienen esa posibilidad. A unos les faltan retoques a sus restaurantes, a otros libro, otros tienen que viajar mas y a todos les falta que Caracas aparezca en las guías de turismo; pero no hay duda de que ya tenemos un grupo con enorme talento. No se si se dará en el 2012, pero estamos acariciando ese trofeo.

Unión de gremios de cocina: Ya Venezuela posee un número importante de organizaciones trabajando el tema gastronómico con el foco común de posicionar al país a nivel internacional y lograr avances sociales alrededor de aspectos culturales. Últimamente hemos presenciado eventos que han mostrado la sinergia que se logra cuando se suman esfuerzos. Pareciera que nos encaminamos a un periodo de unión al estilo de las cámaras gremiales y, de darse, ello aceleraría notablemente el buen paso que traemos.

Hecho en Venezuela: Basta pasear por un supermercado para entender el cambio que hemos tenido en el último año: Literalmente una explosión de productos gastronómicos generados desde el recetario familiar. Aunque soy absolutamente contrario a las restricciones actuales de importación y acceso a moneda extranjera, no puedo negar que el lado bueno de este período de escasez es que ha obligado a los empresarios de tiendas por departamento a buscar en el microempresariado formas para llenar anaqueles. El viejo sueño del código de barra local consolidándose.

Desde esta columna termino como inicié. Deseándoles pausa y tiempo de reflexión en el 2012 en cualquier aspecto de su vida.

sábado, diciembre 10, 2011

#268 NOSOTROS, LOS GORDITOS

En la búsqueda de un discurso sólido, una parte importante pasa por entender y clasificar aquellos aspectos que, desde sus especificidades, generan valores únicos que pueden ser tomados por otros bien sea como base, o bien como ejemplo a imitar. Gastronómicamente, Latinoamérica ha recorrido un trecho importante en esa búsqueda debido a cuatro aspectos imbatibles y ampliamente documentados, como son una biodiversidad de comestibles que pareciera no tener fin, un barroquismo estacional que genera un repertorio anual realmente inusitado un espectro aromático amplio al punto de que la imagen de una persona enterrando la nariz en una fruta exótica es casi lugar común y, mas recientemente, el uso de la gastronomía como política de Estado que, desde un discurso basado en el recetario popular, logre la generación de mejoras sociales colectivas mediante el mercadeo de las formas inmateriales de patrimonio y el apoyo a microempresas de cocina.

Pero, todo discurso pasa también por desmontar aquellos aspectos globales que gota a gota van taladrando nuestro orgullo con discurso imperial, hasta erigirse en victoriosos conquistadores que nos convencen que el destino nos ha colocado en artificial minusvalía. Quien primero documenta gana la mayoría de las veces el derecho de aseverar que sus valores son los correctos. Usando el viejo lugar común: la historia es escrita por los ganadores.

Nadie nos ha convencido. Nos hemos convencido nosotros mismos. Lo que es peor, afirmamos. Afirmamos ser hijos de un Dios menor en muchos aspectos de nuestro discurso gastronómico.

Nos hemos convencido que poseemos un recetario pobre en repertorio a la hora de compararlo con otros países. Olvidando, entre miles de ejemplos, que Ecuador tiene una sopa distinta para cada día del año o que en Venezuela faltan dedos de la mano para describir las diferentes formas (técnicas, de textura y de sabor) para hacer caraotas (porotos) negras o dulce de lechosa (papaya verde), por hablar de apenas dos de nuestras recetas tradicionales.

Nos hemos convencido que la comida popular nos gusta porque es la de casa, pero que, mas allá de ser simpática, maternal y sabrosa, carece de la grandeza técnica de otras. Olvidando en el camino que solo si documentamos la estacionalidad, características y sobre todo posibilidades aislantes de la hoja de plátano o la complejidad detrás del manejo de la yuca venenosa para hacer salsas, tenemos de sobra para legarle al mundo aspectos técnicos que podrían usarse como ideas base para otras cocinas.

Nos hemos convencido que nuestra comida engorda.

