lunes, julio 31, 2006

ESOS PEQUEÑOS PASOS


A cada uno de los pasos de José Antonio Delgado

Vengo de una familia en la que se nos amamantó con ciencia,  soy hijo de un padre más “cuentero” que yo, por lo que crecí rodeado de las anécdotas de físicos del pasado que “perdieron el tiempo” en cálculos teóricos de apariencia inútil, sin que ellos mismos supiesen que décadas después iban a servir para algo. Ante una pregunta de uno de sus pragmáticos colegas, contestaría con ironía el físico inglés del siglo XIX, Michael Faraday: “para que sirve un niño recién nacido”, dejando claro que no existe paso inútil.

Creo profundamente en la ciencia y en la tecnología, su hermana obrera, por ser herramientas para empujar un muro alto que nunca nos dejará observar por completo la desfachatez del otro lado, pero que a pasos cortos nos permiten descubrir -cada vez- unos centímetros de “lo que hay más allá”. Si hay una conquista en la que cada pequeño paso ha permitido ver un mundo, es la conquista del hombre por el alimento.

Cada tecnología por muy antigua que sea está reservada para especialistas, pero tenemos la tendencia a creer que es un fenómeno “moderno” porque los simples mortales como usted o como yo no sabemos hacer cohetes o computadoras en nuestras casas. El caso es que tampoco sabemos hacer fuego, ni una vasija de barro que funcione, si nos ponen en la vega de un río con el barro y la leña enfrente. Burlarse de una tecnología nueva es tan temerario como burlarse del primer hombre que inventó el horno con termostato para regular la temperatura que históricamente fue salvaje.“¿Para qué, si por miles de años hemos horneado bien en nuestros hornos de leña?”, seguramente le dijeron. ¡Ay del soufflé o de la torta de chocolate de mi abuela de no haber existido ese poeta!.

El primer gran logro tecnológico del hombre asociado a su necesidad de alimentarse fue mantener vivo el fuego y posteriormente generarlo. Esa gesta quedó muy bellamente plasmada en la película sin diálogos de 1981: “La Guerra del Fuego” del director francés Jean-Jacques Annaud, que muestra como la supervivencia dependía del hecho de mantener una llama eterna que aún no sabíamos crear y que posiblemente obteníamos por la casualidad de un rayo. Una vez que el dios Prometeo robó el fuego y se lo dio como regalo al hombre a costa del peor de los castigos para él, dimos ese primer paso que nos llevaría a ver lo que hasta entonces no existía.

Esas piedras inútiles llamadas papas, de repente eran comestibles y asar se convertiría en nuestra primera técnica de cocción.

Luego el hombre dominó la tecnología para domar al cuero y al barro. Posiblemente cuando el primero de ellos horneó barro o hizo una bolsa de cuero, le preguntaron burlonamente “¿para qué?”. Pero después de esos “para qué” vendrían las vasijas de barro y el transporte del agua. Dimos un segundo paso que empujaría el muro y vimos lo que hasta entonces no existía.

Esas piedras inútiles llamadas caraotas de repente eran comestibles y hervir se convertiría en nuestra segunda técnica de cocción.

Así, aprendimos a hornear y a hacer pan y cuando finalmente entendimos al metal no sólo hicimos armas sinowokspermitiendo ahorrar leña donde escaseaba. Hubo un primero que se decidió a guardar y con ello sentó las bases de la conservación de los alimentos y cientos de años después del supermercado. Hubo también un primero que refinó azúcar y con ello sin saberlo sentó las bases de la gula.

Asar, hervir, hornear, freír o cocinar con microondas unas cotufas no son técnicas que hayan existido desde siempre. Son tecnologías que hemos peleado con paciencia y que seguramente se han enfrentado a la renuencia de los extremismos o a los miedos al cambio, pero cada vez que las hemos depurado se nos ha abierto un mundo de cosas invisibles. Tan invisibles como una papa o un maíz en su tiempo.

Muchas veces me descubro pensando que allá afuera hay miles de cosas incomestibles que veo cada mañana a la espera de una tecnología nueva que las descubra en su esplendor de olores y sabores.

Tenemos la tendencia a creer que lo que existe siempre existió y se nos olvida que hace apenas sesenta años eran contadas las personas que poseían nevera en Venezuela, tal  como lo describe Aquiles Nazoa en un poema en el quecuenta que la gente las colocaba en la sala para que los vecinos las vieran a través de las ventanas.

El vino ahora es mejor, gracias a nuestra capacidad tecnológica para mantener las condiciones que ese ser vivo amerita, queriendo decir con ello que a veces la tecnología llega a generar cambios notables en el ámbito gastronómico tal como también sucedió con la llegada de los aparatos eléctricos, lo que me ejemplificó de manera dramática el Chef Pierre Blanchard cuando le pregunté “¿Cómo hacían las terrines y los patés los franceses cuando no existían procesadores de alimentos?” … -Se hacían pero eran una porquería-, me contestó.

Pero así como el vino es mejor ahora que antes según quienes han tenido la suerte de comparar, un cabrito horneado en horno de leña es insuperable. “Cocinero se hace, asador se nace” diría Brilliant Savarin, el gran gastrónomo francés del siglo XVIII.

No creo ni en renegar del pasado ni en renegar del futuro porque en ambos casos está uno ante una guerra perdida … nuestros pequeños pasos, a fuerza de muchos terminan por imponerse y la huellas que dejan aunque sean borradas por la ventisca, quedan para siempre.

sumito@sumitoestevez.com

domingo, julio 30, 2006

¡Kakao Margarita!

Cada día de este año me he levantado diciendo que ya no inventaremos nada nuevo, pero la inercia es algo con lo que no se puede pelear.

