Tomado del "Spam" de Roger Michelena

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El vino y la cultura

In vino veritas

¡Nunca serenos! ¡Siempre con vino encima!
(Claudio Rodríguez)


En la vida sigo creyendo
Que no hay nada más sencillo
Ni más bello
Que una botella de vino
Cuando llueve
Y no nos queda sino el fuego
Por amigo.
(Jorge Eduardo Eielson)

Gonzalo de Berceo no sólo nos legó los primeros versos castellanos, sino también el modo ritual de celebrarlos. Después de leer su página escrita en “román paladino” y de apreciar en ella la corrección buscada, hizo lo que corresponde a un buen cristiano: dio gracias al Padre, a Jesús y a la gloriosa Virgen y se bebió con deleite “un vaso de bon vino”. Y no podía ser de otra manera. Berceo pertenecía a una cultura y a una religión que le otorgan al vino un lugar destacado en las liturgias. Para esa tradición, sin duda, el don del vino es una gracia que nos ha concedido la divinidad.

De origen pagano, el rito cristianizado del vino puede también buscar su dios tutelar en Dionisos. Así lo recuerda Martín Bruera en su formidable libro Meditaciones sobre del gusto. Leamos:

“En tan fuerte la impronta dionisíaca que, según la exégesis de numerosos estudiosos evangélicos (...) la coincidencia de la fecha del festejo de la epifanía eclesiástica de la adoración de los reyes magos se desplazó al día de las manifestación de Dionisos, celebrada hasta ese entonces todos los 6 de enero”.

Bruera encuentra una analogía adicional a propósito del milagro de las bodas de Caná y nos recuerda que en ciertos relatos del quehacer del dios griego, éste, en el día de su fiesta, realizaba el acto mágico de llenar de vino tinajas vacías y de hacer fluir de una fuente vino en vez de agua. Ningún cristiano olvida que Jesús –según el Evangelio de San Juan- realizó la conversión de 500 a 700 litros de agua en vino (“como ofrenda de dudoso valor altruista, pues los agraciados ya estaban ebrios”) en la citada boda.

Lo cierto es que la mitología del vino cuenta en casi todas las culturas con una prosapia sagrada, literaria y popular que muy pocas bebidas (salvo el agua) pueden exhibir. Según la enóloga austríaca Johanna Kern-Flois el vino no es más que agua enriquecida con vitaminas y minerales. Para Pasteur era entre todas las bebidas “la más sana e higiénica”. Y ¡cómo olvidar a Antonio Machado! que cuando llegaba a un sitio donde había vino, bebía vino, por supuesto, y si no había vino, bebía con placer agua fresca. Toda una lección de buen viajero. La cultura del vino también es la cultura del placer y del disfrute, pero también es un elemento básico para la enseñanza de la moderación y el rechazo a los excesos, aunque a veces la embriaguez haya sido benéfica como lo demuestra la bíblica historia de Noé.

Nuestro mercado presenta ahora una mayor oferta de vinos. Ya no disponemos solamente de los buenos caldos chilenos, italianos y españoles, sino que nos están llegando ¡por fin! los argentinos. Yo los añoraba. Un día desaparecieron y ahora han retornado, pródigos y alegres. Algunos –todo hay que decirlo- un tanto desmejorados como el Don Valentín, pero otros insuperablemente buenos como el Trapiche Roble o el Navarro Correas.

Que nadie deje, por favor, de compartir la dicha de un malbec. Si alguien celebró en la Edad Media unos versos con vino peleón, yo creo ahora que los enólogos argentinos pueden celebrar sus excelentes productos con un buen poema de Borges. Por ejemplo, aquel donde el genio del sur le pide al vino el arte de conocer su propia historia.

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