domingo, agosto 09, 2015

394 Las manos de Onías

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I
A mediados de año las lomas del páramo en Mucuchíes se pintan de un amarillo testarudo. Es lo que los campesinos llaman nabo, aunque de nabo no tiene nada. Se trata de un tipo de mostaza con hojas y semillas comestibles que ya nadie siembra. Parece un campo de trigo coronado con unas flores pequeñas de color amarillo intenso. Es como si gritara su resistencia ante la andanada de semillas y agroquímicos importados por doquier que envenenan milímetro a milímetro la tierra andina. Esparciéndose sin permiso motea de amarillo en medio de sembradíos de papa, de ajo, de brócoli.
Antiguamente los campesinos tostaban la minúscula semilla negra que da el nabo del páramo y la molían con cebolla, sal y, a veces, con algo de comino. Este polvo se llama saní y se usaba casi exclusimente para comer con papas hervidas. Antiguamente (¡siempre antiguamente!) las hojas se salteaban como cualquier acelga y con ese guiso se rellenaban pasteles hechos con harina de trigo integral. Hoy nadie recuerda para qué sirve la hoja y se pueden contar quienes siguen haciendo saní. Pero allí está esa alfombra amarilla, esa maleza pictórica que se cuela entre robustas y envenenadas papas nacidas de unas semillas que los campesinos deben comprar porque los hicieron olvidar que alguna vez fueron garantes de sus propias semillas. Allí están esas flores amarillas cantando, con su vaivén hermanado con el viento que las cepilla y les recuerda que alguna vez en esos helados páramos había trigo para hacerles compañía y unas papas moradas como nazarenos que ahora los científicos llaman con el pedante adjetivo de nativas, a la vez que las guardan como un tesoro derrotado por esa masacre que son los monocultivos.
A lo largo de los 60 kilómetros que separan a la ciudad de Mérida del Páramo de Angostura, en las paredes de algunas casas se ve pintada la publicidad del herbicida Roundup, de la compañía Monsanto. La velocidad máxima a la que se puede ir en esas montañas es de 40 kilómetros por hora, así que da tiempo de sobra para ver los colores verdes del famoso veneno desmalezador. Es una ironía horrible que yo esté camino a entrevistar a Onías Rivera y que ése sea el letrero que me reciba.
II
— Ellos creen que estoy loco…
Me lo dice Onías Rivera mientras camina entre sus tres hectáreas sembradas, mientras señala con disimulo hacia unos agricultores que, treinta metros cerro arriba, están en la labor de sembrar su tierra. Lo dice sin rabia, sin melancolía…
— Ellos creen que estoy loco —me repite.
Ante la geométrica perfección de los sembradíos vecinos, las tres hectáreas de Onías parecen la anarquía. Un desorden, parches de colores que parecen un cubrecama hecho de retazos. Eso es lo que parecen las tres hectáreas de Onías cuando se les compara con las sábanas monocromáticas de sus vecinos. Arriba, tres hectáreas de brócoli verde pulido, dignas de un jardín de palacio, son las  vecinas de estas tres hectáreas, dignas de una exhibición de bodega mal arreglada.
— Dicen que estoy loco porque no echo desmalezador químico para matar la yerba mala y sembrar luego. Lo dicen porque parte de la siembra la destino para semilla en vez de comprarlas. Mire…