Sin minimizar el serio problema del aumento del índice de obesidad en nuestro continente, es necesario desmontar la matriz generalizada de opinión que ha hecho que nos convenzamos que poseemos una cocina que no es sana. Nunca vemos una dieta en las revistas basada en nuestros productos y recetas tradicionales, aunque no exista una sola ilustración de la época de la conquista que muestre a un habitante del continente obeso. Vemos, por el contrario, mucha literatura escrita acerca de las propiedades cuasi milagrosas de algunos ingredientes de otros continentes o de su recetario; y a fuerza de caracteres nos vamos convenciendo de ser víctimas de un azar que nos colocó en el lugar equivocado. La obesidad es un problema que depende de cambios de hábitos, refinamiento, industrialización, sedentarismo, adicción al azúcar, estrés y, sobre todo, exceso. Todo el secreto detrás de la dieta mediterránea radica en que invita a comer menos grasas saturadas provenientes de proteínas animales, comer menos industrializado y mas parecido a la dieta histórica y, siendo dieta, invita a la mesura. No hay magia, solo sentido común. Así como en un continente hay aceite de oliva y en otro cúrcuma, en el nuestro hay sacha inchi, manteca de cacao y onoto. Así como ellos legaron el cerdo con sus grasas saturadas y no supimos comerlas equilibradas, nosotros les dimos maíz y les dio por comerlo con mantequilla. Así como ellos consideran una gracia los banquetes romanos con sus excesos… nosotros nos zampamos en diciembre dos hallacas para comenzar. Ni mejores, ni peores. Solo sentido común. Siendo objetivos, al ser nuestro continente tierra inexplorada de millones de especies vegetales, las probabilidades milagrosas deben ser mayores en nuestro Amazonas que en cualquier otro lugar. No en vano nos llaman la farmacia del mundo.

Ya lo demostró Armando Scannone en esa genialidad que es su reciente libro verde (“Mi cocina ligera a la manera de Caracas”) al mostrarnos que dos hallacas de 100 grs (mas que suficiente) solo aportan 548 calorías y sacian en el camino. Todo es cuestión de metodología, de entender nuestros productos, contextura, nomenclatura, forma histórica de consumo. ¡Construyamos un mundo de sacha inchi, quinoa, yerba mate, estevia, cacao, aguacate, amaranto y casabe!... un mundo sano.

lunes, diciembre 05, 2011

CINE Y GASTRONOMÍA EN ICTC (RATATOUILLE, 14/12/2011/


¡RATATOUILLE!

NOTA: ACTIVIDAD REPROGRAMADA PARA EL MIÉRCOLES 14 DE DICIEMBRE




Continuando con los ciclos de CINE Y GASTRONOMÍA en nuestra sede del INSTITUTO CULINARIO Y TURÍSTICO DEL CARIBE en la Isla de Margarita, el Miércoles 14 de Diciembre a las 6 pm, presentaremos la fabulosa película animada RATATOUILLE acompañada de cotufas con mantequilla de alcaparras... ¡Y al terminar un menú armonizado con vinos inspirado en escenas de la película!

NOTA: Debido a las lluvias, la película no será disfrutada al aire libre y esta vez podremos atender sólo 16 personas.

INFORMACIÓN: ictcmargarita@gmail.com o +58-412-3034400

PRECIO: 300 BsF

LUGAR: ICTC, Calle Láres, La Asunción, Isla de Margarita, Venezuela


MENÚ


1. Hongos gratinados rellenos con queso y romero. Mayonesa de azafrán

(1era inspiración de una rata alquimista)


2. Sopa cremosa de puerros (ajo porro)

(El accidente de Linguini)


3. ¡Ratatouille!

(La consagración de Remy)


4. Queso de cabra con jalea de uva de playa

(El premio solitario de los cocineros)

sábado, diciembre 03, 2011

TALLER DE HALLACAS EN ICTC (MARGARITA) EL 17/12/2011

Haciendo hallacas con mis muchachitos en el 2006

Desde que nació mi hijo hago de manera religiosa mis hallacas en Diciembre. Algunas veces las he vendido, otras han sido para amigos... pero siempre lo he hecho para asegurarme que mis hijos tengan en su ADN los aromas que nos representan.

Por primera vez he decidido hacerlas al mismo tiempo que enseño a hacerlas. Los acompaño a que me acompañen en Margarita a este curso (de donde se llevarán dos hallacas a casa) en donde sueño que haya niñas y niños para mantener la tradición.

DÍA: Sábado 17 de Diciembre
HORARIO: Desde las 9 am hasta terminarlas (aproximadamente 6 horas)
LUGAR: Instituto Culinario de Caracas, La Asunción, Isla de Margarita, Venezuela
INFORMACIÓN: ictcmargarita@gmail.com o +58-412-3034400
COSTO: 600 BsF
CUPO: 20 personas


Hace 5 años, teniendo mi hijo 11 años, él y yo hicimos tres videos (totalmente domésticos) para no olvidar el momento hermoso que implicó hacerlas juntos... anexo la serie:


Igualmente les anexo un artículo que alguna vez escribí sobre ellas:

