DIME CON QUE DIENTE COMES

Es fácil clasificar a los hombre por los dientes que usan para comer, aunque no es fácil descubrirlo, porque comer con la boca abierta, aparte de reñir lo más elemental de la educación (salvo que sea por ahogo o por risa incontenible), mantiene igualmente indescifrable el secreto que a boca cerrada sólo sabe quien mastica. Y ponerse a estudiar avieso la boca de un comensal vecino, lo menos que puede dejarnos son enemistades. Permítanme pues, darles unas pistas.

Son pocos, pero todavía quedan, los que se niegan a olvidar el pasado de cavernas y siguen usando los caninos. Andan por la vida rasgando su entorno tal como lo harían sin compasión con un trozo de carne en vara o desnudan la vida a dentelladas secas y calientes, como si de pelar caña salvaje se tratara. Seres desconfiados por naturaleza que antes de lanzarse a ciegas a triturar lo desconocido, tienen la precaución de tentar la dureza de lo nuevo, confiando en el fiel diálogo que establecen cada día con sus colmillos. Seres complicados, puedo afirmar, esos que apuntalan con mordida firme, y usan los caninos a modo de palanca para partir desde el frágil tallo de un apio españa hasta un imposible trozo de chicharrón endurecido. Seres valientes capaces de perder un trozo de diente en el intento, porque la derrota, representada en un trozo entero luego del ataque, no está permitida. La mordida, no hay duda, es canina.

Muy diferentes en cambio son los que prefieren andar por la vida usando los molares. A primera vista podría pensarse, con subestimación infantil, que no son más que unos segundones encargados de terminar de mala manera el trabajo hecho por los colmillos. Andar por la vida triturando y engullendo pareciera que es el destino triste de esta docena de guerreros, pero su destino es mucho más sutil. Quien come con lo molares siempre está acopiando. Nunca se conformaría con un trébol del jardín, porque es en el puñado que encuentra el placer de extraer su salvia ácida. Seres pacientes quienes comen así. Suelen sumar para luego extraer los jugos de a poco con su mordida implacable y cuando ya no hay más información que obtener, tragan con desdén. Un ser molar jamás come un maní ¡Eso no tiene sentido! Su vida es la entrega de puñados. Su vida es rumiar hasta entender y una vez que lo logran, van invariablemente por más.

Puestos a escoger, me seducen los roedores. Ven la vida desde sus incisivos y con ellos la van descubriendo de a poco. Son los representantes de una vida sencilla en la que todo el mundo puede estar contenido en una sola cosa. Son los seductores e indudablemente los más hedonistas. Un ser incisivo hinca con delicadeza, a medias, sus paletas centrales en la corteza de una zanahoria y la separa del centro pálido. Observa luego con asombro la cara lisa interior de la corteza llena de diminutas cavidades que no son más que el negativo del tubular centro espinado. Come primero la corteza dulzona y luego ataca el centro que va de insípido a salado y finalmente se entrega al extraño sabor herbal de la parte que estuvo pegada al tallo. Para él una zanahoria no es zanahoria sino mundo, experiencia, goce pausado.

Sólo quien es roedor puede entender la exasperante costumbre de pelar una uva con los dientes centrales y dejarse embriagar por la resequedad tánica de su piel desnuda de carne; o pelar con cuidado la capa roja de un rábano para usar su picor sumado, como preludio de la firme y dulce carne interna que encandila. El roedor va por la vida en capas y su goce es impredecible. Es quien desdeña al corazón de las alcachofas porque su mundo se resume en hender los dientes en la parte media de cada pétalo y luego arrastrar con escrúpulo de amante sus carnes ¡Pocas se comparan al temblor de recoger esa carne aromática, escondida detrás de los dientes, con la punta de la lengua!

Es bastante fácil descubrir a estos seres de gozo extraño. Basta verlos comerse una galleta de chocolate rellena: quitan la capa de chocolate de arriba y luego comienzan a hacer caminitos paralelos en la crema blanca del medio para luego tener que engullir con fastidio las dos tapas de la galleta, ya carentes de toda diversión. Un ser roedor nunca comerá pan, salvo que éste sea una buena excusa para jugar, por ejemplo comiendo a mordisquitos centrales y rítmicos el orillo de una rodaja de pan de sándwich. No necesitan mucho, la simpleza es su norte porque para ellos rábano es mundo, pan es mundo y alcachofa universo.

Dime con que diente comes... Te diré quien eres.

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