LOS CINCO SENTIDOS DE PUERTO CABELLO

No conocía a Puerto Cabello más allá de las furtivas pasadas por la zona del Palito y la pintoresca competencia a viva voz que establecen las vendedoras de empanadas a la caza de clientes, seducción que debe ser retribuida con un poco de amague que le ponga picante al regateo. Lo siguiente es una crónica de viaje que me deja cargado de preguntas, una vez culminados cuatro días en la Posada Santa Margarita: sin duda una de las más hermosas que he visitado en periplos de familia y descubrimientos.

EL TACTO: La piel está presente en cada esquina del puerto, se siente con cada roce de aire de mar que abraza con algo de untuosidad. Hay algo extraño con ese aire: no es urticante, no es agresivo. La piel estuvo presente todo el tiempo, gracias a cientos de manos que estrechaban con tono agradecido. Manos de miembros de la naval y guardias desplegados como nodrizas en un impresionante despliegue de seguridad. Manos de posaderos y pobladores que comulgan juntos casi con fanatismo, buscando la satisfacción de turistas: una hueste civil que ilumina con su bolsillo calles oscuras, limpia aceras y muestra con esmero cada recodo invisible entre las islas. Manos como la de Juan, el capitán de la lancha, que nos ofreció pizza en alta mar. El tacto en Puerto Cabello es maternal.

GUSTO: La Posada Santa Margarita es un reducto colonial al que se accede gracias a un “boca a boca” que va creciendo con una fórmula logarítmica adosada. En ella, cada noche, “Chicho” cocina un menú que se vuelve adictivo. Frente al malecón hay varios restaurantes en donde el esmero de los mesoneros entra en contradicción con las expectativas, las camigüanas fritas rebosan mi plato; ante ellas notamos que hace tiempo desapareció esa maravilla nuestra de las mesas playeras. Juan es el capitán y guía de una lancha que lleva desde la marina a las islas a quienes desean bucear, Juan es una institución que tiene un ritual. Cuando el cansancio vespertino acusa recibo, siempre saca trozos de pizza que diligentemente a puesto a calentar al sol y se los va pasando a cada nadador, luego comienza a repartir trozos de piña fresca con picarona amenaza: “No te voy a decir mi fórmula, pero ésta es la mejor piña que habrás de probar”. Al tercer día, todos esperamos la piña de Juan.

VISTA: La tres calles que forman la zona colonial de Puerto Cabello, así como, el malecón paralelo, constituyen uno de los conjuntos más hermosos de los que haya sido testigo en Venezuela. Un pequeño ejército comandado por los posaderos se ha encargado de restaurar y decorar cada casa con un celo que produce envidia. Ver a todo lo largo de las calles Bolívar y Lanceros cuando el sol del atardecer tiñe de rojo los multicolores y vivos colores de las fachadas, corta la respiración. Sentir a lo lejos el caminar pausado de los pobladores por un malecón bastante cuidado es contagioso. La única vez que he sido testigo de algo parecido fue en la costa de la Liguria italiana…. Pero aquí estamos hablando de potencial, quedan dos sentidos para recordarnos la gran contradicción de nuestro país: el horror sabe convivir y compartir los espacios.

OLFATO: El olor de Puerto Cabello es ofensivo y sólo puedo imaginarme algo parecido releyendo las primeras páginas del “Perfume” escrito por Süskind. Las calles Bolívar y Lanceros son literalmente los baños públicos de la zona. Nunca había visto tal cantidad de desechos humanos juntos y menos adosados a la pared de la iglesia. La entrada de la oficina de correos es la preferida de quienes orinan y no peco de exagerado si calculo varios litros empozados en su frente. Ese olor acre se multiplica cuando el sol se muestra feroz y apenas amaina cuando los desesperados posaderos y comerciantes se abocan a tareas de limpieza que obviamente no les competen. En la noche el olor a creolina irónicamente se trasmuta en perfume y la mañana es testigo de un ciclo infernal.

OÍDO: El malecón es hermoso y desde él la vista embriaga. Hay buhoneros y vendedores de comida que tropicalizan nuestra visión del paseo y a ratos provoca comprar bisutería… también están los que venden Cd’s ilegales, ¡son tantos! Cada uno de ellos tiene cornetas dignas de un estadio y como machos se gritan unos a otros con decibeles que nunca lograrán imponerse. Han organizado también en la plaza una enorme tarima para los bailes de carnaval, es maravilloso ver a tal cantidad de personas teniendo el derecho al disfrute de sus orquestas preferidas. Temprano en la mañana uno de los organizadores con camisa de organismo dormita en una hamaca debajo de la tarima, quizás cuidando los equipos de sonido. Cuando pasamos, se incorpora para estar más cómodo al momento de espetarle cien mil vulgaridades a mi niña de trece años. En Puerto Cabello, el sonido ofende.

NO ENTIENDO: Simplemente no puedo, no logro entender. ¿En qué momento la ley abandonó a la gente de Puerto Cabello? Menos logro entender las razones. Venezuela está llena de personas que trabajan duro por retomar sus espacios urbanos. Apenas ven un resquicio lo aprovechan, tal como hoy puede verse en el boulevard de Sabana Grande de Caracas, en donde las rejas de metal ceden sus puestos nuevamente a vitrinas acomodadas con esmero. Dudo que haya alguien que no sueñe con calles iluminadas, calles limpias, calles llenas del bullicio de sus pobladores y de sus palabras amables. Mentí, Puerto Cabello no es como la costa de la Liguria italiana o como muchos espacios urbanos de nuestro continente … pero podría ser.

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