#267 MI MAMÁ ME ENSEÑÓ


Los catalanes poseen una receta llamada Pan con tomate (pa amb tomàquet) que, tal como suena, no es mas que un buen trozo de excelente pan frotado con tomate. Por ello, cuando una vez llegó a mis manos un libro de no menos de 200 páginas dedicado a la muy sencilla receta española, no pude sino considerarlo un exceso enternecedor. Con el tiempo entendí la poderosa fuerza unificadora que poseen aquellos valores culturales que, con su especificidad, llegan a volverse culto de las naciones. Entendí el porqué de ese libro que hablaba de versiones y exaltaba hasta el paroxismo al tomate de ramillete rallado sobre pan de Payés. Es justamente detrás del culto a los ínfimos detalles decantados por la experiencia popular, que se esconde el secreto de la denominación de origen. Para que se entienda mejor: No basta con loar orgullosamente a nuestra tradicional conserva de coco, sino que es necesario documentar su diferencia por regiones, descubrir quienes prefieren la hoja de limón a la de naranja, porqué unos la hacen melcochosa y otros seca y hasta polemizar con el grosor de la ralladura del coco. Nuestra conserva de coco, seguramente, da para escribir las mismas 200 páginas dedicadas al humilde trozo de pan entomatado y una vez que lo hagamos, habremos colocado bandera sobre ella.


Acaba de publicarse el libro "La empanada criolla en la historia y la tradición" (Ediciones IVIC, 137 páginas) de la socióloga venezolana María Matilde Suárez y, aparte de ser una obra de investigación impecable, con él se logra un hito en esta prolífica andanada editorial que ha tenido la gastronomía venezolana en los últimos tres años: Hemos comenzado a investigar y documentar los átomos de los que estamos constituidos.


Varias cosas son notables en el libro de la autora. Nos enfrenta al hecho de que somos un pueblo con una historia gastronómica de complejidad técnica que se remonta a varios siglos, a través de documentos que muestran como

la empanada ya para el siglo XIX era vendida cotidianamente, lo que nos permite entender las razones detrás de la enorme diferencia tanto técnica como de rellenos y hábitos de consumo que tenemos en el país.


La columna vertebral del libro son las entrevistas que la autora le hizo a empanaderas de cada una de las regiones de Venezuela, y es a través de ellas que queda claro que para hacer empanadas son necesarios muchos años de experiencia. Podríamos resumir la dificultad detrás de una buena empanada en una palabra que flota a lo largo de todas las entrevistas: punto. Punto de la masa para que no sea ni desabrida, ni salada, ni dulce. Punto del guiso para que no sea ni seco ni aguado. Punto del aceite para que no las enchumbe ni les cambie el sabor.


Pero de todos los aspectos del libro de María Matilde Suárez, el mas notable es que termina por ser un manifiesto feminista. En un país lleno de hombres irresponsables, queda la masa de nuestra empanada como vehículo liberador que ha educado buena parte de nuestros hijos. Como bien dice Rosa La Guayanesa en una parte del libro, esas empanadas le permitieron no tener que depender de hombres que "querían controlar la plata, cobrar y darse el vuelto. Yo era la de las ideas, la del trabajo y ellos a cobrar y gastar". Salvo una, todas las historias plasmadas en el libro hablan de la transmisión de una tradición de madre a hija que ha sido usada para levantar familias cuando el hombre de la casa las abandonó. Bien lo dice la autora en el epílogo de su libro: "El acto de empanar es una estrategia para eliminar la desigualdad de género en el hogar, porque limita el dominio del hombre sobre la mujer".


"La empanada criolla en la historia y la tradición", un libro que es necesario leer no solo por su profunda enseñanza sociológica, sino porque muestra la complejidad técnica de nuestro recetario tradicional y nos deja una tarea pendiente a los cocineros del país: Aprender a hacer empanadas tan perfectas como las de las señoras que cada mañana toman las esquinas de este país con su carga de guisos y onoto.

II

La noticia del libro que acabo de comentar sería razón mas que suficiente para darnos por satisfechos este año, pero las buenas noticias no terminan acá. Llega a mis manos el par de libros infantiles "Para cocinar y servir la comida" y "Para comer" de Sagrario Berti y Silda Cordoliani, editados por la Fundación Empresas Polar en su serie "Cuadernos de Artesanía" ¡Sendos libros para enseñarle a nuestros pequeños la forma, nombre y uso de los utensilios que usamos en Venezuela para servir nuestra comida! Libros que garantizarán que nuestros hijos sepan con orgullo que somos pueblo de anafre, barro, batea, totuma, sebucán y pilón. Libros que garantizarán que en el futuro nuestros hijos puedan afirmar Mi Mamá me enseñó a hacer empanadas y a decirle loza a los platos, poniendo a rodar la nomenclatura que nos identifica.

jueves, noviembre 24, 2011

#266 CUATRO AÑOS DESPUÉS

Mas de una vez he bromeado preguntándome que mal han hecho nuestras Mamás como para que el crédito gastronómico de nuestros legados descanse exclusivamente en las abuelas. Quizás es que ellas pertenecen a una generación en donde se cocinaba más, quizás es que tienen tiempo, quizás añoranza por platos que van desapareciendo; pero el caso es que ellas son matronas de nuestros aromas. Esta semana se nos murió Meche, abuela-cocinera. Mi forma de homenajearla es colocando extractos de una columna que escribí exactamente hace cuatro años.

