ELLOS NO ESTÁN DE MODA

Cuando llega el momento de discutir acerca del servicio, un escalofrío recorre la médula tanto de comensales, como de dueños de restaurantes. Llegado el momento de clasificarlo, solemos simplificar con fiereza que el nuestro es endémicamente malo y para formalizar el argumento apelamos a comparaciones basadas en atenciones recibidas en otras latitudes. No negaremos que se necesita avanzar mucho en todo lo que se refiere a la “atención al público” pero es bastante importante entender que se trata de un tema muy complejo, cuyos vericuetos y soluciones están detrás de tres palabras claves: disposición, actitud y profesionalización.

Creer que los venezolanos fuimos castigados con un gen que nos vuelve patológicamente adversos a servir, es una tontería. Decir “a los venezolanos no nos gusta servir” es simplemente un ladrillo más en el muro de falta de amor propio que como nación levantamos cada día. Basta con preguntarle una dirección a un quiosquero, ser atendido en cualquiera de las miles de posadas de este país o disfrutar la cháchara interminable de una cocinera en un mercado de costa, para que quede claro de inmediato que poseemos una disposición natural hacia el servicio. Es ese amor natural hacia el prójimo, el que luego de ausencias, nos hace volver tras la búsqueda del eufemismo que todo lo resume: calor venezolano.

¿Por qué entonces nuestra insatisfacción una vez atendidos en los restaurantes de las principales ciudades de Venezuela? (nunca pensamos en ello si estamos a orilla de playa), es allí en donde entra la actitud. La relación comensal-mesonero está basada en un perverso círculo vicioso de agresiones. Frases repetidamente oídas como “Si no han visto educación en su casa ¿qué se puede esperar de esta gente?” esconden taras profundas en nuestra sociedad. Podemos explicarle a un mesonero que es importante decir buenos días, pero meses sintiéndose servidumbre terminarán por convertir a su sonrisa y a su “buenos días” en una daga. Hay dos grandes mentiras en este país: que comemos muchos granos y que tratamos bien a quienes nos sirven. De vez en cuando alguien da el primer paso, sin pensar que tuerce el brazo, sonríe ¡y todo cambia!

De nada sirven una disposición innata y cambios de actitud si colectivamente no entendemos que para lograr un servicio óptimo en los restaurantes será necesario profesionalizar el oficio de los mesoneros. La calidad que nuestras expectativas exigen sólo se logrará si por cada escuela de cocina tenemos una de servicio (no existe ni siquiera una en nuestro país), si por cada beca o pasantía que un dueño de restaurante le da a su cocinero estrella, un mesonero también está alistando su pasaporte. En Venezuela los cocineros han recorrido un camino importante en la última década, camino que queda evidenciado cuando vemos a padres literalmente empujando a sus hijos para que estudien cocina. Ser mesonero no esta de moda. Ser mesonero no se escoge, ni es forma permanente de vida. Mientras así sea, quejarse será sinónimo de no actuar.

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