OFICIO PRÊT-À-PORTER

“Luciano intenta todo aquello que le parece razonable; se deja explotar por los medios de comunicación masiva porque piensa que no sólo le beneficia personalmente, sino también sirve a la ópera” Herber Breslin.

Comienzo con estas palabras de quien fue uno de los representantes del recién fallecido tenor Luciano Pavarotti, como ningunas resumen una de la más notable polémica que nos legó el siglo XX, la misma que mantiene irreconciliable al bando que pregona como un logro enorme la democratización de todos los fenómenos que históricamente estaban reservados (con carácter de exclusividad) para los más poderosos; respecto a aquel que insiste en que tal apertura no es más que el comienzo de la degradación de las bellas artes. Todo un pugilato entre los que en una esquina sueñan que los oficiantes sigan siendo una gema exclusiva de aquellos que se autodefinen con el carácter intelectual suficiente como para apreciar el arte en su dimensión correcta; y los que consideran que el mayor bien que puede hacérsele a un arte es justamente masificarlo. ¡Hagan sus apuestas! Pavarotti cantó con estrellas de rock y permitió que su voz fuese disfrutada por decenas de miles en un mismo lugar y con esos gestos consiguió algo impensable: Logró que decenas de miles se interesarán por aquello que lo apasionaba y sería difícil discutir que gracias a su aura mediática hoy en día hay más escuelas de ópera y más gente que sabe de ella.

Quizás, el primer paso del fenómeno de masificación de las artes se dio desde los talleres de costura con ese sacrilegio inicial llamado Prêt-à-Porter. Hasta finales de los años 50 del siglo pasado, la Haute Couture (Alta Costura) era evidentemente un privilegio de muy pocos en el mundo. El precio de un traje (y así sigue siendo) con la firma de su autor, puede llegar a costar varios años de sueldo de un asalariado común y por lo tanto los intrincados códigos para reconocer las sutilezas detrás de ese arte son igualmente privilegio de pocos. De pronto, ¡horror!, las grandes casas de costura comenzaron a vender colecciones accesibles a un número mayor de personas; colecciones listas para llevar. Algunos podrán ver el gesto como una treta comercial de las casas de costura, otros seguramente lo ven como el gesto redentor de una Coco Chanel que decidió convertir su odiado traje negro de orfanato en la prenda hermosa que todas vistieran y con ello diluyó sus fantasmas de infancia hasta volverlos invisibles.

Bel Canto y Haute Couture no han sido los únicos oficios protagonistas del altercado histórico. Alta Cocina también irrumpió en la arena de esta polémica y al igual que las dos anteriores tiene un nombre primigenio: Paul Bocouse, sobre el cual recae buena parte del origen de la conversión de la cocina en un fenómeno de masas. El hijo pródigo de Lyon, con su Nouvelle Cuisine logró nuevamente un par de cosas impensables: Por un lado, sacó a los cocineros de sus mazmorras infernales sometidos casi siempre a condiciones de horario y trabajo muy poco dignas y por el otro hizo que hoy 17,5 % de todos los adultos de USA (datos oficiales del censo de ese país) cocinen por placer.

¿Significa acaso que con la masificación se ha perdido la Alta Costura? ¿Se canta mal la Ópera hoy en día? ¿Van desapareciendo los magos en la cocina? Obviamente no es así. Siguen existiendo vestidos que cuestan cien mil dólares, sigue habiendo conciertos en la Scala de Milán con butacas que cuestan 400 dólares y hoy en día una cena para dos en un restaurante de clasificación máxima ronda los 600 dólares. Lo hermoso es que por encima de esos precios de siempre, hay en cada taller, en cada conservatorio y en cada cocina un muy talentoso oficiante que llegó allí porque una vez se mezcló con la multitud en un concierto de rock y descubrió que se podía lograr algo tan hermoso con la voz o porque viendo TV descubrió que ser cocinero también era una opción. Es difícil medir el impacto del fenómeno mediático en la cocina. Groseramente podríamos aventurar que al masificarse cualquiera de las bellas artes, en efecto, surgen cientos de chapuceros que antes no hubiesen tenido cabida, pero también es válido aventurar que hoy existen más restaurantes excepcionales en comparación a los que podían contarse hace 60 años. Como diría un físico, una vez que se logra la masa crítica la explosión es inevitable. Dependiendo del punto de vista con que se vea el fenómeno podemos hablar de cáncer o de bendición, sin embargo sobre la polémica existe un hecho incontestable: Bel Canto, Alta Costura y Cocina dejaron sus reductos y salieron a abrazar a todos. La postura a tomar queda resumida con una anécdota fascinante. Hace un par de años el cocinero español Ferrán Adriá, el más mediático y más polémico de lo cocineros que ha habido, se presentó a un congreso de cocina. No más llegar, otra Chef muy conocida dobló su delantal con gesto reverente y le dijo: “No siempre comulgo con tu cocina pero mi delantal es tuyo porque hiciste que el mundo nos conociera”

¡Gracias Pavarotti!

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