Onías levanta un montículo de maleza: con sus manos escarba la tierra y a unos diez centímetros se ven un par de semillas de haba con un germen naciente que no llega al centímetro. Es casi una contradicción el contraste entre el gesto absolutamente amoroso, maternal, de Onías mientras ve a las semillas y sus manos ennegrecidas de campesino. La tapa con mucho cuidado y sigue hablando. Me impresiona que haya sabido exactamente en dónde escarbar para conseguir esa pequeña incubadora de vida.
— Esas habas crecerán por encima de esa maleza y se enredarán en el maíz que les puse a un lado. No veo por qué matar a esa maleza. Ella también quiere vivir.
Cama, cuna, casa futura: respeto por la vida. Todo eso parece resumir Onías con su gesto.
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Seguimos caminando y Onías arranca lo que consigue en su entorno inmediato. Una hoja grande de mostaza por acá, otra de habas por allá, una de yerbabuena, flores de borraja y una hoja ácida que llamó cizaña. Las enrolla todas, como en un tabaco, y va masticando. A partir de ese momento, mientras caminaba a su lado, todo el tiempo que duró la entrevista Onías estuvo masticando hojas. Arrancaba una y comía. Arrancaba otra y comía.
— A mí me gusta comer hojas…
— ¿Eres vegetariano? —le pregunto. Se sonríe burlón y me deja con la duda.
Seguimos caminando y me muestra unas flores. Son papas. Hunde las manos en la tierra y saca un manojo enredado con cinco papas. Amarillas, grandes… de semilla importada.
— ¿Sabe cuántas rondas de veneno le han echado a las papas del terreno de arriba? ¡Veintiuna! —contesta él mismo— ¿Y sabe cuántas veces le puse veneno a éstas? ¡Ni una sola vez! —vuelve a contestarse.
—¿Cómo logras no ponerle veneno?
Le hago esa pregunta en un ejercicio retórico, porque estoy allí justamente para eso: manejé hora y media por la montaña para testimoniar la magia de Onías.
— No les pongo veneno porque aquí todas las plantas se protegen entre sí. Son como una familia. Así vi sembrar a mi abuelo en estas mismas tierras y viví los tiempos de mi padre cuando los isleños —ésas fueron las palabras que usó— empezaron a vender semillas y veneno. Y entonces aquí más nadie volvió a guardar sus propias semillas ni a comer de su tierra. Fíjese: aquí hay gente que tiene un pequeño patio con siembra sin veneno para la casa, ¡porque lo que siembran para vender no se lo comen ni ellos mismos!
Onías lo dice y siento escalofríos ante un retrato tan brutal de lo que somos y, sobre todo, de lo que hemos dejado de ser. Alcachofa, tomillo, cebollín, maíz, yerbabuena, habas, trigo, mostaza, papas importadas, papas andinas… no recuerdo todo lo que había en ese terreno, sólo sé que eran muchas cosas.
III
Onías no se parece a eso que los citadinos creen que son los campesinos. No se parece porque al parecer los de la ciudad necesitamos que los campesinos parezcan pobres. Cuando me di cuenta de que pensé eso por un momento —pensar eso: “no se parece a los campesinos”— me dio una vergüenza tremenda. Debe tener unos cuarenta años y tiene tres hijas y tres hijos. Con cinco de ellos y su esposa siembra la tierra. “La más pequeña sólo tiene tres años, pero ya me acompaña a ordeñar”, me dice. Tiene una tierra que da más que suficiente para que coman los ocho y para bajar una vez a la semana a vender al Mercado de Mérida. No sabe qué venderá: cada semana la tierra es la que le informa qué es lo que está listo.
