CAUSALIDAD

Cuando desperté, ya el sol hacía rato había hecho de las suyas ese domingo. Dos horas después estaba leyendo el periódico, tumbado en la hamaca del pequeño anexo que por casi un año me había servido de guarida monacal para darle los toques finales a mi tesis de grado en física. Cumplí el ritual de iniciar la lectura abriendo el encartado dominical y para mi sorpresa las dos páginas centrales estaban dedicadas a la entrevista a un Chef joven, que para más señas era venezolano. Curtido como estaba en la pausada lectura del domingo, tenía claro lo que es un personaje noticioso, por lo que ver que en esa época entrevistaban a un chef me resultó bizarro. En ese instante, no imaginaba, que ese par de páginas habrían de ser las únicas del día que leería y volvería a leer con envidia creciente. Desde muchacho le había hecho guiños a la cocina, sin pretender achacarle razones que viajaran más allá del divertimento y los obvios placeres obtenidos con ella como catalizador. Pero no se sabe en que esquina nos aguarda la celada, y esa mañana me esperaba disimulada en ese par de páginas impresas. Marcado quedé gracias a ellas.

Se trataba de la entrevista a Franz Conde, un muchacho menor que yo, hijo de padres universitarios, que había comenzado una carrera universitaria, pero a la corta había decidido abandonarla decididamente para seguir el camino de los fogones que se le antojaban posibles. Luego de un tiempo de pasantía y formación en restaurantes de Europa y de USA, había sido invitado para hacer un festival de cocina venezolana en el extinto (y súper lujoso) restaurante Members, gracias al olfato del promotor gastronómico Domingo Delfino.

Esas páginas fueron ennegreciendo con su tinta mis dedos a medida que crecía una ansiedad, que resultaba irracional a la luz del pragmatismo cartesiano que me caracteriza, pero ya que analizar era mi oficio, rápidamente entendí las razones: Franz Conde tenía una historia familiar muy parecida a la mía y se había atrevido. Yo en cambio, me pasaría la vida contentándome con decir en tertulias de colegas, que de haber sido cocinero quizás no hubiese sido malo. Cenar en el Members sobrepasaba con creces mis posibilidades, así que llamé a mi tío Claudio Nazoa y le pedí con descaro que me llevara al restaurante del festival. Unas horas después me tomaba una crema de chayota ¡Y Díos santo entendí!. Entendí que hay untuosidades, técnica, sublimes logros. Tal como sucede siempre ante todo acto de amor en el que no se conocen las reglas, entré a partir de ese momento en un túnel. Sin voces, asintiendo sin recordar que me decían, obsesionado con saber. Pedí conocer al Chef y salió una enormidad de casi dos metros con cara de adolescente que me empequeñeció en instantes.

Ese día, Franz, seguramente te dije que me gustaba la cocina, aunque nunca recordaré la forma. Las torpezas no se recuerdan, absortos como estamos en convertirlas en actos heroicos cuando de seducción se trata. Te dije que me hubiese gustado ser cocinero, pero que estaba por graduarme de física. Te dije quién sabe cuantas bobadas más. Recuerdo perfectamente que no hablabas, aumentando mi angustia, haciendo que fuese testigo desde el éter de mis propias torpezas. Recuerdo también que al finalizar, simplemente me dijiste que de ser verdad mi pasión por la cocina, no estaría hablando tanto sino simplemente tocando la puerta de un restaurante.

Esa noche se disparó la causalidad del universo. Juan Fernández quería hacer un restaurante de lujo en Seasson´s y le pidió ayuda a su amigo Ben Amí Fihman. Éste comió en Members y se impresionó con Franz y así se lo comentó al restaurador. Ambos le hicieron una oferta irrenunciable al joven cocinero… Y yo me atreví. -¿Podría trabajar con usted a partir de mañana?-, pregunté. ¡20 años!, casi han pasado desde entonces, dos de ellos en el restaurante de Franz. Veinte años de felicidad pura, sencilla, imposible de intelectualizar. Quiero creer, sencillamente porque me parece romántico, que de no haber comprado yo ese domingo “El Nacional” estaría hoy inmerso en la poesía de los números y no de las sartenes. Es posible. Quiero creer también que me lo gané.

II
Una vez le pregunté a mi amigo, y cocinero, Paul Launois, por el secreto de la fórmula que le había permitido trabajar en tantos restaurantes de consagrados europeos. Su respuesta fue tremenda: -“Simplemente le escribí a 20 y 17 contestaron que si”- ¡Atrévase amigo lector, alguien está esperando que lo haga!

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