Lo que ha sido un proyecto que se formalizó hace un año con la adquisición de un local en la ISLA DE MARGARITA para comenzar nuestro segundo punto de fábrica de bombones en Venezuela, se concretó el Viernes pasado con la apertura de Kakao Margarita en la etapa nueva del CENTRO COMERCIAL SAMBIL .

Un trabajo que supera lo intenso y que seguramente trataré de contarles con calma luego ... hoy llegué de allá luego de cuatro días, trabajé en el restaurante y ya no doy más.

... Les dejo las fotos:

EL MÓDULO


(Simplemente sin palabras)

KAKAO SOMOS MUCHOS


Ma. Fernanda Di Giacobbe (Presidenta de nuestro grupo y la que lo ha hecho posible todo) con Laura Sansón (la socia de Margarita que nos convenció que solo se crece en familia)


Sylvia Sacchettoni (El motor que hace que manejar una caja o atender al público sea una experiencia)


Andy con Ma. Fernanda (El genio que ha hecho posible que todas las ideas de los poetas sean posibles a la hora de convertirlas en tornillos)


Matilde Sánchez (Aparte de socia del proyecto es la Arquitecto que hace que esto no sea una bombonería más)


Héctor Romero y Patricia Petersen (Mi socio de vida y la socia de vida de muchos)

¡SUSTO! (Cuando el gentío se agolpa uno siente que se va a desmayar)


miércoles, julio 26, 2006

MÉRIDA: UNA LECCIÓN

El mundo del servicio asociado a la comida se alimenta de lo que en principio podría verse como una contradicción en los negocios: a los que tenemos restaurantes nos encanta la competencia.

Por ello no es casual que siempre busquemos construir nuestros restaurantes en aquellos sitios en los que ya hay otros haciendo presencia, aunque la intuición establezca que si alguien coloca un restaurante muy cercano al que uno tiene, podría afectarnos. Realmente, sucede todo lo contrario, al momento de hacer planes para montar un restaurante en una ciudad hay que averiguar antes que nada dos cosas: dónde están los demás y qué tipo de cocina le gusta a los que viven allí.

Por un lado, se necesita una masa crítica de restaurantes (es decir muchos) lo que no necesariamente garantiza calidad pero si probabilidad mayor de encontrar lugares cada vez mejores, por otro lado, cuando se conforman cordones de restaurantes la gente los asume como zonas de paseo a las que vale la pena salir sin plan preconcebido, como si se tratara de un enorme mall horizontal.

Para quienes poseen restaurantes es tan clara la necesidad de asociarse estratégicamente que uno de los casos más fascinantes es el que se da con los préstamos entre restaurantes: así se detesten los dueños de dos restaurantes vecinos, es casi inconcebible que se nieguen cualquier cosa que deban pedirse en préstamo. Si a uno de ellos se le acaba por ejemplo el aceite, es automático que le diga a un empleado “ve al restaurante de la otra cuadra y le dices que mañana lo devuelvo”.

Asociarse para la búsqueda de estrategias comunes, que como consecuencia generen ganancias individuales, resulta común en sociedades con una alta consciencia social como la de los países del norte de Europa, pero es un esquema de negocio que se aleja de lo que podríamos llamar el entrenamiento tradicional latinoamericano. Visto superficialmente, desde lejos podría considerarse que tenemos cierta tendencia hacia el egoísmo, sin embargo en la práctica no es más que nuestra renuencia a experimentar con otras formas de hacer negocio, lo que nos lleva a mantenernos sobre fórmulas probadas y en muchos casos menos rentables. Un ejemplo que muestra de manera dramática el éxito de esta fórmula lo podemos ver con un experimento relativamente reciente en la ciudad de Mérida con la asociación de cinco restaurantes conocida como “La ruta del paladar”.

La ciudad de Mérida es pequeña y el nivel de vida de su clase media está por encima del promedio venezolano. Es una ciudad en la cual la gente puede almorzar en sus casas, en donde es usual hacer las reuniones de negocio cenando en casa y en donde aún es posible el ahorro. Un cuadro como éste es lo peor que le puede pasar a un restaurante, debido a que la decisión de comer fuera de la casa deja de estar supeditada a la necesidad y pasa a ser determinada por las “ocasiones especiales”.

Por ser una ciudad turística, buena parte de la oferta gastronómica se ha diseñado por temporadas y los dueños de restaurantes “guapean” el resto del año gracias a una disciplina de gasto determinada por los ahorros obtenidos en los meses de vacaciones. Si a esto se suma el hecho de que en el período vacacional hacen aparición en los porches de las casas, una miríada de restaurantes planificados exclusivamente para este período, puedo asegurarles que estamos ante la presencia de uno de los mercados más competidos que conozco.

Con este cuadro y dada nuestra manera individual de comportarnos, esa ciudad es la última en la que me hubiese imaginado una asociación como “La ruta del paladar”. Los restaurantes: Cabañas de Peter y Xinia, La casa del salmón, Entre pueblos, Miramelindo y Mogambo, conscientes de la fortaleza de sus respectivas propuestas gastronómicas decidieron hacer equipo y promocionarse en conjunto mediante una fórmula simple: “quien coma en cuatro de estos restaurantes se gana una cena gratis en el quinto no visitado”.

Los resultados luego de dos años de manejarse como un solo grupo han sido asombrosos y sólo el hecho de que las partidas individuales para inversión en publicidad sean parte de una cuenta común, ya genera una optimización con resultados financieros concretos. Pero la cosa no se queda en los números, existen factores psicológicos sutiles que entran en juego. Es común llegar a una ciudad “perdido” como se dice popularmente, para describir la incómoda sensación de no saber cuales son los lugares del lugar visitado en donde se encuentre la fórmula mágica de la satisfacción, me refiero a la fórmula calidad-precio que no habla de caro o barato sino de justicia en los precios a cobrar. En esos casos recurrimos a guías gastronómicas como la de Valentina Quintero o la de Miro Popic, pero de no tenerlas queda el recurso de un volante publicitario que ensalce las virtudes de varios restaurantes y le de solidez a la propuesta. De paso resuelve los dilemas de los potenciales clientes que buscan más que nunca ser dirigidos.

