LA PLAGA

Taciturno, atontado ante el rítmico pasar de maletas posadas sobre la correa del aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile, un pasajero de manera teatral finge tranquilidad ante la presencia de un perro que le olisquea la maleta. El animal realiza su labor policial con destreza mecánica. Es un perro único, busca comida.

¿Es realmente necesaria semejante paranoia por parte de los funcionarios de sanidad del angosto país? ¿Realmente una inocente semilla de ají dulce o un mango de bocado podrían descalabrar el ecosistema de Chile? Para entender lo poderosa que puede ser una especie vegetal en su implacable afán colonizador, adentrémonos en los vericuetos de una agresiva historia de invasión que comenzó en el siglo XV y que para mediados del siglo siguiente ya había cambiado inclusive los patrones gastronómicos del mundo entero; aseveración de por sí dramática si entendemos que en lo que refiere a cultura gastronómica, los pueblos son bastante renuentes al cambio: las omnipresentes piña y aguacate tardaron bastante en popularizarse en Europa, por ejemplo.

Está por culminar el siglo XV y Colón lleva a Europa unas pocas semillas de una curiosa planta ornamental de apariencia venenosa, consumida por los indígenas de América en cantidades muy limitadas. Apenas treinta años después del descubrimiento de nuestro continente, los portugueses han cometido el mismo error al plantarla en Goa, su preciada posesión de la India. La planta no alimenta y lo que es peor, es capaz de crecer en casi cualquier condición climática y prácticamente a cualquier latitud: Los europeos han llevado a Europa y Asia (sin sospechar las consecuencias) una plaga implacable que desde el sur va tiñendo de tonos multicolores el resto de los dos continentes. El fruto de la planta, aunque urticante cuando se engulle en exceso (concentrados de ella se usan en la industria militar), termina por ser una muy democrática especia que todo el mundo puede costear y su propagación tan inevitable, que los muy adinerados monopolios del comercio de especias no pueden hacer nada para evitarlo. Su popularidad crece exponencialmente gracias a el hecho de que su presencia en una olla posee la propiedad adictiva de darle vida a las comidas de los pobres, ollas hasta entonces excluidas de lujos como la pimienta o el clavo de olor. Citando la cocinera de la India Madhur Jaffrey cuando se refiere a la planta: “Es una conquistadora … mejor dicho, una seductora”.

A comienzos del siglo XVI Colón y Magallanes de manera inconsciente y temeraria llevaban como polizón a esta planta. La falta de perros o de funcionarios de sanidad en las fronteras de entonces, permitió que sus semillas cayeran sobre tierras ajenas. Apenas cincuenta años después no quedaba rincón del planeta sin su presencia. Se iniciaba la era del ají picante para el mundo. Hoy cualquier asiático contestará sin dudar que los Chiles han sido parte de ellos desde siempre, sin imaginarse siquiera que hace apenas 400 años su comida era sosa, triste.

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