ELLA CAMINA 6 KM. DIARIOS

La foto es impresionante, desconsoladora, lejana, apocalíptica. Vemos a una multitud de unas 150 personas apiñada alrededor de un pozo de adobe gigantesco de por lo menos 5 metros de diámetro. Lanzan cuerdas que se pierden en la negrura infinita que esconde al agua. Quienes claman por calmar la sed son padres, madres. Personas que tienen hijos que van a la escuela, que deben asearse y tomar agua potable para no morir de diarrea, que detestan la ropa sucia. Es una foto que nos ataca con su contundencia desde las primeras páginas de la edición especial sobre agua que publicó la revista National Geographic en abril pasado y antecede a una frase que pone el corazón en un puño: “La cantidad de humedad en la tierra no ha cambiado. El agua que los dinosaurios bebieron hace millones de años es la misma que hoy cae como lluvia, pero ¿habrá suficiente para un mundo más atestado de gente?” La pregunta que queda flotando como daga no es para nada retórica si tratamos de contestarla a la luz de la más feroz de las estadísticas: Apenas 2,5 % de toda el agua de la tierra es dulce, pero casi toda está congelada o es inalcanzable por ser subterránea; quedándonos a disposición para seres humanos, plantas y animales un magro 0,5 % de toda el agua de la tierra.

Como humanidad, a la par de la estupidez en el plano ecológico, tenemos ejemplos de sobra a la hora de contabilizar guerras colonizadoras para apoderarnos de los recursos naturales de otros. Antiguamente el saqueo era por minerales preciosos y hoy en día lo es tras la búsqueda y aseguramiento del petróleo. En un mundo en el que crecemos a razón de 83 millones de habitantes cada año y en donde prácticamente no queda agua (46 % de toda la humanidad no tiene agua por tubería), impresiona que a estas alturas no haya habido cruentas guerras para apoderarse del agua de otros. Seguramente esas guerras vendrán en el futuro cercano y habrán de ser justificadas por políticos como: “actos nobles para defender los recursos hídricos que nos pertenecen a todos”.

Una de las razones, quizás la principal, para que no haya habido guerras de colonización por agua, hasta ahora, es que son justamente las potencias capaces de hacerlo las que acaparan el agua del planeta. Lo que es peor, la derrochan. Eso queda probado si comparamos los 380 litros diarios que consume un norteamericano, versus los 150 de un suizo y los escalofriantes 19 de los países más pobres del mundo. A estas alturas del análisis es difícil no entender que la riqueza de un país depende fundamentalmente de su acceso al agua. Tan sencillo como que es imposible ser generador de tecnología si no se tiene una boyante cuenta repleta de trillones de litros de agua, mucho menos producir una gaseosa que le de la vuelta al orbe.

Recientemente comienza a hablarse de un concepto que coloca el tema de tenencia de agua en un plano cargado de menos hipocresía, nos referimos al término Agua virtual acuñado a principios de los años 90 del siglo pasado por el geógrafo inglés Tony Allan y calculado magistralmente por el holandés Arjen Hoeskstra: “Agua virtual es aquella necesaria para poder crear un producto”.

Solemos decir que un país logra el milagro de convertirse en exportador mundial agroindustrial gracias a reglas claras de mercado y a inyección tecnológica, dejando hábilmente de lado el dato de que para producir un mísero kilogramo de carne de res se necesitan15.497 litros de agua o que para poder exportar higos, primero se necesitan 3.160 litros de agua por cada kilogramo cosechado. Miramos con desdén al país que no ha logrado desarrollarse al punto de poder exportar pantalones, sin tener en cuenta que para hacer un Jean de moda se usan 11.000 litros de agua. Quítale el agua a un país y no tendrá satélites, así de simple.

Indudablemente existen países muy ricos y poderosos con escasez conocida de recursos hídricos potables, y con capacidad de sobra para borrar de la faz de la tierra a otros con sólo apretar un botón. No lo han hecho porque poseen dinero (generalmente gracias al petróleo) y por lo tanto poseen los recursos monetarios para comprarles a otros países lo que ellos mismos no pueden producir por falta de agua. Allí es donde cobra una importancia tremenda el concepto del geógrafo inglés: Mientras un país posea dinero para comprar agua virtual, no habrá guerra de colonización por ella.

II

Ver la foto provoca llorar. Ella pertenece a un país pobre y regresa de haber caminado 6 Km. cargando el peso máximo que su cuerpo es capaz de resistir. Trae la ración diaria de agua. Ella no puede pensar en estudiar, en criar a sus hijos, en días libres. Ella camina 6 Km. diarios cargando 19 litros de agua.

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