Mérida con iniciativas de este tipo nos está dando una lección enorme, no sólo de negocios sino de país. Puede sonar a lugar común, pero en las empresas de servicio “más es más”.

lunes, julio 24, 2006

Mondovino

www.ficcionbrevelibros.com

Vino, Vidi, Vinci
Durante cinco años, un sommelier devenido director de cine recorrió buena parte de los viñedos del mundo –de Italia a California y de Francia a la Argentina– investigando el fenómeno silencioso debajo del boom del vino que el mundo experimentó en la última década: la homogeneización del paladar. Pero lo que en pantalla es una comedia documental por la que desfilan personajes pintorescos, aristócratas centenarios, self-made norteamericanos, aires mafiosos y negocios que desafían los límites del Estado, en realidad es una radiografía de un proceso que se reproduce en todos los ámbitos de la cultura en la era de la globalización: la pérdida de las singularidades ante el avance avasallante de los monopolios.
Una escena de la filmación en Francia

Por Cecilia Sosa
Mondovino no es un documental sobre vinos. Es un provocativo e inesperado retrato del rostro menos conocido de la globalización. Una mirada satírica y encantadora sobre la estandarización del gusto. ¿Cómo? A través de un bucólico viaje por el mundo de la producción y distribución de la acaso más antigua y mágica de las bebidas, que en manos del director norteamericano Jonathan Nossiter se revela como el soporte perfecto de una lúdica comedia de enredos sobre uno de los más álgidos dramas contemporáneos.

En Mondovino no falta nada: dinastías centenarias, entuertos familiares, secretos, campesinos pobres, consultores hechizantes, críticos de medios, narices aseguradas por un millón de dólares, oligarquías, perros de todos colores, y hasta una familia tan orgullosa de llamar a sus empleados por su nombre como de la mesa de su jardín, diseñada a imagen y semejanza de la de El Padrino II.


De Jonathan Nossiter, el director, se podría decir que no es ningún improvisado. Nacido en Washington en el ‘61, hijo de un distinguido corresponsal del Washington Post y del New York Times, pasó su infancia y adolescencia paseando entre India, Francia, Grecia, Italia e Inglaterra. Políglota por obligación y laureado cineasta (su film Sunday fue premiado en el festival de Sundance del ‘97), Nossiter probablemente sea el único director del mundo que pueda ostentar título de sommelier, con tres años de trayectoria elaborando la carta de vinos de los mejores restaurantes de Nueva York.

Nossiter imaginó Mondovino durante una gira de cata por Europa –y como sólo sucede en los grandes acontecimientos–, reunió petates y se subió a una aventura etílica sin igual que involucró cuatro años, tres continentes, ocho países (incluyendo Argentina), un magro presupuesto de 280 mil euros, y una única cámara portátil que manejó a capricho y siguiendo sus más embriagadas inclinaciones.

De Brasil a Nueva York, de Italia a California, de Burdeos a Australia, de Florencia a Alemania, y llegando incluso a Calafate, Salta; el film por momentos parece una épica detectivesca, casi un thriller que salta de copa en copa para seguir los rastros de un inefable crimen. ¿Cuál? La desaparición del “terroir”, esa palabra francesa casi intraducible que adjudica el “espíritu” del vino a la tierra donde es cultivado.

Así, en una suerte de cruzada del gusto, Mondovino desandará punto por punto el proceso que explica esa pérdida. En diminutas fincas y magnificentes viñedos, entre ampulosos críticos y milagrosas instrucciones, se encontrará con las huellas de un conflicto que se reproduce a escala mundial (y con paralelos infinitos): la lucha entre un avasallante poder monopólico (autopromocionado como “democratizante”) que busca ajustar toda producción al “gusto internacional” (sospechosamente coincidente con el norteamericano) frente a los sabores (y saberes) singulares y particulares del trabajo artesanal.

Si bien hay quienes afirman que Mondovino es una suerte de versión vitivinícola de Fahrenheit 9/11, Nossiter está lejos de producir una “globalización para principiantes” en soporte digital. La pelea sin duda quedará así planteada –entre “colaboracionistas” (del gusto hegemónico/democrático) vs “terroiristas” (militantes del “terroir”)–, pero lejos de la pedagogía blanquinegra de Michael Moore (a quien Nossiter considera un reflejo del marketing), el sommelier-cineasta descubrirá, a ambos lados de la barricada, una sorprendente multitud de personajes fascinantes, excéntricos y embriagadores. Y ninguno quedará del todo bien parado. En fin, un catálogo digno de toda comedia que se precie.

¿Democracia vs. Terroir?
¿Cómo no empezar por Michael Rolland, el más brillante “consultor de vinos” que recorre viñedos del mundo recitando un único y misteriosomandamiento: “hay que microoxigenar, microoxigenar”. Dueño de un histrionismo casi agotador y una carcajada infinita y hasta maníaca, Rolland hipnotiza a todos con sus dotes de doctor y terapeuta (de vinos). Sea productor, crítico, japonés o Gérard Depardieu. E imparte, desde su auto conducido por chofer, las pócimas secretas del vino de calidad.

El otro gran personaje es el periodista norteamericano Robert Parker, la indiscutida voz de la crítica internacional de vinos, que con un resoplido de su millonaria nariz puede hundir o salvar cualquier bodega del mundo. Abogado renunciante después del Watergate, Parker vive en una mansión de Maryland (Estados Unidos), cuidando su nariz y su paladar asegurados por un millón de dólares y protegido por un simpático par de perros a los que adora: un sabueso de un olfato hiperdesarrollado y un bulldog flatulento.

