FRONTERA GASTRONÓMICA

No somos el único animal que bebe hasta emborracharse, ni el único que danza o llora y mucho menos el único que se comunica con sus congéneres a través del lenguaje, pero definitivamente somos el único animal que cocina. Nos dimos el lujo de cruzar en algún momento de nuestra corta historia, la nada fina raya que separa a un infinito viviente que come para vivir, y nos quedamos reinando solitarios como los únicos seres que pueblan la tierra viviendo para comer. Seguramente detrás de este hecho asombroso es que subyace la clara fascinación alrededor del tema gastronómico: comer ha sido de las pocas necesidades vitales que el hombre ha logrado dominar por completo, literalmente, domesticar. Y mediante un giro particularmente irónico de las leyes de Dios, entendimos que los animales no cocinan sino que se cocinan.

Las razones para que se haya dado esta catarsis de goce colectivo, ha tratado de explicarse desde muchos frentes. Hay quienes insisten en verlo desde un punto de vista fisiológico al insistir que surgió de la necesidad que tenía nuestro cuerpo (diseñado de manera imperfecta), por comidas más digeribles y nutritivas. Otros prefieren verlo como una consecuencia de nuestro nomadismo que hizo que nuestra raza peregrina se encontrase ante la necesidad de conservar alimentos para posteriores tiempos bíblicos de vacas flacas. Yo por mi parte, prefiero ceñirme a la explicación esbozada por el Biólogo y Psicólogo Norteamericano Paul Rozin: en sus escritos (¡de los cuáles no existe línea con desperdicio!), plantea el científico que es a través de la cocina y de la transmisión de gustos adquiridos, que el hombre ha logrado establecer una verdadera territorialidad, al punto que aun con hambre, es capaz de rechazar alimentos exclusivamente por razones religiosas o culturales.

¿Son las líneas punteadas en los mapas políticos una verdadera frontera o al menos el nombre de mi país?, ¿Acaso llegarán a serlo las rejas y los muros de hormigón que elevamos obstinadamente para diferenciarnos, o como mínimo el título de propiedad de mi casa?. Están allí para tranquilizarnos en un mundo en el que es el poder de las armas o de las ideologías dominantes el que a la larga termina por definir las fronteras de nuestras casas, ciudades, y a veces, hasta países ¡Simples artilugios es lo que son!
¿Acaso podemos definir nuestros territorios a través de mecanismos un poco más biológicos? ¿Quizás levantando la patica como los perros en cada puerta? ¿Tal vez frotando nuestras cabezas contra los muebles como hacen los gatos?... ¡Ni siquiera esa posibilidad nos queda!

Pero no todo está perdido, ni somos aun una sociedad que engulle Soma hasta equipararse en un acto colectivo de unificación dopada, como en Un mundo feliz de Aldous Huxley, ni nuestras únicas fronteras son las que pueden ser derribadas por la fuerza. Basta que un pueblo posea una identidad cultural específica, para que la frontera viaje con sus pobladores. Y es justamente en este aspecto, en donde nuestra manera de comer juega un rol fundamental: Sencillamente, todo pueblo adquiere gustos y modales a la hora de comer, que resulten antipáticos –por diferentes- a otros. Con el fin de diferenciarnos.

Decir cosas como: "No podría comer la comida de la India todos los dias porque es muy especiada" o "Me caen bien los argentinos, pero para ser sinceros, no entiendo como puede gustarles ese Mate tan amargo que toman todo el día", posee una implicación tremenda: nunca seremos como ellos. De hecho, una persona, que debido a inmigración, decida aprender de manera enciclopédica el idioma de un país, su acento, la historia del país, los chistes y el nombre del payaso de la TV; hasta llegar a mimetizarse a la perfección… Será extranjera por siempre en las casas que visite mientras que, no sólo aprenda a comer como en el lugar, sino decida que esa es la única comida que desea por el resto de su vida.

Por el contrario, si a nuestro país llega un extranjero de acento fuerte y vestimenta curiosa, bastará que se enloquezca con nuestros sabores adquiridos diferenciados (lechosa, huevas de lisa, naiboa, pan dulce, picante de bachaco, etc.) y hable de manera cotidiana nuestra jerga gastronómica, para que en segundos lo consideremos uno de los nuestros. Habrá adquirido nuestra frontera, será uno más. Y si un día nos quitasen el país, vendría a donde estemos cocinando, viajando hacia nuestra frontera.

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