NORBERT ELÍAS Y LA CIVILIZACIÓN

La palabra civilización es la expresión de la autoconciencia de Occidente que resume lo que nuestra sociedad cree llevarle de ventaja a las anteriores. En algunos casos se entiende como el estadio de logros culturales e ideológicos de una sociedad (visión germánica) y en otros como la más pura expresión del orgullo de una nación (visión gala), pero para llegar a la percepción actual de lo que entendemos al decir la palabra civilización hemos tenido que recorrer un largo camino desde el siglo XVI como bien queda establecido en un libro maravilloso: El proceso de la civilización, escrito hace tres décadas por el sociólogo germano-inglés Norbert Elías (Fondo de Cultura Económica, 1987)

En particular, la segunda parte del libro (La civilización como transformación específica del comportamiento humano) nos muestra como el origen de todo aquello de lo que nos vanagloriamos como civilización occidental, está basado en el ordenamiento de los mandatos y tabús sociales habituales, siendo el comportamiento en la mesa el gran catalizador.

La historia comienza con una especie de Manual Carreño escrito en el siglo XVI por Erasmo de Rotterdam que se llamó De civilitate morum purilium, impreso con un tipo de letra muy popular que recibía el nombre de civilité y que evidentemente tocó una fibra esperada por la sociedad de la edad media, porque en tiempos en donde imprimir era una proeza, la obra llegó a reeditarse treinta veces en los seis años siguientes, editándose inclusive hasta entrado el siglo XVIII. El libro, sin valor literario intrínseco, simplemente trataba sobre cual debía ser la conducta social de los nobles, principalmente a la hora de socializar en la mesa. En un mundo en el que hasta el rey comía con la mano (nótese la falta casi absoluta de utensilios en los cuadros con escenas de festines de la época), fue desde la mesa, centro alrededor del que giraba la sociedad y sus cotilleos, que nacieron las reglas de eso que con tanto orgullo llamamos civilización y que inicialmente no era más que un catequismo de normas de cortesía. Es así como para diferenciarse del campesino, los nobles comenzaron a lavarse las manos, a no chuparse los dedos o a no hurgarse los dientes en público. Con una muy franca naturalidad, fuimos conformando eso que llamamos nuestros modales.

A la luz de nuestras costumbre actuales, nos encontramos con pasajes sorprendentes en el texto de Erasmo, casi bárbaros, como por ejemplo la conseja de escupir a un lado para no rociar al vecino o la de tirarse los pedos evitando sonidos fuertes; pero como muy bien nota Norbert Elías en su obra “Lo que hoy se nos antoja la cosa más natural del mundo, es algo que tuvo que aprender toda la sociedad en su día, lenta y penosamente” y actos obvios como tomar la sopa tal como hoy lo hacemos o usar tenedores, evolucionaron lentamente desde una olla común en donde los nobles introducían una y otra vez sus relamidas cucharas o desde fuentes con carnes exquisitas, que todavía entrado el siglo XVII, eran rasgadas a mano por un ávido comensal al que no le parecía incorrecto devolver a la fuente un trozo mordisqueado si no había sido de su agrado.

La civilización, a la que solemos considerar como una posesión, es parte de un proceso en el que, como bien dice el autor, nos hallamos inmersos. Cada pueblo termina por conformar sus propios códigos de conducta a la hora de interactuar en la mesa, mediante normas que pasan a ser claramente síntomas del tiempo al que pertenecemos, y ese complejo y sutil entramado de reglas es el que, de manera gregaria, nos vuelve sociedad.

II

Actualmente somos parte de una sociedad que con su afán industrial ha comenzado a sacrificar el acto de sentarse en la mesa. Son los nuestros, los tiempos del no tengo tiempo y con cada bocado apurado de comida rápida vamos perdiendo a mordiscos la civilité de Erasmo, en una época en la que tenemos la tendencia a considerar a los manuales escritos de cortesía y buenas costumbres como vetustos resabios, cursis e innecesarios. Pareciera que a ratos se nos olvida que volver a la barbarie es cosa fácil.

La navidad llega con su aire redentor y en cuatro días estaremos todos en este país sentados en familia alrededor de nuestras mesas. Linda oportunidad para recordar que somos venezolanos, entre otras cosas, porque a través de los siglos hemos ido estableciendo normas de cortesía que nos diferencian y nos vuelven uno, hasta convertirnos en un ente cultural único llamado Venezuela ¡Feliz Navidad!

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