Entrado el film, el espectador descubre cómo confluyen los rieles de esa misteriosa “unificación del gusto” tan propia del mundo globalizado: por un lado, el más buscado asesor internacional; por otro, el crítico que desde 1982 revolucionó el mundo vitivinícola al abrirlo al mercado norteamericano. Con ustedes, el francés Rolland y el norteamericano Parker, en rigor íntimos amigos desde hace más de ocho años (un dato que sorprendió al propio director).

El feliz matrimonio Rolland/Parker dice operar sólo guiado por el gusto propio (y ajenos al juicio del otro). Sin embargo, la sutil sociología del film es mostrar cómo ese gusto termina resultando sorprendentemente coincidente. Haciendo cada uno su trabajo con intachable honradez, la tarea sumada puede lograr por ejemplo que una botella producida en una bodega cualquiera se dispare de 35 a 110 euros. Sólo hace falta contar con el asesoramiento adecuado (materia en la que, causalmente, Rolland es el pope) y la máxima puntuación de la revista Wine Spectator (para la que, casualmente, escribe Parker).

Ahora bien, detrás de este dúo dinámico hay un poder bien asentado, la familia que da nombre a la película: los Mondavi. En los siempre soleados valles de California vive el clan de los Mondavi, una familia italiano-americana liderada por Robert Mondavi, “empresario y filósofo” del vino, que con 500 millones de dólares de ganancia anuales y una producción de más de 120 millones de botellas al año, preside el mayor imperio de la uva que extiende sus tentaculares brazos (y búsqueda de potenciales socios) al mundo. Y alrededores. El más pequeño de la dinastía Mondavi sueña con cultivar sus vinos en Marte.

Y luego, un reparto fuera de serie...
¿Cómo olvidar a los Staglin? En sus 18 hectáreas de plácidos viñedos en Napa (California), Shari, la dueña de casa, confiesa, sin ironía, que conoce a sus empleados mexicanos por el nombre y que les regala camisas y sombreros promocionando la marca. Sí, la misma que adora su mesa de roble realizada a imagen y semejanza de la de El Padrino II.

O a la antiquísima oligarquía italiana de la Toscana, recién salida de una película de Visconti, que reverencia a Mussolini (porque logró que los trenes llegaran a tiempo) y que no dudó en abandonar 500 años de experiencia en la producción del vino para obedecer a los secretos designios (¡microoxigenar!) a los que obliga la “bendición” Mondavi.

O al taciturno Aimé Guibert (un hombre de la derecha) que ante la posibilidad de que las viñas de la pequeña población francesa de Aniane se sumen al imperio Mondavi, se descubre como un poético defensor de la globalifobia: “Dios nos envió un milagro: elecciones municipales y un comunista como alcalde”.

O los dramas de Hubert Montille, un romántico productor de Burgundy que cedió la conducción de la bodega a su hijo, más interesado en el marketing que en el “terroir”, y que en el transcurso del film recupera a su hija (empleada en una inescrupulosa firma de vinos internacional) para el sabor y el saber de su industria familiar.O al importador de vinos neoyorquino, Neal Rosenthal, capaz de hilvanar una teoría completa del imperialismo norteamericano masticando hamburguesas, o al utopista que jura que en el noreste de Brasil está la meca virgen donde cultivar el mejor vino del mundo.

Y cuando uno ya imaginaba que no podía aprender nada más sobre la cultura etílica, el director (que a esta altura no hay dudas de que la está pasando bomba) aterriza en el norte argentino, en un final casi a medida del público local. En los ensoñados valles de Cafayate, Nossiter entrevista al mayor de los cinco Etchart, Arnaldo, que señala, entre copa y copa, los parecidos entre Perón, Hitler y Mussolini, la vagancia del campesinado y la milagrosa acción de Rolland que instaló a Argentina en el mercado de vinos del mundo. Y también le queda tiempo para visitar el ínfimo pueblito de Tolombón, donde un adorable nativo “pura sangre indígena” se niega a ser el sueldo de 200 pesos que le ofrece la corporación Etchart y mantiene como puede una finquita de una hectárea donde sigue la tradición de su abuelo produciendo un vino casi imposible.

En busca del propio “terroir”
Mondovino no dejó de despertar polémicas desde que se exhibió por primera vez en el Festival de Cannes en mayo de 2004 (curiosamente el mismo día de la reelección de Bush). Revolucionó el corazón del establishment del vino, fue tapa de los más prestigiosos diarios (incluyendo Le Monde) y no dejó de cosechar amenazas de juicios. El mismísimo Rolland, reseñado por Le Monde como “un mefistofélico mercenario de enología”, declaró que los procedimientos de Nossiter con su persona habían sido dignos de la más cruda manipulación de imagen y sonido.

Sin embargo, y más allá de todo terremoto, la película consigue algo más sutil. Con sus silencios expectantes, sus miradas en fuga, sus personajes siempre desajustados, su adoración por los perros (en especial por los que comen queso), y sus maratónicos 136 minutos, Mondovino logra construir su propio “terroir”. Luminosa, aguda y por momentos desopilante, muestra cómo un sueño casi beodo puede transformarse en un delicado y burlón ensayo sobre la construcción de una hegemonía cultural. Tal vez por eso, Mondovino sea una película de amor, dedicada a aquellos que en medio de la unificación reinante siguen peleando por encontrar su propio “terroir”. Sea en vinos, películas, libros, vidas o canciones.