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Me invita a su casa. Su esposa y las hijas han hecho almuerzo: papas “nativas” con saní, pasteles de trigo criollo rellenos de hojas mostaza salteada, ensalada de cuanta hoja y flor pueda imaginar con un poco de miel que ellos mismos producen, queso y mantequilla hechos por ellos, infusiones de otras tantas hojas más. Me da una envidia tremenda descubrir que hay gente que es autosuficiente. La casa es bastante modesta para los estándares citadinos, pero luteranamente funcional. Es un sitio que parece huirle a los sobrantes. Hace bastante frío y puedo intuir que las noches allí deben ser duras para alguien como yo, pero al mismo tiempo se respira una armonía que hace pensar que vivir allí es posible. Durante un par de minutos acaricio la fantasía.
Nos sentamos a la mesa. Alrededor, parados, dos de sus tres hijas, dos de sus tres hijos y la esposa con la pequeña en brazos. Lo entrevisto durante tres cuartos de hora y lo veo cómodo. Se nota que es mucho lo que quiere decir y no quiere perder tiempo.
La lucha de Onías es por la salud de su familia, por amor a la tierra, por amor al prójimo, porque le consta que se puede hacer dinero sin envenenar a nadie, porque sabe que su abuelo tenía razón.
Onías es un testarudo. Un irreductible.
Apago la grabadora y, como si fuese algo casual, me comenta:
— Mi hijo y yo estuvimos hace dos años en Nepal…
Lo dice mientras señala al muchacho de unos 15 años que nos acompañó mientras caminábamos el sembradío y sabe el golpe de efecto que ha tenido su comentario. Sabe que me lo ha dicho ya con la grabadora apagada y eso lo divierte. Mis ojos abiertos con asombro a más no poder deben delatarme. Me cuenta que el escalador Marcus Tobía tiene una fundación llamada Niños en la Cumbre que ha llevado niños de Venezuela al Tibet y traído niños de allá a Venezuela. Me cuenta cómo una vez, caminando por estas montañas, lo conoció y así comenzó una cadena de eventos que lo llevaron a Nepal.
— ¡¿Tienes fotos?!
Mi pregunta, honestamente, ya no forma parte de la entrevista. Siempre he soñado con conocer Nepal y Tíbet y saber que estoy al lado de alguien que ya caminó esas montañas me saca de mi rol.
Su hija mayor regresa de un cuarto con una laptop. Nos ponemos a ver fotos. Deben haberlas visto cientos de veces y aun así es obvia la reverencia de toda la familia mientras las van pasando. Hablan poco. No es una de esas ocasiones en las que el anfitrión cuenta los detalles del momento en que se tomó cada foto. Apenas contestan si yo hago una pregunta.
En una foto se ve claramente a unos campesinos tibetanos con papas a un lado. Onías se detiene en la foto y nos cuenta que allá las entierran varios metros bajo la tierra helada para conservarlas.
— Papá, ¿allá también les echan veneno? —pregunta una de las hijas.
Y a mí me entran unas ganas tremendas de llorar. Son de verdad. Quiero pellizcarme para tener la certeza de que son de verdad.

