PATRIMONIO CULTURAL

La palabra patrimonio, digamos jurídicamente, viene acompañando al hombre desde el mismo momento que éste decidió acumular bienes, derechos y obligaciones. Con cada muerte, y en algunos casos con cada herencia, comienza el trabajo de abogados y administradores para determinar la valía de aquello que físicamente es cuantificable, según las reglas del mercado. La gran pregunta surge cuando deseamos cuantificar, por ejemplo, lo que posee “valor sentimental”; comenzamos entonces a nadar en el mar de lo intangible.
Uno de los logros más trascendentales logrados por la humanidad en el siglo que recién pasó ha sido entender que el patrimonio está conformado no sólo por aquello que se debe o se cede, sino entender que un país posee lingotes, deuda externa y algo mucho más difícil de tasar: monumentos y pensamientos que a la larga habrán de constituir su “Patrimonio Cultural”. Un primer paso notable, lo dio la UNESCO el 16 de noviembre de 1972, en su Conferencia General, al decidir adoptar diez criterios para definir a lugares específicos como “Patrimonio de la Humanidad”, abarcando desde bosques hasta ciudades. Son los mismos criterios que hicieron que la ciudad de Coro y su puerto de La Vela sean considerados Patrimonio de la Humanidad, 466 años después de su fundación.
Definir a un bosque o a una ciudad como patrimonios de un país ya es un paso que denota una madurez importante, pero mucho más impresionante es decidir que valores intangibles como los culturales igualmente pueden ser parte de un patrimonio, un paso casi tan dramático como pensar que los libros que tenemos en casa poseen un valor intrínseco; no por el valor de una edición única de coleccionista, sino por el valor mismo de las ideas contenidas en ellos. Cabe preguntarse entonces: ¿Una receta o un ingrediente deben considerarse parte del patrimonio de un país?

PATRIMONIO CULTURAL GASTRONÓMICO
Podría pensarse que el ministro francés Robert Schuman, cuando en su discurso de 1950 iniciaba la búsqueda de una Europa unificada, sentó las bases para largas negociaciones en las que los temas territoriales y monetarios habrían de copar la totalidad de la escena. Pocos se imaginan, que la gran “piedra de tranca” de esas negociaciones resultó lograr ponerse de acuerdo en las condiciones agrarias comunes, al punto que decidir temas aparentemente banales, como por ejemplo: si los quesos comunitarios se iban a hacer con leche pasteurizada, terminaron por ser los más complicados. Este caso en particular fue famoso por convertirse en punto álgido debido a que implicaba la extinción de grandes quesos franceses.
El valor que le da la Comunidad Europea a su acervo gastronómico es tal, que el organismo que regula la Política Agraria Común (PAC), maneja el 45 % de todo el presupuesto de la comunidad. La enmienda ante situaciones como la de la leche de cabra no pasteurizada, resultó en una de las soluciones más hermosas que puedan concebirse: Algunos productos constituyen patrimonios culturales de ese país y por lo tanto su fórmula y la técnica de producción son intocables y deben ser protegidas para evitar su desaparición. A partir de ese momento, el mundo entendió ¡que un trozo de queso posee el mismo valor cultural que la torre Eiffel!.
El concepto de Patrimonio Gastronómico ha ido cobrando cada vez más relevancia, y en tiempos de globalización ha pasado a tener valores estratégicos y políticos evidentes. Países como Argentina han hecho sus listas y son muchos los congresos que se realizan cada año en el continente americano, para esbozar y sobre todo defender lo que cada quien considera su gran reserva intangible. A primera vista puede parecer jocoso que un país decida –por ejemplo- que una bebida como el Tequila es patrimonio de sus habitantes; deja de ser jocoso una vez que entendemos que la primera consecuencia de ello, es que más nadie allende las fronteras, puede llamar Tequila a una bebida aunque clone las condiciones, las técnicas y los ingredientes de su elaboración. Una vez que un producto gastronómico es considerado patrimonial, pasa a ser uno de los representantes más poderosos de ese país, en un mundo en el que “quien pega primero es quien gana”. Perú ha sido particularmente inteligente en ese aspecto al volver como suyos el Pisco y el Cebiche, por mucha discusión que deseen plantear chilenos y ecuatorianos respectivamente.

PATRIMONIO CULTURAL GASTRONÓMICO VENEZOLANO
En Venezuela, apenas comienza esta discusión gracias a iniciativas gestadas desde el Instituto de Patrimonio Cultural o a congresos como el recién finalizado “Encuentro para la promoción y difusión del patrimonio inmaterial” realizado en la Universidad Experimental de Yaracuy. Vemos inclusive iniciativas recientes en las que han sido nombrados patrimonio cultural íconos urbanos, como el vendedor de perros calientes de Altamira en Caracas; aún así estamos bastante lejos de definir una lista de patrimonios gastronómicos que sea aceptada por otros países, como paso previo para establecer las reglas de manufactura, denominaciones de origen y sobre todo leyes que apoyen su supervivencia. No podemos quedarnos con el hecho de sentir orgullo por poseer a una ciudad nombrada patrimonio por la UNESCO, porque de esa lista igualmente se sale si no se cuida el patrimonio nombrado. Igualmente no podemos conformarnos solamente con listar nuestro patrimonio gastronómico si no estamos dispuestos a preservarlo.

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