“Creo que Mondovino ridiculiza a muchos. Sin embargo, Rolland aportó mucho a la industria argentina y no me parece bien castigar a alguien que trabaja seriamente. El tiene un estilo de vinos preferencial y busca difundir lo que conoce en diferentes zonas. Pero cada zona tiene su carácter y personalidad y la tecnología no puede cambiar eso. Es imposible hacer un vino igual que otro. Ni Michael Rolland lo podría lograr. Por eso creo que Mondovino genera mucha confusión”.

Marina Beltrán, directora de la Escuela Argentina de Sommeliers


El mito gourmet
Nota madre:
Vino, Vidi, Vinci

Por Cecilia Sosa
Mondovino sobrevuela una pregunta reveladora y muy poco transitada por la filosofía y la sociología contemporáneas: qué bebemos, qué comemos y por qué. En su libro Meditaciones sobre el gusto. Vino, alimentación y cultura (Paidós), el sociólogo e investigador argentino Matías Bruera asegura que no hay dietas ni dietéticas inocentes y que la difusión del mito gourmet es la negación del problema del hambre. Además, prepara La Argentina fermentada, una historia del vino y los intelectuales argentinos.

¿Cómo empezaste a pensar estos temas?

–Durante bastante tiempo escribí en revistas gourmet como forma de supervivencia a la docencia universitaria. Pero un día salí a sacar la basura y alguien vino corriendo a buscarla. En Argentina los paladares se refinaron justo en el momento en el que la sociedad se partía en dos.

¿Cuál es la dietética de Mondovino?

–El debate que plantea no es nuevo, sólo que ahora parece centrarse en el vino. Lo más interesante es que en la lucha entre los supuestos críticos-conservadores de la cultura globalizadora y los ecuménicos o universalistas, nadie queda bien parado. Detrás de todos, siempre hay un interés económico. Mondovino no me parece más novedosa que el ensayo que escribe Roland Barthes sobre el vino en Mitologías, que muestra cómo el vino también es un producto de una expropiación. Esto es lo que trata de manera colateral Mondovino que también tiene un costado cínico: hay perros que comen quesos franceses y trabajadores a los que se les reprocha que malgasten las uvas.

¿Por qué es tan difícil pensar el vino como mercancía?

–En torno del vino hay una sensibilidad particular, casi utópica, tiene una dimensión cultural que concentra todas las mitologías y que limpia las costras de todos sus personajes. Pero, en definitiva, es una mercancía más, y una que produce millones y millones de dólares. Los norteamericanos no se podían quedar afuera de ese negocio.

La película muestra algo curioso: cómo los norteamericanos siempre se las arreglan para presentar su gusto como democracia.

–Sí, pero eso pasa en todos los ámbitos. George Steiner habla de “norteamericanización” de la cultura que en el mundo de la alimentación se estereotipa con la idea de la “Mcdonalización”, donde la hamburguesa y el ketchup parecerían funcionar como vehículos igualadores. Pero el asesor vitivinícola Michael Rolland de Mondovino no es diferente a Bill Gates. El tema es que él, asociado con la crítica, se transforma en un negocio redondo, a la vez que estigmatiza todo el libre juego de los sabores.

¿Es posible hablar de una “estandarización” del gusto?

–La modernidad ha pensado el gusto como un sentido inferior, como lo que no puede universalizarse. Kant ya decía que a diferencia del olfato que condena a todos, siempre podemos elegir qué tomar y qué comer. Por eso dice que el gusto ayuda a la convivencia. En realidad, el gusto es una idea absolutamente burguesa: da por hecho y por derecho que uno puede elegir. Al plantear la absoluta libertad de elección, anula la concepción primaria de la necesidad e instituye que el hambre es el gusto de los que no tienen para comer. Ninguna convivencia tal como la plantea Kant puede lograrse en un país donde la gente no come.

¿Cómo se combina la estandarización del gusto con esa especie de explosión del mundo gourmet?, ¿no son procesos contradictorios?

–El mito gourmet ha resuelto esa diferencia. Frente a la masificación de la comida, el gusto aparece como lo distintivo. Pero lo distintivo también se ha transformado en industria. Los chefs van a cocinar a locales de comida rápida. El mundo gourmet logra estandarizar el gusto. Dice que un vino tiene gusto a frutos salvajes, a madera, a tabaco. En Argentina hay un canal que transmite las 24 horas, decenas de publicaciones, clubes delvino y del buen vivir; y todo acontece cuando la mitad de la población deja de comer.

¿Qué consecuencias tiene la difusión del mundo gourmet?

–El mundo gourmet anula la posibilidad de pensar el hambre. El fetichismo del gusto esconde algo que el progresismo argentino no ha entendido del todo. Lo primero que se reclamó fue distribución, que la gente pueda comer. Está bien, pero hace perder de vista la dimensión productiva, más profunda a futuro. Argentina es un país alimentariamente dependiente. Sólo dos empresas multinacionales producen 41 millones de toneladas de soja cuando antes había 30 tipos de cereales distintos. Uno no tiene ni idea de qué está comiendo. Los pequeños-burgueses verán Mondovino y saldrán horrorizados por la globalización del vino. Pero más allá de la plata que haga Rolland, la verdad más terrible de Argentina es otra.

En La Argentina fermentada, tu libro que sale a fin de año, revisás la historia a través del vino, ¿por qué?

–Salvo Sarmiento nadie pensó a futuro en Argentina. El trajo el Malbec y dijo había que preocuparse por el vino. Que Estados Unidos iba a competir, pero que nosotros también podíamos. Es curioso, el escritor argentino más importante se llama Sar-miento: vástago de la vid.

