371 SOBRE LÁGRIMAS Y FLORES

I
Cuando el domingo 25 de Mayo de 2014 el presidente del jurado leyó su nombre, el señor Pablo Squeos notó con sorpresa que su cuerpo lo traicionaba aguándole los ojos. Logró contener las lágrimas pero con las cuerdas vocales si no pudo hacer nada. Su voz quebrada, dulcemente quebrada, agradecía. Un recio hombre margariteño descubría que, sin saberlo, siempre había esperado que alguien reconociera el esfuerzo de una familia que desde hace casi 40 años maneja la pizzería El Paseo en el Paseo Guaragüao de Porlamar, en la Isla de Margarita. Terminaba la jornada a calle llena de la primera feria del sapo bocón (un pescado familia del rape muy popular entre los pescadores de la Isla), y su ají dulce rebosado, relleno de guiso de sapo bocón, había seducido irremediablemente a un jurado asombrado.

II
Un niño, que no llega a los doce años, camina por la calle Lárez de La Asunción con un enorme ramo de flores en la mano. Su sonrisa contagia. Es un niño feliz, de bermudas de bluejean y zapatos de goma keds, que no tiene vergüenza de andar con su frondoso ramo rojo de bastón de caballero, acompañando a su Mamá que atrás va, más sonriente aún, con una torta. Es 2012 y van camino al concurso de la Primera Feria del pan de año. Ella con su torta de concurso. Él preparado para decorar el mesón de su Mamá.

III
Varias veces he escrito sobre el grupo “Margarita Gastronómica” y la increíble labor de difusión de las tradiciones gastronómicas del estado Nueva Esparta que viene realizando desde el año 2012, pero lo más notable de la influencia de este colectivo cultural está simbolizado en las lágrimas de ese Pablo y en la sonrisa de un niño que lleva flores por la calle. “Margarita Gastronómica” está volviéndose un megáfono que muestra un mundo poético que siempre ha estado allí y lo que es más importante, sin proponérselo está dejando una siembra que comienza a florecer de festival en festival.

Antes de la aparición del colectivo cultural, en la Isla de Margarita ya existían algunos festivales gastronómicos de importancia organizados por las comunidades. El Festival del bagre cuinche, el de la empanada o el del erizo son de vieja data, y claramente como sistemas de organización popular son la génesis de las ideas que posteriormente han surgido. Lo novedoso de “Margarita Gastronómica” es que desde 2012 han convencido a las Alcaldías (con excelente recepción, menester decirlo) para que se involucren. Todo inició con los festivales del mejillón en La Guardia y el del pan de año (Artocarpus altilis) en La Asunción; y a partir de ese momento se ha dado una sucesión de festivales a lo largo de toda la Isla de Margarita, así como en la Isla de Coche. En los cinco meses  que van de año ya se han realizado los Festivales de sapo bocón, empanada, cuinche, vieira cochense y fosforera. Para lo que resta del año se avecinan los Festivales de pan de año, mejillón, pulpo, chivo, malacho (un pescado), erizo y frutos del mar ¡12 festivales en un año!

Todos los festivales son de calle, organizados por concejos comunales y alcaldías y con el apoyo de asesoría organizativa y promoción de “Margarita Gastronómica”. Son masivos en concurrencia, transversales (siempre vienen acompañados de cantos, bailes y ferias de artesanía) y profundamente inclusivos en participación porque allí concursan escuelas de cocina, cocineros y cocineras populares de vieja data y vecinos con genialidades anónimas.

Muchísimos de ellos nacieron en estos últimos tres años (chivo, pan de año, mejillón, reactivación del de la empanada, fosforera y sapo bocón) y lo que es más interesante, aquellos nacidos antes de este 2014 que corre, ya han tenido segundas y terceras ediciones y todas las alcaldías se han acercado al grupo para pedir asesoría. Esto apenas comienza.

Más allá de las perspectivas evidentes para el turismo neoespartano que podría tener un calendario anual de doce o más festivales gastronómico-culturales, el nacimiento de este fenómeno está convirtiéndose en un repositorio documental de un saber inmenso asentado en fogones populares, en una forma de que las mismas comunidades aprendan a premiarse por lo que hace ratos debieron ser premiadas por otros y en un aliado importante en la búsqueda de ese grial que es la diversidad cultural como columna vertebral de una nación.

Un mundo en donde los hombres no tengan miedo de llorar y en que los niños crean en cargar flores, ese es el mundo que entre todos iremos construyendo.

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