domingo, febrero 10, 2008

HISTORIA DE UNA MATA DE ORÉGANO

Todo comenzó con la mata de orégano. Mejor dicho, con la mata de orégano que le regaló Cristina, para que le diera algo de vida a la no deseada minimalista sala de su recién estrenada casa de soltero emancipado ¡Una mata para él! que jamás había cuidado a otro ser vivo

El orégano se mantuvo testarudo, avisando con sus hojas amarillas (pero sin pretender ser trágico) la falta de agua y aceptando silencioso los cambios de lugar a rincones sombreados. Llegó el día de la primera comida en casa y un amigo preguntó por perejil para el potaje. “En esta casa no hay nada –dijo él – salvo aquella mata de orégano que me regalaron hace un mes”. Rasgó del tallo algunas hojas y de inmediato el aroma de los aceites esenciales inundó la minúscula sala. Fue en ese instante que la recordó.

Recordó sus días de pizza universitaria y cerveza nacional. Recordó sus ojos miel y hasta recordó su nombre. Esa noche, justo antes de irse a dormir, apretujó una hoja de la mata y durmió con los dedos (medio, índice y pulgar) cerca de la cara. Soñó. Ese día la mata de orégano se ganó un lugar privilegiado bajo el sol y el derecho a ser regada regularmente… quizás por desconocimiento, muy regularmente.

La mata no sólo vestía el lugar. La mata era motivo de conversación y compañera. Fue inevitable entonces que un día parara en un vivero camino a casa y le preguntara al experimentado portugués por una mata de hierbas. Él le mostró una sección con albahaca, tomillo, perejil, cilantro, yerbabuena y carnosa salvia. Cuando descubrió el valor ridículo que pretendían por cada una, para su asombro las compró todas. Ya a punto de encender el carro, volvió a abrir la puerta y se dirigió de nuevo al mostrador. “¿Cómo las cuido?”, preguntó.

- “Te traje amigos”. Nadie estuvo presente para hacerle notar que en apenas un mes le hablaba en voz alta a la mata de orégano. Nadie pudo decirle que ella entendió.

Descubrió rápidamente las mañas de cada planta y resintió la muerte de otras. Entre los dedos se le escurrió el pasatiempo. Las comidas en casa comenzaron a ser más divertidas. Cada vez que una planta mostraba indicios de querer entregar sus hojas, averiguaba – por ejemplo – que hacer con la salvia y receta en mano hacía pasta por primera vez. Con la mata de orégano le pasó algo extraño: veía sus hojas viejas a punto de caer y aun así no se atrevía a comerlas. Esperaba que cayeran solas y luego las estrujaba un rato. Aprendió a deshidratar los excesos, a tomar aguas aromáticas, a combinar. Descubrió que el romero le gustaba solito, que la salvia unida a cilantro le parecía repugnante y que la albahaca con yerbabuena le gustaba tanto que casi mata a las dos plantas. Descubrió que salir cinco minutos tarde no mata a nadie, porque ahora cada mañana en lugar de apurar un café, se lo tomaba calmo para poder repasar mentalmente los avisos leves de sus amigas.

El día que compró un sobre de semillas, lo hizo porque se sintió preparado. Leyó cada línea de las instrucciones impresas en la parte trasera y siguió al pie de la letra cada orden. Cuando vio brotar las primeras hojas quiso tener el poder mágico de adelantar la llegada de los tomates. Allí estaban días después, verdecitos, minúsculos. La experiencia con el tomate (más bien los dos tomates) fue algo frustrante. Esperó una eternidad por ellos y una vez que se los comió… ¡No más tomates en casa!, no más mata, sólo el yermo matero vacío. Agradeció como nunca la inmortalidad de su mata de orégano. Un sobre sucedió al otro. Sembró algunos y mantuvo otros guardados en una gaveta como si de estampas de álbum se tratara. Cuando compró el primer sobre de semillas de auyama vio el patio de su casa con otros ojos. Su pequeño trozo de grama, inútil, de seis metros cuadrados cobró valor ante sí. Él mismo decidió arar el trozo de terreno y descubrió humillado que bastaban esos pocos metros para destrozar la espalda y las manos de un ser humano. Lo de la auyama no le gustó. Demasiado fecunda para su gusto. Invasora, egoísta (eso sí, ¡muy sabrosa!); así que una vez que la hubo cosechado, sacó del cajón los sobre guardados y ex profeso sembró lo que le resultaba exótico y desconocido. Con el tiempo aprendió a querer (y hasta desear) el sabor de la rúgula, perdió la lucha contra los gusanos que se comieron el romanesco, se sorprendió con la perpetuidad del perejil si se mantiene podado y gozó el tránsito de las flores blancas del cilantro hasta las semillas.

Bastó un año, sólo un año. De pronto en su casa siempre había algo. Hoy eran pequeños calabacines, mañana un par de higos, otro día hojas de lechuga. A nadie le deseó el terrible espectáculo de ver podrirse en la mata a un tomate ya maduro, una vez que hemos sido protagonistas y testigos de su crecimiento. Entendió ese día que una vez que asumía plantar, era responsable de comer o mínimo ofrendar. La vida bullía impune a su alrededor y hasta se dio el lujo de soñar en retiros a campo abierto bajo frutales que no cabían en su mundo de patio de ciudad.

Ella murió. Fue botando las hojas una a una hasta quedar un entramado de palos de casi un metro de altura que apenas permitía reconocer la escuálida ramita original. Con ritual impensable tiempo atrás, botó el muñón seco en algún recodo del cerro vecino y el porrón de barro quedó para siempre como recipiente de una mata de flores, sembrada en un matero más pequeño. Con el tiempo tuvo otra mata de orégano y con el tiempo también, salsa de tomate hecha con dos tomates, orégano, perejil y albahaca de la casa. Orégano llamó a la finca y orégano fue su olor.