“Los pequeños-burgueses verán Mondovino y saldrán horrorizados por la globalización del vino. Pero más allá de la plata que haga Rolland, la verdad más terrible de Argentina es otra. Sólo dos empresas multinacionales producen 41 millones de toneladas de soja cuando antes había 30 tipos de cereales distintos. Uno no tiene ni idea de qué está comiendo.” Matías Bruera

Entrevista Jonathan Nossiter, el director de Mondovino
El mundo es una uva
Nota madre:
Vino, Vidi, Vinci

Por Mariano Kairuz
“El décimo episodio de la versión extendida de Mondovino transcurre todo en Argentina”, cuenta Jonathan Nossiter por teléfono desde Río de Janeiro, donde actualmente vive y prepara sus próximos proyectos. Y aclara: “Y un poco en Brasil también, y dos minutos en Paraguay”. Nossiter se refiere al último capítulo de una miniserie que emitirá la televisión francesa y que editó en simultáneo con la película, que empezó como un proyecto de rodaje de dos o tres meses y terminó extendiéndose por cuatro años. “Hacer una película es una historia de amor. Y como en las historias de amor no hay un origen cierto; hay muchas raíces posibles que permiten que este amor crezca. Es el caso de Mondovino: yo estaba preparando otra ficción. No quería hacer un documental sobre el vino. Cuando empecé pensé en hacer una película pequeña, pero como el amor, creció sola. Porque los intercambios entre la cámara, los contextos y los lugares, y las personas fueron muy buenos, muy raros, interesantes. Es una cosa orgánica: fui poco a poco armando más viajes, y al cabo de cuatro años tenía una película, y luego una serie de diez horas.”

Usted dijo que Mondovino no es un documental sobre el vino, sino sobre otros temas relativos a la globalización. ¿Por qué decidió abordarlos desde el vino, en ese caso?

–Estoy bromeando un poquito, porque claramente se puede decir que en primer plano hay una visión del mundo del vino. Pero para mí, Mondovino no es un documental; es una película. La idea de una película didáctica con entrevistas no me interesa; para mí lo que hay en Mondovino no son entrevistas; yo hice una puesta en escena con las personas a las que filmé. Yo amo el vino y ya trabajé bastante en el mundo del vino, pero los discursos normales sobre el vino son insoportables. La cultura del vino, en la manera en la que hablan los críticos y los conocedores, para mí no es interesante; ellos exageran el placer del vino y yo no quise hacer eso. No sólo es snob; es peor: no tiene significado. Es una expresión de poder, de avance social, en cualquier país. Hoy es un discurso que forma parte de los sueños de personas con pretensiones sociales. El vino para mí no es interesante por eso, sino por la cultura que se revela detrás de su producción y distribución. En un momento comprendí qué era lo que me interesaba: los seres humanos, la complejidad de las culturas que forman parte del mundo del vino, la posibilidad de entender de las particularidades de cada cultura. Filmé en Argentina, Paraguay, Brasil, Estados Unidos, Francia, Italia. En general las películas se hacen en un par de lugares y con muchas restricciones; yo tenía una libertad total para viajar, para investigar y para encontrar personas muy poderosas que controlan económica y culturalmente el destino de mucha gente. Y al mismo tiempo filmar con personas muy simples, muy humildes.

También dijo que podría haber abordado los mismos temas a partir de la industria farmacéutica. ¿Lo consideró realmente?

–Sí, creo que estamos viviendo tiempos muy peligrosos. El peligro es la concentración de cada vez más poder, más recursos en manos de cada vez menos personas en todos los países. Lo que está ocurriendo en el mundo de la farmacéutica es lo mismo que está aconteciendo en el mundo del vino, el de la política, el del cine. Yo creo que es un nuevo fascismo, un fascismo “dulce”, que no se percibe como fascismo, porque está todo atrás. Pero como cineasta yo nunca podría filmar con libertad en el mundo de la producción farmacéutica, porque está muy protegido. En cambio, el mundodel vino se ve como una cosa simpática, linda, sin problemas, y se me abrieron todas las puertas. Creo que la estructura de engaños que existe en el mundo del vino es un espejo perfecto de cómo funciona la sociedad en general. Porque el vino siempre fue dos cosas: la agricultura, la relación con la tierra, con la naturaleza; y al mismo tiempo una expresión de poder, y una expresión cultural de gran pretensión.

¿Está de acuerdo con lo que dice Hubert de Montille en la película, sobre que “donde hay vino hay civilización”?

–El habla de la historia, de los mesopotámicos, los griegos y los romanos. El viñedo siempre fue para ellos una manera de establecer la civilización. Todo el vino, el alemán, el francés, el español, fue plantado por los romanos, desde su punto de vista, como un acto de civilización. No se sabe qué pensaban los franceses o los ibéricos de la época. Basta pensar en el décimo episodio de la serie Mondovino, que ocurre enteramente en Argentina: fui a Quilmes, en Cafayate, Salta. Allí en una época, los españoles pensaron que la plantación de viñedos fue un acto de civilización, pero para los indígenas no lo fue. Fue una expresión de civilización como poder. Entonces ¿qué quiere decir que “cuando hay vino hay civilización”? Hoy en Cafayate hay muchos productores de vino indígenas, pero al día de hoy no tienen los recursos para hacer el marketing y poder entrar en el mercado internacional. Hay amor, pero hay exclusión: hay posibilidades de su parte, pero una falta de posibilidades para ellos, es muy complejo. El vino como civilización es tan complejo como el tema de la Conquista.

Por la época en que estrenó la película en el festival de Cannes y más tarde en Estados Unidos, mucha gente que participó en ella se enojó con usted. ¿Qué fue de todas las amenazas de acciones legales que surgieron por ese entonces?