393 Un Papa hippie anda suelto en el Vaticano

Un Papa hippie anda suelto en el vaticano; por Sumito Estévez 640
Esta semana que culmina resultó ser trascendental para quienes tienen cincuenta años afónicos gritándole al mundo que, por el camino en que va, a la humanidad le queda poco. Muy poco.
Locos, hippies, rojitos que no creen en el progreso, verdecitos que sólo quieren comer flores y fumar marihuana, fanáticos del Apocalipsis, paranoicos barnizados de teorías de conspiración, cavernícolas negados al progreso, chapuceros que creen en pseudociencia, insensibles que prefieren a las ballenas que a los hombres… de todo eso y bastante más han sido tildados quienes afirman que como humanidad estamos desbocados y camino hacia el final.
En dos platos: para los grupos ambientalistas ha sido una pesadilla ser escuchados, porque se trata de una pelea contra el dinero y su poder.
Cada vez que alguien advierte que la comida chatarra es un acto de avaricia planificado y pensado, sale un artículo bien financiado afirmando que el libre albedrío es humano y que cada quien decide la cantidad que debe comer. Nadie nombra la palabra adicciónpublicidad para niños o subsidio desde gobiernos para que la comida chatarra sea la única que puedan comprar los pobres.
Cada vez que un grupo ambientalista sin dinero y un par de computadoras advierte que al paso que vamos esto se acaba pronto, sale un pre-candidato (Jeb Bush, por ejemplo, quien de ganar sería tercera generación de la misma familia petrolera en comandar la nación más poderosa del planeta) con un poder económico descomunal diciendo irónicamente y muy sonriente, y cito textualmente, “No me dejaré dictar la política económica por mis obispos, mis cardenales o mi Papa. Es una arrogancia sostener que con relación a los cambios climáticos exista una ciencia exacta”.
La pobreza, salud y el ambiente son mis obsesiones. En aras de ser coherentes con ese discurso, mi esposa y yo hemos tomado decisiones complejas a la luz de la dinámica actual en el mundo. Y créanme que para el entorno cercano somos “los amigos hippies”. Así ve el mundo a quienes andan salvando semillitas y protestando contra los monocultivos, máximos representantes de la avaricia depredadora en la que caímos (pueden leer al respecto enManifiesto ecológico y Esto es ya de locos, publicados en este mismo portal). El grueso de lo que escribo tiene que ver con estos tres temas. He escrito en mi blog 392 artículos y probablemente un tercio se refieren a estos tres de temas que me obsesionan. Y desde que este portal de Prodavinci me regaló el sueño largamente sobado de poder ser uno de sus columnistas, de los 22 artículos que he publicado, 12 se refieren directamente a ello.
Y por esta obsesión que tengo es que afirmo que las noticias que han arrojado las redes esta última semana son la tormenta perfecta en contra de aquellos que niegan el desastre. Parece que finalmente nos explota en la cara una verdad dura: nos queda poco tiempo para revertir esto y lo bueno es que no lo está diciendo cualquier loquito como yo. Lo que continua, más que un escrito, es una sucesión de sugerencias de lectura de esas noticias a las que hago referencia, culminando con la impresionante Encíclica Papal de la que ya hizo referencia en Prodavinci Rafael Rojas. Lamentablemente muchas de estas referencias que daré están en inglés por ser muy recientes.
 Capítulo 1: pierde la comida chatarra
La avaricia sólo retrocede cuando la obligan… o cuando le duele en el bolsillo. En el caso de la gran industria de la alimentación eso se traduce en leyes que obliguen a controlarse o en ventas bajas. El primer caso, el de la coerción, ha probado no servir. Es cierto que en países se prohíbe la publicidad de comida chatarra para niños, que prohíben el uso de algunos colorantes, que piden que se indique en las etiquetas la cantidad de azúcar, etcétera. Pero ante el ilimitado poder económico de la industria de la comida eso no ha servido para nada. Creo que todo el mundo, a estas alturas, ya sabe el veneno que es una gaseosa o un jugo concentrado lleno de azúcar, e igual estamos ante la primera generación, en la historia de la humanidad, de niños que se acuestan sin haber probado agua en todo el día. El segundo caso, el de las ventas bajas, como era de esperarse, fue el que vino a torcerle el brazo a una industria que había dejado de pensar en la salud.
Reseña la revista Fortune en su artículo The war on big food que las grandes compañías empacadoras de comida (léase “comida chatarra”) perdieron, sólo el año pasado, 4 mil millones de dólares simplemente porque al consumidor comienza a erizársele la piel con sólo intuir que están presentes las palabras color artificialpesticidapreservantesalmíbar de fructuosa de maízhormona de crecimientoantibióticos organismo modificado genéticamente.
