¿Me acompañas a contaminar el agua de mérida?

Puedo regodearme pensando en la cara de los transeúntes cuando esa noche de 1985 vieron que desde la carretera de El Valle, una manada de vacas comenzaba a entrar a la ciudad de Mérida. Eran tiempos combativos, en los que los estudiantes de la U.L.A, de la mano de profesores que sentían al ambiente como un norte por el que había que dar la pelea, acompañaron a los campesinos de la población de El Playón en su protesta en contra de la instalación de vaqueras en ese valle. Campesinos que decidieron dar la pelea en contra de los especuladores que estaban comprando grandes lotes de tierra barata en El Valle y en el páramo La Culata, sin importarles que con su voracidad estaban poniendo en peligro la calidad del agua que consumían todos los merideños. Eran los tiempos de las grandes peleas por la defensa de toda la zona protectora de la cuenca del río Mucujún, la fuente más importante de agua de la ciudad de Mérida. Piedras en contra de las cochineras hubo, cauchos quemados hubo, marchas hubo, perdigones hubo. Fue una causa de profundas raíces ideológicas que formó a toda una generación, muchos de los cuales, un cuarto de siglo después, tuvieron la oportunidad de tener acceso al poder y de reescribir leyes para garantizar una defensa ambiental efectiva. El trabajo se había hecho… o eso creíamos.

Antes eran los especuladores de tierra, ahora la voracidad está en manos de otros. El MAT (Ministerio de Agricultura y Tierras) y el INTI (Instituto Nacional de Tierras) han declarado como ociosas tierras protectoras pertenecientes a ABRAEs (Áreas Bajo Régimen de Administración Especial) y a Reservas Forestales, desconociendo atribuciones y competencias del Ministerio del Poder Popular para el Ambiente (MPPA). En El Vallecito, decretaron como ociosas tierras cuya superior condición protectora y productora de agua las excluye de esa posibilidad. Para nada la intención de este artículo es discutir la pertinencia o no de declarar ociosas tierras. Aquí el problema es el agua de una ciudad, y si la comunidad organizada del Valle y del Vallecito no logran anular esos actos, estaríamos siendo testigos de una derrogatoria de facto de un concepto porque el que se luchó mucho: los ABRAE. Mientras los invasores de esas tierras estén allí, estaremos avalando con ello un injustificable perjuicio hacia los recursos naturales de esta nación. ¡no existe fin que justifique la ignominia de acabar con la protección del medio ambiente!... pan para hoy, hambre para mañana.

Quizás, aún, tener acceso al agua potable no sea considerado, por todos los países, como un derecho humano. Quizás por eso la palabra agua no aparece todavía en ninguna parte del articulado de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre; pero dudo que para este momento haya alguien que discuta que se trata del principal recurso estratégico de este estrenado siglo XXI. ¡Ay tango cambalache de Enrique Santos Discépolo, te quedaste corto!

Al entorno del Vallecito, zona en la que me crié, le debo una de las posiciones ideológicas fundamentales que han moldeado mi vida y sobre todo mi forma de interrelacionarme con ella: ser profundamente ecologista. Quiero creer que cada una de mis acciones buscan justicia social y humanista por un lado, y respeto extremo hacia la humanidad desde un plano ecológico y ambiental, por el otro. Admiro profundamente la coherencia de sus moradores, porque a estas alturas perfectamente podrían estar pasando menos vejaciones por sus creencias; pero siguen allí, testarudos, peleando sin parar contra la voracidad por la tierra de unos miopes que no entienden que de ella depende nada menos que el agua de una ciudad. Los vi gritar cuando quemaron el mercado de Mérida y con orgullo los veo gritar todavía sin atisbos de afonía. Se trata de una comunidad organizada que nunca ha dejado de marchar, de ver como los perdigones de antes se trastocaron en motos de escapes sonoros que tratan de dar miedo en la noche, de vivir la inaudita y muy dolorosa experiencia de ver a viejos conocidos pedirles amigablemente que abran las puertas de sus casas para comprobar si son ellas las que contaminan. Están curados de improperios en radio y prensa.

Recuerdo cuando un constructor trató de demandarlos por que habían casado una pelea por unas tierras en donde se habían volado todas las leyes de ingeniería municipal. Entonces pensaba que era un acto poético de visos quijotescos. Pero los veo con ese mismo brillo en los ojos, defendiendo el agua con una alegría contagiosa y me doy cuenta que nunca dejarán de pelear en contra de los voraces de tierra de siempre. El agua de Mérida seguirá limpia, ellos están allí para garantizarlo ¡Dios santo, como los admiro!

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