La patagonia y el silencio

Mi hijo

Vapor, aliento, neblina, nube, rocío, garúa, escarcha, granizo, hielo. Somos agua y por ello nunca existirán los nombres suficientes para que logremos describir el hechizo detrás de nuestro soplo vital.

Somos vacío también, de allí que el silencio termina siendo la forma más depurada que hemos encontrado para expresarnos, una vez que comprendemos que la ausencia es lo único que logra ponerle límites al infinito; pero hay un momento único en el que silencio y agua se unen hasta hacernos sentir tan pequeños, que pasamos a ser uno sólo: cuando nieva. Hoy nieva en Bariloche. Silencio perfecto. El sur de la Argentina es tan hermoso, que a ratos pareciera que somos unos testigos que oteamos la fina frontera entre una vista que podemos certificar con una cámara y la portada cursi de la caja de un rompecabezas.

Los venezolanos venimos de un mundo en el que todas las representaciones de la naturaleza poseen la virtud del sonido evidente: chaparrón de julio, oleaje incontinente en Macanao, torrente zigzagueante de empedrado páramo andino, viento que sopla silbando, grillo y rana que seduce con estridencia rítmica. La naturaleza clama todo el tiempo alrededor, y quizás por ello es que gritamos aun más duro para hacernos oír. Pero en el frío todo cambia. Ver un lago mientras se nos precipita el cielo en nevada lenta y perenne es ser testigos del sonido y la furia de Faulkner desde el mismo reino del silencio. Cuando la bufanda, el gorro calado y las manos enfundadas esconden todas las muecas de las que hacemos acopio normalmente para comunicarnos, cuando nos quitan la voz en nuestro trópico barroco, sólo quedan los ojos para rasgar el silencio y ello, después de tres días, trasmuta en actitud. Nuestro sinfónico torrente se convierte en hielo quieto.

Inclusive a la hora del condumio, la furia de nuestro mundo pareciera invitarnos a comer con ruido y el silencio del sur argentino pareciera exigir otra manera de comer. ¿Será acaso por ello que amamos los sonidos repentinos de un sofrito o de una fritura? ¿El tintineo del hielo contra las paredes del vaso? ¿El craquear de lo crujiente?

El frío despierta instintos profundamente primarios y silenciosos a la hora de comer. Una búsqueda calórica implacable pero profundamente callada. Las calorías rápidas están dentro de una copa de coñac que calentamos abrazando el frío del cristal o en la sensualidad infinita del chocolate que se funde entre lengua y paladar; pero son realmente las calorías lentas las que nos exigen. Un instinto animal que nos hace lanzarnos con avidez hacia la mantequilla untada y cremosa o hacia la búsqueda de la película grasa de un cordero. El cuerpo lo pide a gritos, en silencio.

En la Patagonia se puede comer mal o muy bien. Ello no depende de la suerte. Se puede comer mal porque la enorme mayoría de los restaurantes de las capitales turísticas sirven una comida estandarizada y deficiente que para nada le hace honor al entorno. Cayeron en la trampa perversa de lo seguro. Son tantos los turistas que vienen en invierno, que los dueños de los restaurantes no se encuentran en la necesidad de seducir al comensal que volverá, ante una andanada asegurada de comensales golondrina. Es un fenómeno que ataca por igual a lugares turísticos como a los restaurantes consagrados de la alta cocina. La cocina es inventiva y consentimiento y nada atenta más contra el acto de seducir que la certeza.

En la Patagonia se puede comer increíblemente bien, pero ello sucederá sólo cuando comulguemos con el silencio. Con el silencio de pescar joyas de ascetas que decidieron refugiar sus restaurantes apartados del mundo. Con el silencio de las setas recogidas en el bosque con fondo ruidoso de pisada. Con el silencio del lento estofado con fondo sonoro de crepitar de leños. Con el silencio de truchas pescadas en horas acompañadas con el fondo ruidoso de nuestros pensamientos. Con el silencio de los cientos de frascos de conservas y confituras con el fondo ruidoso de las acompasadas historias de vida de los artesanos que optaron por una vida de necesidades básicas, sencillas, cotidianas. La Patagonia es para disfrutarla con un carro que nos de la libertad de recoger, cada tantos kilómetros, el fruto de cocinas regadas a lo largo de la orilla de la carretera; y para disfrutarla pernoctando en donde tengamos la libertad de cocinar, si queremos, con el acopio de historias y pertrechos de un camino, que por bonito acalla.

Nieva hoy en Bariloche. Cocino para los míos. En silencio.

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