HESTIA

Dos dioses inmortales del Olimpo son, de acuerdo a la mitología griega, los responsables de la relación que poseemos con el fuego: Prometeo y Hestia. El primero, considerado protector de la civilización humana, tuvo el descaro de robarle al mismo Zeus el secreto del fuego para entregárselo a los hombres, sellando así una enemistad de trágicas consecuencias. Hestia en cambio, siempre mantuvo una relación armoniosa con su poderoso hermano Zeus y por ello la premió con el honor de poseer para siempre un lugar en el medio de todos los hogares. Desde entonces, la diosa virgen hija de Cronos, dejó de poseer una representación física y pasó a ser llama eternamente encendida en cada hogar. Fue la costumbre tanto en Grecia como en la Roma antigua (en donde se veneró como la diosa Vesta) que a la hora de constituir un nuevo hogar o de fundar una nueva colonia, el primer fuego se encendiera con fuego de la llama de la casa materna o de la ciudad fundadora, como símbolo claro de continuidad, conciencia compartida y sobre todo de identidad común. Hestia, como diosa del hogar, ha pasado ha ser uno de los arquetipos preferidos por quiénes desean entender la relación de las mujeres con su entorno. A propósito de ello basaremos una parte importante de los comentarios de este artículo en lo escrito por la psiquiatra Jean Shinoda Bolen, en su espléndido libro Las diosas de cada mujer.

Independientemente del arquetipo psicológico que pretenda endosársele, Hestia posee buena parte de las virtudes de quienes cocinan desde el alma misma. Cuando es partícipe de su oficio, quien mantiene el fuego no siente que invierte tiempo en ello y entra en lo que los griegos llamaban el tiempo Kairós o participación en el tiempo, desde la retaguardia, sin sacar cuentas. Los grandes cocineros con los que me he topado (entre ellos una parte importante de las mujeres de mi familia) tienen la característica de no sentir a los actos repetitivos típicos de la cocina como cargas, sino como oportunidades de sosiego y contemplación. Por el contrario, quien no posee un arquetipo hestiano evitará el acto cotidiano en pos inalcanzable de originalidad y uso eficiente del tiempo.

En un mundo en el que la pertinencia de preservar y sobre todo transmitir el legado cultural de los pueblos, cobra un sentido dramático como mecanismo de contención ante la feroz avanzada global cargada de tecnología y novedad; el estudio de lo que representa la diosa Hestia, que al volverse una misma con el fuego termina por vincular familias con familias y pueblos con pueblos, pasa a ser un arquetipo que de manera natural le devuelve a la cocina su indudable carácter femenino. Citando textualmente a la autora: "Cuando se olvidan y dejan de honrarse los valores femeninos hestianos se pierde la importancia del santuario interno. Por añadidura desaparece el sentido de la relación subyacente con los demás, al igual que la necesidad para los ciudadanos de un país de estar unidos por un vínculo espiritual común".

Hestia es la mayor de las tres diosas vírgenes, de lo que en el árbol genealógico de la mitología griega se conoce como la primera generación de dioses del Olimpo. Sus hermanas Artemisa y Atenea, fueron grandes exploradoras orientadas hacia lo externo tras la búsqueda permanente de objetivos, mientras ella permanecía anónima contenida dentro del hogar. En tiempos de exploración y novedad, el arquetipo de Hestia representa un conjunto conservador, poco atractivo, si se resume de manera reduccionista como el de un ama de casa esclavizada. Ser conservador no necesariamente es imponer o negarse a cambiar. Ser conservador es la representación de los fuegos que se mantienen eternamente prendidos para sustentarnos.

La angustia que muchos venimos sintiendo ante el giro reciente que ha tenido nuestro oficio, queda clara cuando la autora presenta la relación de primacía de la lógica (representada por Apolo), una vez que toca a Hestia, como aquella que invalida lo que no puede expresarse en palabras salvo que se apoye en pruebas. Escribe entonces: "Cuando se permite al escepticismo masculino científico penetrar la experiencia espiritual…, la invasión viola invariablemente el sentido de incolumidad y de sentido de la mujer." Quizás ha llegado el momento de visitar la casa de nuestras madres y traernos un poco de su fuego a las nuestras y a la hora de sentarnos a su alrededor, recordar lo que comíamos de niños y sentir que es llama viva que debe mantenerse hasta que nos toque entregarla.

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