ERASE UNA VEZ EN AMÉRICA

Bizcocho de Butaque, Manzana Infernal, Aviador (bizcochuelo endulzado), Huevos de Pájara, Ruli (papelón y queso), Huevos del Príncipe, Galantina de Gallina… Una sucesión absolutamente críptica de nombres adosados a la pared de un salón de clases, gracias a la tecnología del video beam, capaces de proyectar el pasado muerto con atractivos colores de presentación académica. En el Instituto Culinario de Caracas, el profesor Víctor Moreno, les mostraba a sus alumnos de cocina parte de una extensa investigación que ha venido haciendo con miras a publicar un libro. La diapositiva en cuestión exponía parte de una abrumadora y extensa lista de platos desaparecidos de la mesa pública venezolana; lista basada en el trabajo de dos investigadores fundamentales: Rafael Cartay y Luís Felipe Ramón y Rivera. Un factor hace aún más dramática ésta lista: son nombres tomados directamente de los menús impresos de restaurantes de diferentes épocas. Es decir, platos que gente como usted o como yo pedíamos hace décadas cuando íbamos con la familia a celebrar en un restaurante.

La lista del profesor Moreno posiblemente habla de irremediables. Surge de manera natural una pregunta fundamental: ¿Cuántos platos que conocemos en nuestra mesa pública están a punto de desaparecer? ¿De cuántos no hemos logrado detectar mensajes alarmantes que pregonan con gritos de silencio su muerte cercana?

Muchos son los que están cercanos a desvanecerse debido a que su presencia comienza a ser escasa en restaurantes y hogares, limitándose su casi museística exhibición a festivales especializados, trabajos académicos o tercas casas empeñadas en mantener las tradiciones. Entran en este rango platos emblemáticos del pasado venezolano como la Olleta de Gallo, el Corbullón de Mero o la Lengua en salsa. No menos grave es el hecho de que haya platos que consideremos seguros en nuestra dieta, sin detectar aún su posible desaparición a mediano plazo. Nos referimos a aquellos que siguen siendo populares, pero que estamos comenzando a dejar de hacer en nuestras casas porque nos resulta más cómodo comprarlos hechos. Basta con no enseñarle a nuestros hijos como hacer un plato tradicional de Venezuela, para que en apenas un lapso de 15 años desaparezca de la cotidianidad de nuestras mesas ¿Cuándo fue la última vez que hicimos Tequeños o Dulces andinos abrillantados en nuestra casa? ¿Sabemos hacer Tequeños? La próxima vez que, por comodidad, no haga Hallacas en su casa, sepa que ese día le ha robado a sus hijos el derecho más hermoso: Saber lo que son.

II
En 1979 el autor alemán Michael Ende publicó un libro infantil cuyo título (traducido al español) es La Historia Sin Fin. En él narraba la épica gesta de un aparente niño insustancial (Bastián Baltasar Bux) que logra salvar al "reino de Fantasía" del peor y más feroz de los enemigos posibles "la Nada". Con esa "Nada" el autor logró plasmar de manera impecable la simbología de todo aquello que nos carcome con lentitud pasmosa y rigurosa hasta lograr que seamos seres que caminamos, nos reproducimos… y no amamos. Seres con almas deshidratadas. Cada vez que miramos con desdén parte de nuestra cultura y miramos de reojo todo aquello que es el soplo divino que nos vuelve esencia, permitimos que "la Nada" de la historia nos vaya engullendo, hasta que terminemos caminando con ojos huecos y con el concepto de nación desdibujado entre latas, comida rápida y tristeza. Infinita tristeza.

III
"El descubrimiento de un nuevo plato hace más bien a la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella" fue la frase que el gastrónomo y filósofo francés del siglo XVIII Brillat Savarin dejó escrita. Frase que a la postre sus seguidores se han encargado de repetir persistentemente, aunque quizás valdría la pena usarla como trampolín para aventurar una nueva desde la perspectiva de nuestro siglo indeciso y desenamorado: La desaparición de un plato le hace tanto mal al el alma de los pueblos, que guerras o plagas.
Hoy esta columna cumple dos años (104 artículos) ¿En ese tiempo a cuántos platos comenzamos a definirles el camino de la extinción? ¡¿Cuántos salvamos?!

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