¿Cuánto habrá costado ese libro?

Estímulo es una palabra bonita. Posee la virtud de contener en si misma la quietud de la observación, la ferocidad de todo lo que se desencadena y sobre todo el poder azaroso de lo sincrónico. Es una palabra con movimiento y trascendencia. Para que un evento pueda considerarse un estímulo, es necesario primero tomarse el tiempo necesario para que sus tentáculos transparentes nos abracen y desencadenen reacciones inesperadas por impredecibles; pero sobre todo es necesario que los tiempos se confabulen para que una mirada, una voz, un llanto, un grito solitario de “ya no más” o un guiño, pescados en medio de un mar infinito de instantes, pasen a ser los segundos que remueven el resto de nuestra existencia hasta conferirles el peso de los “desde entonces” o “para siempre”. Como diría el maestro catalán Serrat; son aquellas pequeñas cosas encerradas en un cajón que nos asaltan por sorpresa.

II

Hacía yo la tesis de grado en la Universidad Central de Venezuela y, como todos los días, caminé hacia al minúsculo anexo con cocina que había alquilado, pasando por Plaza Venezuela. Para entonces, quedaba allí una librería ya desaparecida y su vidriera era parte integral del paisaje urbano al que comenzaba a acostumbrarme. Detenerme unos segundos, calculados con precisión para no parar el paso del todo, y poder aprenderme los títulos a fuerza de rutina, era parte del ritual con el que mi pausa andina empezaba a generar y apropiarse de un nuevo territorio. En esas andaba, cuando para mi sorpresa toda la parte media de la vidriera mostraba libros de cocina. Quizás hoy pueda parecernos natural que así sea, pero a finales de los años ochenta los libros de cocina raramente ocupan el espacio de los Best Sellers. Quiso el destino que mi estrenada vida solitaria de estudiante de cartera recortada, hubiese pasado a ser estímulo para que me decidiera a cocinar los domingos la comida de toda la semana. Las ideas escaseaban, era viernes, mi bolsillo presentaba la inédita condición de poseer dinero y en esa vidriera estaba un libro que lacónicamente mostraba en su portada el título “Aves”. Quizás lo que me llevó a querer comprar a ese y no a cualquiera de los otros, fue la sorpresa de ver que un libro tan grueso podía estar dedicado a un tema tan minúsculo, ¿Qué tanto podía escribirse sobre aves? Quizás fue tener dinero, quizás el que me gustara cocinar, quizás algo me detuvo más tiempo de lo usual frente a la vidriera. No lo se, ni lo sabré. Sólo se que ese día las ruedas confabulaban para estocarme. Unicamente desde la distancia puedo entender que ese día la sincronía le robaba un licenciado en física a una familia.

Abrí el libro buscando recetas, buscando infiltrarme de ideas. Para mi sorpresa ¡La primera parte mostraba una lección en lugar de una receta! - ¿Y es que acaso es necesario enseñar esto como si se tratara de un libro de Física Cuántica?, seguramente me pregunté. Se trataba de una sucesión de fotos que de manera particularmente detallada mostraba la técnica para deshuesar un pollo, de tal manera que quedara intacto en forma. Corrí a comprar un pollo en la bodega que quedaba a dos cuadras de mi anexo y ese mismo viernes me encontré deshuesando al pollo. Salió perfecto (no así el relleno que luego hice para completar la faena). Ese día descubrí que la cocina no era sólo recetas y tradición oral, sino un compendio complejo de técnicas imbuidas de lenguaje propio ¿Cuánto habrá costado ese libro que conservo como amuleto?... Poco para lo que logró en su lector. A partir de ese momento, cocinar se convirtió en un acto con todas las implicaciones de un pasatiempo: comencé a comprar cuchillos, a buscar libros más especializados, a buscar como coleccionista ingredientes sugeridos y desconocidos para mi.

El libro Aves abrió en mi un boquete lo suficientemente enorme como para que, cuando un domingo leyera la entrevista que le hacían al Chef Franz Conde, decidiera que definitivamente dejaba la física y me dedicaba a la cocina ¿Podrá imaginarse el periodista autor de esa entrevista, las consecuencias de un acto tan inocente como generar noticia?

III

Muchos dicen que vivir cada día con la intensidad de uno que se sabe el último es la fórmula fundamental de la felicidad. No lo se, conociéndome seguramente me deprimiría y me paralizaría si se la hora a la que voy a morir; pero algo si entiendo: Hasta el más inocente de los actos puede ser el desencadenante de la más feroz tormenta. Una mirada pescada al azar termina siendo familia, un “buenos días” mecánico hacer creer de nuevo, el rocío un hijo. Somos pequeñas cosas y cada acto nuestro un poema.

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