MAMÁ SYLVIA

Éxito es una palabra extraña. Mantra carente de tonos grises repetido con testarudez estos dos últimos siglos hasta dividir perversamente a hombres y mujeres en ganadores y perdedores. Somos una sociedad que entiende que pertenecer implica ser parte de los exitosos, pero nos ha tocado morar un mundo en el que pareciera haber un complot para negarnos el verdadero significado de esa palabra. Para algunos éxito es ayudar a otros, para otros dinero, o quizás ser reconocido como excelente por los congéneres. Me imagino que para la mayoría se trata sencillamente una cuestión de ser amado y una combinación de las posibilidades que establecen las permutaciones hasta lograr la mayor suma posible de felicidad.

Cuando tenemos una profesión es natural que usemos los casos de otros como espejo. En la mía, es decir la cocina, definitivamente hay para todos. Cocineros famosos, los que han dedicado su vida a alimentar a quien no tiene, ecologistas y héroes anónimos. Cada quien establece sus patrones de lo que considera exitoso y es natural que inclusive esos valores muten con el tiempo. A la larga, los años nos legan un índice de colegas que lograron lo que estamos buscando y entonces llega el momento hermoso de sentarse a estudiar que factores comunes tienen todos ellos.

Ese momento me llegó. Con las cartas sobre la mesa entendí que el éxito que persigo sólo lo he visto en los valores y los logros de las empresas familiares. Cada vez que me encuentro con un restaurante en donde quien cocina despierta mi admiración por lo que cree de la vida, descubro con asombro que hay una pareja detrás del proyecto. No soy tan naïve para creer que toda empresa familiar posee mis valores ideológicos, simplemente digo que aquellos que comulgan con mi manera de ver la vida casualmente poseen a una pareja empujando por detrás. Hablo de cada uno de los hombres y mujeres que en los últimos años rompieron el paradigma y se atrevieron a montar una taguarita propia.

Mi taguarita la monté en Mayo del 2003 y éste artículo es un homenaje a la mujer que hizo posible con sus ideas, con su empuje, con su visión de futuro y sobre todo con su amor, que siete años después de ese día acaricie eso que yo entendía por éxito y que no es más que poseer la certeza de que estoy haciendo lo que soñé tanto en el plano ideológico como profesional.

II

Tener la posibilidad de escribir semanalmente una columna en un diario, abre la maravillosa posibilidad de agradecer a otros sus actos, hasta convertir los latidos privados en gritos públicos. Muchas veces he hablado de mis héroes particulares, de los cocineros, los ecologistas, los anónimos portadores de acervo o los constructores de esta marca en la que creo tanto llamada Venezuela. Lo que resulta curioso es que cuando poseo la certeza de que uno de esos personajes está a mi lado, me cohíbo. Siento que plasmando aspectos personales traiciono el principio mismo de un columnista. A la luz de otros de quienes he contado su historia, esa actitud resulta increíblemente injusta con personas como mi compadre el Chef Francisco Abenante, a quien le debo hace rato un artículo, no por compadre sino por genial. Mucho más difícil ha resultado cuando se trata de mi esposa.

Héctor Romero y yo jamás hubiésemos tenido la valentía de iniciar nuestra escuela de cocina si no es por la visión de Sylvia cuando ambos quedamos desempleados. Hemos crecido como grupo sostenidamente desde entonces y aunque estamos lejos del logro de un negocio con sede propia que puedan heredar nuestros hijos, tenemos claros los focos. Jamás nos hubiésemos planteado, por ejemplo, hacer un recorrido televisado por el país si ella no hubiese sido la chofer todas las noches de un mes mientras dormíamos los del equipo; mucho menos entendido que es posible un mundo de cocina en donde las palabras reciclaje, justicia y mesura son posibles. Somos literalmente una familia y en estos siete años crecieron mis niños y nos acompañan. No en balde todos la llamamos Mamá Sylvia y con su anonimato representa una verdad como un camión: no conozco a un solo restaurante exitoso, en donde el Chef sea hombre, sin la presencia de su pareja como cerebro detrás de la operación. La cocina sigue siendo un acto femenino aunque a las luces mediáticas les haya dado por apuntar temporalmente en otra dirección.

Esta columna está a punto de cumplir 4 años. No quiero esperar más. Hubiese sido injusto con nuestra querida Mamá Sylvia. Mi esposa. La que nos convirtió en ganadores.

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