EL UMFF DE MECHE

Hay un término difícil de describir que suele usar mi suegra Meche cuando prueba un guiso y siente que no está redondo: dice en esos momentos “le falta umff”. La primera vez que le oí ese sonido destemplado no pude menos que reírme, pero para mi sorpresa me he descubierto usándolo en más de una ocasión. El “umff de Meche” resume el par de conceptos más importantes del mundo de la cocina. Ese umff tiene tras de sí el recuerdo de los aromas y sabores que debería tener ese plato, lo que sólo se obtiene luego de haberlo probado cientos de veces. Ese umff también esconde, el hecho de que sólo la experiencia puede generar un grado de sapiencia tal que logre detectar sutiles faltas o excesos, aunque se hayan seguido las instrucciones de una receta al pie de la letra. Recuerdo y experiencia, ¡la dupla mágica de la cocina!

Poniendo atención, es fácil descubrir que prácticamente cada casa posee su propio umff. En algunas he oído decir “le falta puya”, en otras le dicen “malicia”, hay quienes se limitan a un indescifrable “no se…”. Inclusive los cocineros profesionales usan un término de carácter técnico para describir su frustración una vez que prueban un guiso y lo descubren fallo, llaman “rectificar” al acto de enmendamiento posterior. Linda palabra esta de rectificar, en sí misma contiene la humildad y la experiencia necesarias que debe tener un mentor.

Lograr que un plato quede igual cada vez, termina por ser 90% de la labor cotidiana del jefe de una cocina. Para entender la enorme dificultad que implica esto, intente por ejemplo, dirigir a un grupo de 10 personas que hacen pan de jamón. En este caso tenemos la seguridad de que casi todas las condiciones azarosas están controladas: todos usan los mismos ingredientes, el mismo horno, la misma receta, la misma mirada de experiencia escrutadora… ¡El resultado será siempre de 10 panes diferentes!

Cuando la inexperiencia y la arrogante juventud campeaban en los terrenos de mi incipiente profesión, me molestaba mucho que un cliente no fuese específico a la hora de criticar uno de mis platos, especialmente si se trataba de uno tradicional. Es mortal para los cocineros la frase: “No estaba mal el asado negro de Sumito, pero tampoco espectacular”, por ser una frase despojada de consejos; una que no entrega luces. En el fondo esa frase es el gran umff que logra un colectivo, amante y garante de sus tradiciones. Es el umff al que más deberían estar atentos los cocineros.

El “umff de Meche” termina por ser el garante custodio de las tradiciones. Recalcando el concepto inicial de este artículo, semejante logro sólo es posible si repetimos y probamos y repetimos y probamos cientos de veces un mismo plato. Se necesita mucha sutileza para descubrir la diferencia entre dos quesos telita frescos de proveedores diferentes, pero justamente esa sutileza es la que permitirá evitar desviaciones de los fundamentos básicos de nuestras tradiciones. El umff es políticamente conservador, pero es importante entender que el concepto mismo de tradición implica inamovilidad en los conceptos fundamentales.

Se acerca la Navidad y Venezuela estará llena de cientos de miles de niños que posiblemente consideran todavía incomibles a nuestro pan de jamón y a nuestras hallacas. Los padres de esos niños están ante una disyuntiva clara: se hacen la vista gorda y no los hacen partícipes del festín familiar o les hacen algo que les guste comer, pero insisten amorosamente hasta lograr que prueben los platos tradicionales de la casa. Seguramente, esos niños por inercia testaruda esgrimirán los argumentos de siempre para justificar que no desean seguir comiendo, pero usted habrá logrado algo enorme, colocar un ladrillo más en el muro infranqueable de recuerdos que ese niño está comenzando a construir. Pasarán los años y él o ella comenzarán a amar las hallacas, esperándolas con deseo desde noviembre. Reconocerán los olores de infancia en la casa y aunque no sepan un ápice de cocina, meterán la cuchara en el guiso y con arrogancia le dirán a usted “Está sabroso, pero le falta umff… prolongando el mágico carrusel de lo inviolable.

Meche querida, queda tu umff impreso en el recuerdo de tus nietos y yernos. Te recordaremos desde los bocados.