Mucho han trabajado esas compañías para que esas palabras se vean como normales, inocuas, parte del progreso y de su buena intención para hacer más feliz al mundo. La consecuencia no se ha hecho esperar: Pizza Hut y Taco Bell van a eliminar todo lo artificial en sus propuestas. Nutella tiene un serio problema de imagen ahora que se sabe que cambiaron la fórmula original por ese veneno para la tierra que es el aceite de palma. General Mills también anunció que quita los colorantes artificiales de sus cereales para niños. La compañía de comida chatarra McDonald´s viene en franca caída de ventas. mientras cadenas de comida rápida de hamburguesas orgánicas como Shake Shack acaban de debutar en la bolsa de valores con un éxito que nadie esperaba.
Sumado a esto, la FDA (el organismo que regula el uso de alimentos en Estados Unidos) finalmente prohibió el uso de grasas trans. Y digo finalmente porque desde hace mucho tiempo la Organización Mundial de la Salud las tiene listadas nada menos que en la sección desustancias tóxicas y la FAO como de riesgo a la salud.
Luego de tantos años en esta pelea, permítanme ser escéptico: estos cambios no se están dando porque de repente en las empresas se volvieron buenos y comenzaron a preocuparse por la salud de nuestra población, sino porque en un directorio se dieron cuenta de que había menos plata para repartir.
Y todo por culpa de los hippies esos a quienes ahora les dio por lo orgánico y lo sano. ¡Qué semana ésta!
Capítulo 2: gana la tierra
Los grandes poderes detrás de la producción de los clorofluorocarbonos (usados para hacer cuanto aerosol y refrigerante hay) y de fungicidas para el suelo (como el bromuro de metilo) negaron el hueco en la capa de ozono hasta que ya era obvio que nos íbamos a chamuscar. Bastante largas fueron las negociaciones para reducir paulatinamente el uso de estos químicos (que aún se usan) y no había manera de convencer a los grandes poderes económicos de que un muerto por cáncer en la piel no tiene cómo comprarles sus productos.
Ocho años de negociaciones sin parar: de 1997 a 2005. Ese fue el tiempo que tomó elProtocolo de Kioto para rogarle de rodillas a la naciones que se comprometieran a reducir la contaminación industrial, porque el cambio climático producto del Efecto Invernadero por emisión de dióxido de carbono nos está llevando a la extinción: al día de hoy, Estados Unidos es el consumidor del 25% de la energía fósil de todo el planeta y se niega a firmar. Todavía ellobby de la industria petrolera gasta millones en financiar estudios que nieguen el calentamiento. ¡Irán a venderle su petróleo a los extraterrestres, porque humanos no habrán!
Un estudio que apareció esta semana afirma que “la sociedad llegará a un colapso en el 2040 debido a una carestía catastrófica de alimento”. Es decir: cuando mi hijo tenga 5 años menos de los que hoy tengo yo. Hasta aquí ese dato podría verse como otra noticia apocalíptica de ésas que siempre los hippies se empecinan en creer. Verlo como otra prueba más de la teoría de la catástrofe matlthusiana. Pero este estudio vino del Instituto Global de Sustentabilidad… y fue bastante reseñado por la prensa.
Para rematar, un servicio de noticias tan prestigiosos como BBC nos regala esta noticia: “La tierra entra en una nueva fase de extinción”. Y citan estudios de las universidades de Stanford, Princeton y Berkeley; universidades que no se van a arriesgar a decir una gracia así sin tener los números en la mano. Hasta National Geographic se pregunta si la humanidad sobrevivirá.
Aunque asusta que le digan a uno  que la cosa está fea, en realidad es una gran noticia porque (aunque con poco tiempo para reaccionar) no es irreversible y porque algunas de las acciones que se están tomando son inéditas. Por ejemplo: esta semana la justicia holandesa le ordenó al gobierno (Sí: allá es al revés que acá y no es el gobierno el que le ordena a la justicia) que redujera en 25% los factores que contribuyen al efecto invernadero y le fijó como límite 5 años.
Que unos jueces consideren a sus connacionales arte y parte de lo que afecta al resto del mundo es realmente cismático.
Y para coronar esta semana maravillosa, apareció el Papa Francisco y lanzó al mundo su Encíclica, que es el documento más trascendental que se espera de un Papa. La tituló Laudato Si .
Todo en esa encíclica es increíble y se fundamente en el Cántico de las criaturas que escribió San Francisco de Asís iniciando el siglo XIII, aquél donde llamó hermana a la Tierra. La encíclica de 192 páginas —¡de lo más hermoso que he leído en mucho tiempo!— puededescargarse y en ella el Papa Francisco dice:
“Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra”
Para continuar el Papa escribe también que “Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad”.
Finalizo este escrito citando nuevamente el Laudato Si del Papa Francisco porque sí, gracias a Dios hay un Papa hippie suelto en el Vaticano:
“Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio”.

