Chile 1

EL HOMBRE

Invitado por la casa Concha y Toro he podido ver, sentir, sobre todo oler; a un Chile que embriaga con aromas de tierra, hombre y mujer. Este es el país de las autopistas que cobran peaje por Internet cuando vas camino al centenario mercado central cargado de cuanta cosa escupe el mar, un país que tiene vendedores de verduras que saben de cocina y cocinan, un país recargado de los códigos de esa esfera lejana llamada primer mundo pero por sobre todas las cosas es un país atestado de hombres y mujeres que tienen tatuadas de violeta sus manos de tanto estrujar uvas y de tanto amar la tierra. Santiago de Chile ha crecido de manera estremecedora al punto de albergar en este momento el 40 % de la población total del país, ello ha hecho que cada metro cuadrado de tierra de lo que alguna vez fue su periferia esté pasando a valer en cifras que le harían agua la boca al más flemático de los poseedores; la ciudad se ha ido comiendo las afueras y ya colinda de tu a tu con viñedos y valles emblemáticos de su industria vitivinícola, aun así oí al enólogo Enrique Tirado decir “ni por varios millones de dólares vendemos éstas pocas hectáreas porque sólo acá es que le gusta al Cabernet Sauvignon que usamos para el vino Don Melchor”. Unos ven centros comerciales y otros ven vida, los primeros ni siquiera atinan a entender como es que el enólogo Ignacio Recabarren genera a su paso un camino de silencio mientras camina entre un grupo de societés reverentes, pertenecientes al Círculo de Periodistas Gastronómicos de Chile. Habla poco y maravilloso, se disculpa luego de esgrimir como excusa que lo esperan unas uvas que deben estar listas ese día y se despide … no sin antes deslizar una de sus tarjetas de presentación: Ignacio Recabarren, Hacedor de Vinos.

Tierras benditas existen en todas partes en la medida que exista el tino de sembrar en ellas, lo que ellas piden. He tratado varias veces de entender y luego de explicar el concepto eno-gastronómico de Terroir como una forma de percibir la triada esencial de suelo, clima y siembra de lo coherente; pero sólo cabalgando las pasiones de los hacedores es que uno termina de comprender que terroir es un concepto que deja de ser impreciso si se carga de adjetivos posesivos antes de los sustantivos: su uva, nuestra tierra y nuestro clima, mi vino.

Terroir no se construye con empleados sino con hombres y mujeres con sentido de partencia, con gente que pasa en vela la noche porque es posible una helada, que de llegar los encontrará sentados en helicópteros para darles aire caliente, con gente que coloca un rosal frente a cada línea de parras para revisarlas cada mañana y asegurarse que están sanas porque ellas avisan primero si se acercan enfermedades. Aquí a la tierra se le mima.

“Max ¿cuál es tu vino preferido?”, pregunto. “El Pinot Sumito porque es el que me ha dado más trabajo”. Hombre, niño que crece, orgullo … en fin, historia del próximo fin de semana.







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