LOS AMORES Y EL VINO

Revelo un secreto celosamente guardado: Cuando a los cocineros les piden una recomendación de vino, sienten frío. Logran evolucionar con los años pero el miedo subyace; quizás con el mismo grado de aprehensión torpemente disimulada de un adolescente virgen cuando debe recorrer los primeros senderos del cortejo. Incapaces de entender las sutilezas, al comienzo siempre recomendamos el vino más caro, así como llevamos a nuestra pareja al restaurante más costoso que pueda aguantar nuestro bolsillo. Con los años entendemos que es cuestión de entrenarse. El adolescente se ha mantenido atento a la información especializada que lo rodea y cree poder entender las palabras “Kama Sutra”, sin estar del todo seguro si se trata de la capital de un país exótico. El cocinero les dice a sus clientes conceptos difusos y lejanos, de su boca salen en trance palabras como grosella o regaliz, sin tener muy claro de cual de las regiones con Appellation d'Origine Contrôlée de Francia está hablando ¡Divina confusión! Pasan los años y sutilmente se va solapando un lenguaje propio, los cuellos ahora huelen a níspero y los vinos a banano. En el caso de los cocineros arranca un período inocente pero hermoso. Si el vino tiene “aromas secundarios de parchita” entonces ¡debe ser bueno con un plato que tenga salsa de parchita!; es el mismo período en el que sentimos que para ser uno, debemos ser igual a ella. Ya lo escribió Milanés: “A todo dices que si, a nada digo que no…” El aburrimiento será inevitable, pero gracias a esta etapa entendemos por primera vez, a modo de revelación, que estamos ante un juego de dos, que si vamos vestidos con etiqueta diferente a una fiesta nos notarán por disonantes, que un vino mal escogido daña el peor de los bocados.

Quizás el tedio lleva a la necesidad de individualizarse. Con ello nace un período terrible en el que los cocineros batallan contra el vino y sólo consideran ganada la guerra si sus creaciones poseen la virtud de opacar al caldo fermentado. El recuerdo final en la boca no es maluco porque es el recuerdo de la comida, pero es una victoria ganada a costa de la destrucción del vino. Ese día él le dice a ella “te amo pero me ahogas, te amo pero debes respetar mis espacios”. Algunos quedan deambulando en el limbo de este círculo infernal; otros se dan cuenta que están a punto de perder. De perderla.

Un día bendito, la vida nos permite entender la gloria que da la concordia de las individualidades. Ese día el sorbo de vino es rico. Ese día el bocado es rico. Pero ese día sorbo con bocado es sublime. Ya no importan conceptos rebuscados y la vergüenza es virtud. Una piedra vale más que un collar de oro y su cuello huele a níspero cuando se besa. Ese día es bocado, sorbo, pausa. Bocado, sorbo, pausa. El aroma de banano va bien con chocolate. Los enólogos lo llaman maridaje y los psicólogos madurez. Allá ellos con sus conceptos. En la atmósfera resuenan las palabras de Serrat: “De vez en cuando la vida afina con el pincel, se nos eriza la piel y faltan palabras…”

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Tremendo articulo! Y lo que mas me cautivo fue esta frase: ''Un vino mal escogido daña el peor de los bocados''

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