miércoles, junio 24, 2015

392 ¿Y SI EL CACAO DE VENEZUELA DEJA DE SER EL MEJOR DEL MUNDO?

Los alumnos de una escuela de cocina que dirijo tienen que presentar una prueba final, a modo de tesis, en donde recrean el concepto completo de un restaurante. Desde el logotipo hasta el estilo de servicio. Desde el precio del menú hasta el manual que describe como hacer los platos. En una ocasión, un grupo decidió homenajear al Perú, y ya finalizando lo que había sido una propuesta excepcional con invitados peruanos, le ofrecieron al jurado un poco de pisco, el gran destilado de uva emblema del país. La botella en cuestión tenía la forma de uno de los monolitos Moái de la isla de Pascua.

Un pisco chileno en un examen de cocina peruana era como colocar dinamita encendida en un polvorín y la discusión no se hizo esperar. La anécdota, que no llegó a mayores gracias a un jurado benigno, es el mejor resumen de una agria pelea que tiene enfrentados en tribunales a peruanos y chilenos. Ambos países desean que se reconozca la bebida como de origen histórico propio. Ambos países tienen ciudades con ese nombre. Ambos países han convertido a cocteles con pisco en verdaderos emblemas nacionales. Ambos países saben que el primero que logre proteger internacionalmente el nombre pisco como una denominación, obligará al otro a llamar a su bebida destilado de uvas en el mejor de los caso, restándole un negocio millonario.

Ceviche peruano, tequeño venezolano, curry de la India, hummus libanés… o habría que escribir: ceviche ¿peruano?, tequeño ¿venezolano?, curry ¿de la India?, hummus ¿libanés?

La duda es válida si entendemos que el ceviche es un plato muy importante en la cocina ecuatoriana, en Perú existe una masa rellena (parecida a los dim sum chinos) llamada tequeño, quien desea aprender a cocinar tailandés acopia la palabra curry como parte de un nuevo vocabulario culinario, y a un sirio no habría manera de convencerlo que el hummus no es un invento de su país.
Existen miles de platos que les pertenecen afectivamente a más de una nación. Tanto derecho tiene un ecuatoriano como un peruano de considerar al ceviche como propio. Tanto derecho tiene un venezolano como un peruano de sentir al tequeño como propio. En esos casos gana quien aprenda a decirlo con más frecuencia.

Ha sido tan coordinada y eficiente la política de estado del Perú a la hora de promocionar el ceviche como bandera gastronómica que ya hoy en día todo el mundo lo asocia únicamente a ese país, y ya no tendría mucho sentido que el Ecuador se empecine en posicionarlo a nivel internacional como plato emblema. Tan simple como que quien vocifera más fuerte, gana la batalla de la autoría.
Si hay un aspecto en donde el estado debe asumir como política la promoción de sus valores, es este. Pongo un ejemplo:

Soy venezolano. Nos han amamantado diciéndonos, con objetiva razón, que poseemos el mejor cacao de la tierra. No conozco un venezolano que no lo afirme con orgullo: tenemos el mejor cacao del mundo. Todo chocolate en el mundo hecho con cacao Chuao lo dice en la etiqueta como prueba de calidad, y ese nombre permite venderlo más caro.

A 1750 kilómetros en línea recta desde nuestra capital, Caracas, se encuentra Quito, capital del Ecuador. He visitado anualmente a Ecuador en la última década y he podido ser testigo de la evolución de la agresiva campaña oficial en el país hermano para convencer a su población de que son garantes del mejor cacao del mundo. Afiches en los mercados, comentarios de entes públicos, festivales, catas, regalos oficiales ¡todo un batallón al servicio de la campaña que a la vuelta de diez años logró su cometido de convencimiento colectivo! Una vez en un congreso en Guayaquil dije que los venezolanos teníamos el mejor cacao del mundo y fui pitado jocosamente por el público ecuatoriano asistente. Así de convencidas están las nuevas generaciones.

Los venezolanos tenemos un gran cacao, pero nos hemos dormido en los laureles y hemos dejado de decirlo y decírnoslo. Si en un caso así, el estado venezolano deja que le ganen la carrera de la opinión pública, las pérdidas monetarias serían inmensas y el daño cultural inconmensurable.

