REGATEO A LA VENEZOLANA

Tanto en el Medio Oriente como en el continente asiático, uno de los aspectos culturales cotidianos que más excluyen a los extranjeros de la posibilidad de integrarse socialmente, es el difícil arte del regateo. La impresión inicial que tiene un turista es que se trata de un burdo juego diseñado para sacarle el dinero. Sencillamente, no hay manera de entender cómo es posible, que el precio inicial de un souvenir pueda llegar a ser hasta 200 veces más costoso de lo que a la postre resulta el precio final de la transacción. La actitud inicial de los turistas es literalmente paranoica. No creen en el precio de ningún producto ofertado y andan desesperados tras la búsqueda de una etiqueta con código de barra o al menos P.V.P que los acerque al mundo de los puertos seguros; conscientes de que en todos los casos obtendrán algo más costoso si lo comparan con el mismo producto obtenido luego de regatear.

Con el tiempo, nuestro personaje occidental empieza a notar con asombro que el proceso de regateo no es exclusivo para turistas sino es parte de la cotidianidad del país. Con mirada acuciosa ve las caras enseriadas de los locales mientras regatean el precio de un chutney de mango en medio de una dialéctica que evidentemente tiene milenios, que se aprende desde la infancia y que está cargada de códigos culturales inasibles para nuestro arrogante turista que pretende en quince días manejarse con experticia en el mundo de las transacciones callejeras de Asia. Regatear no es ganar ni perder, regatear es un arte. De hecho, entender el entramado de códigos detrás del mundo de las transacciones, es lo último que logramos aprender de una cultura extranjera.

Los venezolanos somos pocos dados al regateo. No me imagino entrar a un centro comercial a preguntar por el precio de la batería de un celular y tener que entrecerrar luego los ojos con complicidad para decir “¡Te doy tanto!” Aún así, poseemos sutiles formas de regateo que en nuestro caso son o bien guiños o bien consecuencia de actos de amor. En la categoría de guiño colocaría al de las cosas usadas que son muy costosas. Si por ejemplo, usted ve un anuncio de prensa indicando que un auto usado está siendo vendido por 15.200 Bs. F, negociables; queda tácito entre vendedor y comprador desde el mismo primer instante el monto exacto que realmente espera quien vende. Esos 200 sobrantes, más que una excusa de regateo pasan a ser un juego a la venezolana.

Hay, por otro lado, tres formas de regateo íntimamente ligadas al afecto entre vendedor y comprador. El primer caso, el más complejo por sus implicaciones, es cuando le compramos a familiares o amigos. A un amigo siempre le diremos “¿Y para los panas en cuanto queda?” En esos casos las cifras variarán en múltiplos de 5 % hasta alcanzar un 15 % que se sobreentiende como el umbral del abuso, así como se entiende que 0 % es un cisma afectivo.

Otra forma es cuando nos acercamos a pedir “fiao”. El fiao posee dos virtudes afectivas muy poderosas. Por un lado, implica una transacción en la que no se exigen garantías de ningún tipo y en donde sólo es hipotecada la moralidad del receptor. Por otro lado, implica un sentido de pertenencia social profundo porque es directamente dependiente de rutinas prolongadas. Le pedimos fiao un periódico a la pregonera que siempre nos espera en la esquina del semáforo, le pedimos fiao al bodeguero que vio crecer a nuestros niños e inclusive al médico de cabecera que llamamos de emergencia. Presiento que un momento clave en la relación de dos personas se da, cuando por primera vez pedimos fiao. Es un instante halagador por igual, tanto para quien se atreve como para quien tiene algo que dar ¿Recuerda usted la primera vez en que le dijo “mañana seguro te lo pago”, a esa persona que para entonces pintaba ser un posible buen amigo?

Finalmente existe una forma de regatear que cobra protagonismo cuando de comida se trata: la ñapa. Así como podríamos confundir en el caso de Asia, regateo por estafa; perfectamente un extranjero podría pensar que nuestra maña de pedir un licorcito por la casa después de llegar la cuenta o de pedir un chicharrón para el camino después de pesado el kilo exacto, son vivezas para engrosar el anecdotario latinoamericano. La ñapa es uno de los códigos más complejos de regateo de nuestra cultura. Es un acto en el que el comensal obtiene la tranquilidad de saberse en un lugar en donde su satisfacción es primordial y para el dueño del restaurante o el vendedor de chicharrón es la confirmación de que el cliente está totalmente a gusto y no desea salir huyendo cuanto antes. La ñapa corrobora.

Fiao, ñapa, negociable, pa´ los panas … cuatro maneras de entender el cariño que nos tenemos.



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