LA UNIVERSIDAD: CANTERA DE GENTE CAPAZ

José Izquierdo miró de nuevo por la ventana y no pudo evitar erizarse al notar como la estrella amarilla, hasta hace poco apenas un punto más en el cielo, ya tenía el tamaño de un pelota de béisbol. La humanidad llegaba a su fin.

Como único consuelo le quedaba pensar que no habíamos sido nosotros los causantes del estallido que lo acabaría todo. José estallaba también. De impotencia estallaba. Era hijo del último director de la agencia espacial, antes de que fuese cerrada porque resultaba demasiado costoso financiar a una ciencia inútil manejada por teóricos. ¡Quien sabe si cien años después, hubiese estado ese mismo entramado de conocimientos en capacidad de sacarnos del entuerto definitivo! – Una humanidad que se dio el lujo de juzgar a Galileo y preguntarle a Faraday -¿para qué sirve eso?- cuando presentó a la sociedad su descubrimiento para lograr corrientes eléctricas con imanes en movimiento, merece este destino – dijo José con amargura. ¿Para que sirve un recién nacido?, ironizó el científico en el siglo XIX. En pañales se había quedado la humanidad por culpa de un burócrata.

II

Como si estuviese movida por los mismos vapores de la caldera de la revolución industrial que la originó, es cíclica y recurrente la discusión en la sociedad para determinar cual debe ser el verdadero papel de nuestras universidades. Muchas veces nos preguntamos acerca de la pertinencia de financiar a nuestras instituciones en caso de que no estén produciendo ideas que podamos pesar y utilizar casi de manera inmediata para solucionar problemas concretos de nuestra comunidad. Como en nuestra pequeña historia inicial, cada vez que un geólogo estudia la composición de una piedra, un físico la conductividad de una cerámica a bajas temperaturas o un sociólogo el comportamiento urbano; espetamos con desdén el ofensivo –Y eso, ¿para qué sirve?- miopes para entender que diez, cien, mil años después, habrán curas, predicciones sísmicas o tomas de poder gracias a toda esa ciencia inútil.

Es un error sostener que las universidades están sólo para atender y solucionar problemas cotidianos. Las universidades están para “enseñar a aprender” y sobre todo para formar un ejercito de gente capaz. Es clásico oírle a un ingeniero decir sandeces como –“No se para que estudié. Aquí en seis meses he aprendido más que en cinco años de estudio”-; en lugar de entender lo que resulta obvio: de no haber pasado por las aulas de su Alma Mater, ni en cien años aprendería trabajando en esa industria. Quizás, a veces desde una universidad salgan soluciones; pero no es su fin. Están para investigar y para transmitir.

Frecuentemente desde una universidad salen soluciones, pero no es su único fin ¿Significa acaso ésta cadena de pensamientos que nadie debe avocarse a la búsqueda de soluciones? Por supuesto que no es esto lo que estamos planteando. Para eso es que justamente sale de las universidades un profesional: para que de manera colectiva se busquen soluciones colegiadas, tal como muchas veces vemos desde los colegios profesionales, como entes reguladores y sensibles a las necesidades inmediatas, o desde los institutos tecnológicos creados específicamente para esos fines. En pocas palabras, es el ejercicio profesional el que a la larga define las competencias.

Queda finalmente la gran pregunta: ¿En qué momento todo marco teórico o colegiado termina por lograr una mejor calidad de vida para los ciudadanos de un país, gracias a la implementación eficiente de soluciones a los problemas concretos que le aquejan? Pues eso amigo lector, es justamente el trabajo de los gobiernos elegidos: lograr que esos factores coincidan y dirigir la solución de los problemas hacia comunidad. Para eso fueron elegidos. Basta con romper con alguno de los factores de esta delicada ecuación para que los resultados sean, la mayoría de las veces, apocalípticos.

Robo para finalizar palabras de Freddy Castillo, rector de la UNEY, en su bellísimo ensayo La ciencia de la caballería andante: “La formación continua. Creemos que allí está uno de los caminos fundamentales para la Universidad del nuevo siglo. Bachilleres o no, licenciados o no, doctores o no, postdoctores o no, todos necesitan seguir aprendiendo”.

Desde aquí, desde mi pequeño y caluroso bastión de fogones, aplaudo a mi ULA Mater y a mi UCV de adopción porque ellas hicieron su trabajo: me enseñaron cómo es que se aprende y por lo tanto me hicieron un mejor hombre, un mejor cocinero.

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