Cuando uno sabe que tiene un producto o receta excepcional, uno que es parte de lo que nos define como nación, uno que es parte del fardo de nuestras jactancias, uno que nos daría un dolor enorme perder; toca no olvidarlo. Celebrar y vociferar es una forma de marcar territorio. Una forma de derecho de autor.


miércoles, abril 29, 2015

391 ME VAN A PERDONAR, PERO ESTO YA ES DE LOCOS


Ponga en remojo, cubriendo completamente con agua por 24 horas, medio kilo de cualquier grano que desee cocinar, de esos que uno compra en cualquier supermercado. Pasadas 24 horas elimine el agua y cubra las hinchadas semillas con un papel absorbente humedecido en un lugar fresco y aireado; y dependiendo de la semilla, entre 24 horas y cuatro día después, de cada semilla comenzará a brotar un germen poderoso cargado de proteínas. Cada semilla de esas podrá ser una planta en el futuro, o podrá ser un puchero nutritivo si decide cocinarlas.

¿De donde han sacado esas semilla la energía para que brote, de la nada, vida? ¿Cómo es posible semejante prodigio si esas semillas no están tomando nutrientes de la tierra?

La semilla no es más que un gran depósito de alimento para que, llegado el momento, el dormido germen que reposa en su interior tenga alimentos para crecer. Y es cuando el germen ha consumido todo ese alimento, ya con un par de hojitas que predicen futuro, que llega el momento de trasplantar la planta para que un ser vivo, la tierra, la siga acunando hasta que sea una adulta dispuesta a seguir con el ciclo de la vida.

Una cosa es germinar y otra muy distinta lograr que una semilla germinada crezca hasta ser madre de otras semillas, y pase a ser nuestro alimento: ¿En qué época del año hacerlo? ¿A que distancia una planta de otra? ¿Qué otras plantas deben estar cerca para nutrir la tierra y combatir plagas? ¿Cuánta humedad necesita esa planta para ser vigorosa y no secarse o pudrirse? ¿Cuándo deben recogerse las nuevas semillas? ¿Cómo decidir cuántas y cuáles de las nueva semillas deben guardarse para siembra, y cuántas para comer? ¿Cómo guardar las semillas para que meses o años después todavía sean tanto fértiles como alimenticias?

Las respuestas a estas preguntas, así como todas las surgidas en el proceso de aprender a criar para alimento razas animales, le tomó a la humanidad 10.000 años contestarlas. Pasar de ser nómadas recolectores y cazadores en el neolítico, a ser humanos sedentarios que domesticaron la semilla (agricultura significa crianza del campo, si nos vamos a sus raíces lingüísticas) fue el salto que nos hizo humanos. Domesticar ese gran depósito de energía que es una semilla no germinada nos dio la posibilidad de dejar de tener que vagar constantemente, y tener por primera vez tiempo para pensar y crear. Un logro y saber inmensos que fuimos pasando de generación a generación, mediante esos garantes de conocimiento que son los campesinos.

Y estamos tan desquiciados que en apenas cien años hemos destruido (literalmente) el 75% de esos 10.000 años que nos definen. Jamás en nuestra historia la humanidad estuvo tan al borde del abismo y tan en manos de tan pocos avariciosos.

II
Un informe (en inglés) de la FAO (Organismo de las Naciones Unidas para el manejo de alimentos) sobre el estatus de la agrodiversidad en la tierra es lapidario, a la hora de analizar en números hasta que punto la humanidad está al borde del abismo: En los últimos 100 años 75% de toda diversidad genética de plantas que había en la tierra desapareció, junto a 50% de las razas criadas para alimento. De paso, los 17 espacios de pesca que hay en la tierra están siendo explotados por encima de su capacidad de sustentabilidad. Más grave aun, cuando se habla de 75% de desaparición de plantas, se hace referencia a aquellas comestibles y no comestibles… de las aproximadamente 300.000 plantas comestibles que el hombre aprendió a domesticar, 90% desaparecieron en 100 años y apenas contamos con unas treinta mil.