–No pasó nada. Porque todo lo que hay en la película es verdad. Yo no engañé a nadie. Las palabras, las situaciones son reales; nadie me pudo procesar, porque no cambié el sentido de lo que se dijo. Pero son personas muy poderosas que no están acostumbradas a ser vistas por un ojo escéptico, que las cuestione. En Italia, las dos familias más poderosas del vino, Antinori y Frescobaldi (que ahora tienen otros problemas legales), tienen un poder bastante mafioso y lograron disminuir el impacto de la película en Italia, con presiones a periodistas, y sobre la red de distribución. Pero no pudieron hacer nada legalmente, estoy limpio. Y en Estados Unidos fue muy violenta la reacción contra Mondovino. En Francia ha visto hasta hoy que hay una independencia entre la cultura y la política. Pero en los Estados Unidos, después de seis años de Bush, eso está terminado: no hay más independencia ni libertad. Y la película fue vista como una ataque contra el poder norteamericano. Como soy norteamericano, hubo mucha gente muy enojada, muchos periódicos me atacaron. Desde el San Francisco Chronicle, Los Angeles Times, New York Times; hubo muchos artículos atacando la película y atacándome a mí personalmente. Fue muy interesante; un poco brutal, pero muy interesante.

¿Cuáles fueron los argumentos de Parker y de Rolland cuando se enojaron con usted?

–Rolland dijo que yo había cambiado totalmente sus palabras. Mi respuesta fue muy simple: “Si eso fuera cierto –le dije–, tú me harías un juicio; no lo hiciste, lo cual prueba que no es cierto”. Además yo lo invité a ver todo lo que había filmado para mostrarle personalmente dónde había cambiado yo las intenciones. Y él le dijo a la prensa de muchos países que yo era un mentiroso, que cuando me había hablado mal de la gente de Longeduc, del sur francés, por ejemplo, lo había hecho en off; pero eso no es cierto, porque nosotros filmábamos todo el tiempo. Tanto Rolland como Parker están tan acostumbrados a que la prensa esté de su lado, que no esperan que alguien les haga preguntas sobre el abuso del poder. En elsite de Parker hay doscientas páginas que denuncian a la película, y que durante un tiempo me tildaron de nazi y luego de comunista: ¡un extremista de derecha y de izquierda!

¿Volvió a verlos desde el estreno de la película?

–Sí, y fue muy interesante el primer encuentro con Rolland, cuando vio la película por primera vez. Estaba muy confundido. En aquel momento yo sentía cierta simpatía por él. En su rostro tenía una confusión, yo creo, existencial. Sentí compasión por él. Una periodista dijo que tenía la impresión de que Rolland se estaba viendo en un espejo por primera vez en su vida. Luego esta fase de confusión existencial pasó. El tiene muchos recursos, millones de dólares, muchas sociedades con compañías por todo el mundo, y tiene con qué defender sus intereses.

Usted dijo también que le parece que la situación que se está viviendo ahora arranca en los años ‘80, y en varios momentos de Mondovino la cámara enfoca las fotos de Reagan y otros personajes que remiten a aquella época, y que están colgadas en las oficinas de algunos de sus entrevistados.

–Yo creo que las verdades políticas que sentí salieron de la experiencia de filmar Mondovino. Espero que el montaje sea una reflexión de esos cuatro, cinco años que duró la experiencia. Y sí, creo que los años ‘80 fueron muy importantes, al marcar la dirección política, económica, social y cultural de Occidente. Creo que Thatcher y Reagan fueron revolucionarios. Súper peligrosos. Después de cuarenta años de posguerra, de sociedades democráticas buscando un equilibrio social y económico, un respeto individual; no digo que fueran tiempos maravillosos, pero había en Europa y en Norteamérica un contrato con la gente que con Thatcher y Reagan se rompió; y se abrieron las puertas para una concentración de recursos, de riqueza, inimaginables, destruyeron todas las leyes que protegían a las personas. Fue una destrucción también de la diversidad cultural, se homogeneizaron, se estandarizaron todos los productos, también los culturales. Todas las personas que están destruyendo el mundo del vino hoy –Rolland, Parker, Antinori, Lafite-Rotschild, Mondavi no existe más, pero las personas que tienen el poder en Napa–, todos empezaron en los años ‘80; el éxito de todos ellos está ligado a esa época; es increíble.

¿Cómo llegó a la parte latinoamericana de la película?

–Yo creo que es un poco el futuro del vino. No en el sentido económico, sino en uno existencial. Porque aquí se dan todas las posibilidades, entre Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, todos los futuros posibles. No hay duda de que la Argentina tiene la historia más rica de producción de vinos, los terruños más diversos; hasta hoy, al menos, hay una historia de más de cuatrocientos años. Yo he tenido la satisfacción, el placer, de conocer los vinos argentinos de los años ‘60, ‘70, ‘80 y lo que está ocurriendo en Argentina es muy interesante, porque no hay dudas de que técnicamente, gracias a sus ventas internacionales, ha avanzado mucho en los últimos quince años. Pero es imposible no reconocer que la mayoría de los vinos son hoy muy parecidos; no solo unos a otros, sino también muy parecidos a los vinos americanos, chilenos, sudafricanos, italianos. Es un juego económico. Creo que nadie quería decir “estoy destruyendo la cultura”, sino que la mayoría de la gente busca procurar cosas buenas para sí, pero están viviendo un momento de presión económica y cultural muy fuerte. Casi no hay diferencia entre el marketing y los periodistas del vino.

Rolland es tal vez la persona más importante del presente y del futuro del vino argentino. Está trabajando con quince bodegueros diferentes. No sólo con los Etchart (que aparecen al final de la película); el proyecto con ellos es pequeño. El es asesor y partner de muchas bodegas en Mendoza muy poderosas. Con Parker están cambiando totalmente el vino argentino. Y si nadie reacciona, el vino argentino en pocos años no tendrá nada de argentino. Perderá toda su identidad. Será igual que los vinos de Napa, deSudáfrica del Sur, de Australia, de todo el mundo. Creo que es una lástima, que no haya una reacción, una resistencia contra esta homogeneización.

