292 ATAQUE MEDIÁTICO

Para que un cocinero logre definir lo que otros llamarán su estilo, pasan muchos años. Primero deseamos repetir lo aprendido, vivir las influencias que nos marcan y nos llevan a imitar por admiración, arrojar nostalgias en platos producto de nuestras emigraciones, e inclusive, aceptar oportunidades de trabajo que nos llevan a tener que adaptarnos a un concepto de negocio. Son años de experiencia que, como en cualquier profesión, al cabo del tiempo se decantan en madurez. Lograr entender qué tipo de cosas queremos hacer profesionalmente, qué estilo deseamos perfeccionar, en qué filosofía de la cocina deseamos estar, es un proceso arduo. Uno que casi siempre viene acompañado de catalizadores, de instantes imprevistos, de momentos de inflexión que nos colocan en la ruta de la que ya no deseamos separarnos.

Cuando comencé en el mundo de la cocina lo hice bajo la tutela de un chef que estaba influenciado por el movimiento de cocina local con toques globales, imperante a finales de la década de los 80. Salí de allí para ser aprendiz de un cocinero francés, con el inasible estilo que tienen los franceses cuando les toca cocinar su cocina con la despensa tropical. Finalmente, llegó la soñada oportunidad para ser contratado como jefe de cocina de un restaurante que se inauguraba, y por un par de años cociné italiano, que era el estilo que imponía mi salario. Pasaron los años y llegó 1995. En ese momento me contrataron para dirigir la cocina de un restaurante de fusiones asiático-europeas. En los 5 años que estuve allí me hice conocido en el medio y me sentí particularmente cómodo. Seguramente la razón detrás de esa comodidad, la que pincelaba de coherencia mi propuesta de entonces, era el hecho de que fui criado en una casa de divorciados con madre de la India. Es decir, la cocina y la despensa venezolanas me fueron ajenas durante la infancia. Por el contrario, jengibre, soya, picante o curry, eran parte de mis memorias.

Como un hijo que desea separarse del padre, en el año 2000 pasé a dirigir un restaurante en donde volqué la madurez de 11 años de oficio, y en donde solo sabía que no quería seguir siendo el asiático del medio gastronómico local. Renegué de la soya, pero me encontré huérfano de estilo. Algo dentro de mi me pedía ser venezolano, pero yo no lo sabía aún.

En 2002 me llamó el canal de TV por cable El Gourmet y, como era natural, hice lo que sabía hacer. Platos medio franceses, medio italianos o medio asiáticos. En 2003 comenzaron a llegar los correos electrónicos y las entrevista de prensa. Comenzó el mi matrimonio con los medios. Mis coterráneos, más allá de mi propuesta gastronómica, expresaban su satisfacción porque un venezolano estuviese representando nuestro gentilicio en una pantalla de alcance global. Sin planteármelo, me encontré en el papel de embajador que suele tocarle a cualquier venezolano que cruza fronteras en el terreno mediático gracias a su oficio. Me sentía extraño. Algo no encajaba. Con cada felicitación de un venezolano que me llegaba vía medios o redes sociales, algo no encajaba. Con cada comentario en prensa extranjera sobre el cocinero venezolano de la televisión, algo no encajaba. Y un día entendí. Si quería seguir en televisión tenía que aceptar el rol de embajador; y de aceptarlo, tenía que ser coherente. En el 2003, luego de 14 años de ejercicio profesional, tomé la decisión. Si iba a ser cocinero venezolano tendría que estudiar hasta el último rincón de nuestra gastronomía, sus regiones, su despensa, técnicas populares, cultores, historia. Desde entonces lo hago con la fuerza de los conversos, de los evangelizados. Es un proceso que me ha llevado a entender lo que es claramente mi estilo, la ruta madura de la que no deseo separarme, la misión que me he planteado y la visión de futuro que añoro. La presión mediática obró sobre mi de una forma curiosa: Me volvió venezolano.

Traigo a colación una historia tan personal en esta columna, porque veo como a velocidad realmente vertiginosa en el último año se ha estado conformando un interesante movimiento de profesionales de la comunicación, que desean usar a la gastronomía como su fuente. No se trata de los clásicos (y necesarios) artículos de crónica de restaurantes y cocineros, o de la descripción de despensa y productos nuevos. Tampoco de la ya agotadora crítica cargada de ironía y sarcasmo que, salvo para inflar egos, poco ha contribuido. Hablo de artículos de opinión acerca de caminos. Escritos que plantean políticas de marca-país alrededor de la gastronomía. Críticas certeras que nos hacen enfocar visiones. Como en mi caso, cuando los medios deciden mostrarnos lo bonita que es nuestra gastronomía, nos convencemos de ello y queremos aprender. Y un día, sin ni siquiera darnos cuenta, somos embajadores con un ají dulce de pasaporte.

Comentarios

marisabel ha dicho que…
Que articulo bonito sumito, narras como te persivo un ser humano que le gusta lo que hace y lo disfruta
Keren Gabriela Cirilo ha dicho que…
tal como un converso predica y hace que la gente se convenza y comience a creer... así me has convencido!! Hasta quiero cocinar!!
DAVID JORGE ACOPA ha dicho que…
MUY CIERTO SU ARTICULO CHEF, ES PRACTICAMENTE EL PROCESO DE ESTUDIANTE-COCINERO

Entradas populares de este blog

¡AL FÍN COCINA PARA NIÑOS EN ICC!

RESISTIR: MI CARTA A LENA YAU

Mi conferencia en Rimini (Agosto 2017)