Sigamos con estas estadísticas del hambre. Aunque tenemos treinta mil especies vegetales comestibles luchando por no desaparecer, hoy el hombre solo está sembrando 200 para alimento y 60% de las calorías y proteínas de plantas que consume la humanidad, provienen de 3 (¡Si, sólo tres!) plantas: arroz, maíz y trigo.

El informe al que hago mención es de hace 16 años (1999) y desde entonces no se ha hecho nada para revertir esta estupidez colectiva, todo lo contrario. Se estima que cada 24 horas se están extinguiendo 200 especies de la tierra (desde algas hasta ballenas), y este número no proviene de los escritos paranoicos de un ecologista apocalíptico, sino desde el mismo corazón del programa para el ambiente de la naciones unidas, UNEP por sus siglas en inglés. Ya está claro que este ritmo de desaparición llegó al punto en el que la tierra ya no es capaz de autoregenerarse, tal como puede leerse en el informe The living planet report, uno de los reportes más aterradores que me ha tocado leer de lo que es esta página triste de la humanidad signada por la avaricia.

Estamos tan desquiciados que vemos como una gracia que en Noruega, muy cerca del polo norte, tengamos bajo tierra una bóveda del fin del mundo en donde se han guardado las semillas de casi un millón de plantas  (comestibles y no), preparándonos para la catástrofe global. Diez mil años de trabajo paciente del hombre agricultor, literalmente enterrados y congelados.

Hace cien años habían 7500 variedades de manzana y hoy China y USA (que suman el 56% de la producción mundial) solo están sembrando 18 variedades. Eso no significa necesariamente que las otras 7482 desaparecieron (siempre hay uno que otro agricultor testarudo que insiste en preservar la vida), pero indica lo que sucederá: si una planta deja de sembrarse, dejan de recolectarse sus semillas y termina por desaparecer.

Igual ha pasado con el tomate, la cebolla, el maíz o cualquier planta que sea negocio vender…. Esas son las dos palabras claves detrás de esta masacre: vender y negocio.

III
Con el falso argumento de que sembrar grandes extensiones de un solo cultivo rendidor (forma de siembra conocida como monocultivo) es la única forma de poder alimentar a una humanidad que decidió procrearse exponencialmente (en 1700 la población de humanos de todo el planeta era de apenas 600 millones) en los últimos tres siglos, la tierra se la cogieron unas pocas corporaciones que decidieron sembrar solo aquellas plantas que dieran más dinero. Es decir: o aquellas que producen más kilos por hectárea en un año, o aquellas por las que el mercado está dispuesto a pagar más.

Es tal nuestro apego a formas de monocultivo, que literalmente nos han puesto a hablar en genérico. Ya no sabemos el nombre de las diferentes papas, maíces o tomates; y nos limitamos a decir simplemente la papa, el maíz, el tomate.

Ya es un estado de fragilidad inaudito que la humanidad esté dependiendo de apenas un puñado de alimentos que  a su vez dependen de dosis masivas de agroquímicos para no desaparecer también, pero el problema es más grave aun. Como bien nota la Organización Mundial de la Salud (OMS por sus siglas en inglés) en un pequeño escrito sobre diversidad biológica, 60% de la población mundial depende de la medicina tradicional (es decir la del reino vegetal) para estar sana. Cada planta extinta es una posible medicina que nunca llegaremos a descubrir o una conocida con la que ya no contaremos.

En 100 años perdimos 75% de nuestra libertad de elección, buena parte de nuestra cultura y conocimiento, el equilibrio de dieta que define nuestra salud, y a nivel de seguridad alimentaria somos más vulnerables que nunca.


O comenzamos a preguntarles a los campesinos, y no a las corporaciones, como y que es lo que se debería sembrar, o nos comemos el planeta. Me van a perdonar, no puede ser que estemos tan locos.