domingo, enero 14, 2007

HOMENAJE

El fetichismo hacia los objetos es algo que siempre resulta curioso por estar generalmente asociado a ciertos visos de irracionalidad, una buena manera de ejemplificarlo es notando la extraña relación afectiva que poseen los hombres hacia sus afeitadoras, considerándolas efectos personales que de ser usados por terceros habrán de quedar mancillados al punto de decidir su descarte, en contraposición con el hecho de considerar como válido el acto de compartir con la pareja un cepillo de dientes. Ejemplos como este pueden contarse por cientos, pero donde se vuelven notablemente comunes es en la cocina; templo del uso de la posesiva primera persona: mi vaso, mi lado de la mesa, mis ollas favoritas … mi cuchillo.

Los cocineros están tan íntimamente ligados a sus cuchillos, que la compra del primero termina por ser tremendamente definitoria en la profesión. El primer cuchillo que compran los cocineros es el “Chef” y siempre esa primera compra vendrá ligada al bolsillo de ese joven que compra el que puede y no “ese otro en el mostrador que me encantaría tener”. La adquisición del primer cuchillo definirá para siempre aspectos cruciales como el ancho de la hoja, el peso del mango y el largo del cuchillo, será justamente ese primer cuchillo el que nos habitúe a esos rasgos y el que nos haga los que con el tiempo habrán de ser callos ligados eternamente a nuestras manos. Con el pasar de los años seguramente compraremos cuchillos de marcas reconocidas y precios exorbitantes, pero las razones primigenias de escogencia estarán íntimamente ligadas a la impronta dejada por el primer amor, un mismo amor que nos hará mirar con desdén a los cuchillos que no se le parecen.

El primer signo de la relación entre un cocinero y su cuchillo comienza con el afilado y cuando éste se afila sin mirarlo, podemos hablar de un matrimonio que nace y una hermandad con códigos de reverencia samurai. Cada persona afilará sus cuchillos atacando la chaira con un ángulo diferente y con presión distinta, por ello los cocineros saben que dar en préstamo su instrumento no se diferencia en nada a cuando se cede una pluma fuente; en el primer caso nos regresarán un cuchillo que no corta y en el segundo una pluma que escribe de manera irregular. Comienza así un proceso de cábala fetichista cuyo punto cumbre solo puede ser notado por lo demás porque sólo ellos siguen pensando en el cuchillo como algo que corta, hace daño, es peligroso o hasta quita la vida. Para el cocinero el cuchillo no sólo es la vida, el cuchillo da vida y con su vaivén despierta de su letargo a los aromas dormidos. Con el tiempo crece unos 15 centímetros la extensión del brazo con que escribe un cocinero, pasa a ser natural señalar con el cuchillo, apuntar con él, caminar por calles atestadas con él … abrazarlo.

La especialización trae consigo los cuernos, casi pidiéndole perdón al primer “Chef” llega el duro momento de comprar otros cuchillos. Aparecen entonces nuevas querencias curvilíneas con los sugestivos nombres de puntilla, deshuesador o fileteador. Cada cuchillo que vamos acopiando posee una historia y un pasado. Así como el olor repentino de un baúl puede ser un gatillo evocador, el peso de un cuchillo tendrá adosado los recuerdos de su compra. Para un cocinero un cuchillo no es metal sino guisos recordados, idas a vitrina, papel de regalo, manos … sobre todo futuro.

Con los años un cocinero termina en medio de una fiel convivencia con una promiscua colección de al menos cincuenta cuchillos. Son muy pocos los cuchillos extraviados en el mundo y no conozco cocinero que confiese el descuido de perder uno. Cada cuchillo no sólo posee una misión técnica que justifique su existencia, sino también un tiempo. Hay cuchillos que hibernan meses a la espera de ser traslados al lugar en el que son útiles y otros reconocen en la apertura de una maleta la cercanía del trabajo.

Para el cocinero el cuchillo muchas veces es toga y birrete. Los cocineros transitan por la vida esperando la reciprocidad representada en el aplauso de aquel a quien admiran y ese aplauso – cuando llega – lo hace inmerso en códigos de silencio propios de un ritual de tauromaquia. Un día, con la excusa de un viaje o de un cumpleaños, nuestro Chef nos entrega un cuchillo envuelto en papel de regalo. Con cada pliego que deshojamos con parsimonia podemos oír los vítores de una sala imaginaria y repleta que celebra nuestra graduación, ¡ese día comenzamos a ser Chefs!.

Es igual para todos porque todos tenemos objetos a los que estamos apegados con nexos de idolatría y veneración. El escritor tal vez conserve un rollo que aun posee tinta roja o quizás conserve el teclado amarillento de su QX-10, el tenista la raqueta de madera y las pelotas que ya no rebotan, el locutor unos audífonos que hace años dan corriente y el médico un absurdo estetoscopio que de manera obstinada se empeña en entregar los decibeles de los latidos de ayer.

Hace 17 años tuve mi primer cuchillo y la prueba del celo y el cuidado está en un filo intacto y en una hoja que aun refleja. Hace rato dejé de ver ebonita, remaches y metal. Cuando en su lámina se refleja mi cara, le agradezco el pasado y sobre todo el que me permita atisbar mi futuro. ¡Vamos!, desempolve … le están esperando.