¿Qué le pareció la película Entre copas?

–Creo que es lo opuesto a Mondovino. Es una expresión de la cultura de Hollywood, del poder americano. Muy bien hecho, eh. No estoy diciendo que sea una mierda. Pero políticamente para mí es una expresión pura del punto de vista hollywoodense del americanocentrismo. Mondovino está intentando entender la posición de los norteamericanos dentro de un mundo más grande.

Por ahí se puede leer que usted filmó parte de Mondovino borracho...

–Es un chiste, porque la película está filmada de una manera muy particular. Hay un placer en sus imágenes, una sensación de descubrimiento, una libertad, una espontaneidad, que para algunas personas es intolerable; para ellas es una cámara amateur, mal hecha, una “cámara con cocaína”, así que hice un chiste sobre eso. Pero es cierto que cuando filmaba tomé vino. Aunque fue lo mismo cuando hice Sunday, que es una película clásica, en 35 mm, con poco movimiento de cámara; en esa también me gustaba tomar vino durante el rodaje.

“La cultura del vino, en la manera en la que hablan los críticos y los conocedores, no es interesante. Exageran el placer del vino. No sólo es snob; es peor: no tiene sentido. Es una expresión de poder, de avance social, en cualquier país. Hoy es un discurso que forma parte de los sueños de personas con pretensiones sociales.”

Jonathan Nossiter, director de Mondovino

lunes, julio 17, 2006

Una carta que llega

El tiempo se pasas volando y no terminas de caer que ya pasaron seis meses de haber entrado en la escuela, seis meses de compartir primero dos días luego tres días con ustedes, “los chef”, ahora pasamos a otra etapa, “el spa” (como dijo Héctor y Liselotte) pero estoy segura que cada palabra, cada momento que compartimos con ustedes quedaron muy bien grabados en nuestra memoria, HICIERON UN TRABAJO EXCELNTE!!!

Para mí una persona que nunca había tenido una experiencia en la cocina, con pocas semanas de haber empezado me hicieron amar mi carrera y darme cuenta que esto es lo mío, creo que todo eso se reafirmó cuando empecé el segundo nivel y veía un poco de pastelería, ese sí es mi mundo!,

Aprovecho este medio, para darle las gracias a Liselotte por toda esa confianza que me dio cuando empecé en el catering, creo que todo ese apoyo hizo que yo me sintiera como en casa cada vez que pasaba por la puerta negra, todos mis primeros pasos te los debo a ti (sin dejar por fuera a Héctor y a Sumito claro esta), pero tú estabas allí día tras día regañándonos porque no poníamos la hielera con los utensilios, porque no prendíamos el horno a penas llegábamos, porque no leíamos las recetas y estábamos perdidos, toda esa insistencia y esa disciplina será la base para poder entrar en una cocina el día de mañana. Gracias!!!

Para no dejar por fuera a los otros chef, me atrevo a decir unas palabras de cada uno, Héctor, debo confesarte que el primer día que nos distes clase, Carnes I, fue terrible... entrastes con esa voz firme y gruesa que te caracteriza, agarraste tú cuchillo y empezaste a limpiar la carne, a todos nos dejaste con la boca abierta por esa forma tan segura y limpia de manejar el cuchillo, pero luego de ese maravilloso espectáculo, nos diste un pedazo de carne a cada mesón y te fuiste, nuestra cara era todo un show, porque el chef se fue y nos dejó aquí con esto sin saber que hacer, y luego las clases se seguían te teníamos “miedo”, poco a poco y a medida que agarrábamos confianza a la escuela, ese “miedo” pasó y tus clases eran súper interesantes por esa seguridad que nos enseñabas.

En cuanto a Sumito bueno... las clases del primer trimestre eran súper interesantes porque cada una venia acompañada de un cuento, una anécdota, una historia, ya para el segundo nivel eran más de lo que íbamos a ver en una cocina real. Para mí fue una gran experiencia vivir todo el desarrollo de Sibaris, llegar a la escuela y ver como se estaban realizando las degustaciones de los platos, verte súper estresado antes de grabar los programas y luego súper relajado cuando ya “una cosa menos” se había hecho, todas esas cosas fueron momentos que yo viví en la escuela y son parte de mi formación.

Muchisimas gracias a los tres, por todo su empeño y dedicación y son realmente admirables porque sé que están cansados, pero logran sacar energías para seguir dándonos clases y enseñarnos como a ustedes les hubiera gustado aprender.

Las clases de cocina no serían las mismas sin tener las clases teóricas así que también me tomo un espacio para escribir sobre esas maravillosas clases que este segundo trimestre pudimos disfrutar cada martes y jueves.

Empezamos a las 3 de la tarde de los martes, en donde 15 minutos después el profesor Sergio, no tenía a todos dentro de un viñedo paseando por todo el proceso de la uva antes de convertirse en ese maravilloso líquido, el vino. Luego de pasar por los procesos, no llevó a cada lugar del mundo en donde se hace vino, por Borgoña, Burdeos, Mendoza, etc. Qué mejor forma de terminar ese viaje de doce semanas sino es con un suculento viaje al mundo de la champaña.

Luego de terminar esos viajes y aterrizar en el salón, como ya se había hecho costumbre nos íbamos a la panadería en busca de un gran café y un pan dulce porque sabíamos que necesitábamos los todos los sentidos en su lugar para la clase que venía, nada mas y anda menos que la de Víctor Moreno, wao que clases!!! Unas clases maravillosas llenas de cuentos, poesía, en la que cada día de enamorabas de la historia de la gastronomía y más aún de tú carrera, eran horas que se iban volando y muchas de ellas acompañadas de esos “palos de agua” que lograban ser compañía más que molestia.

Pasamos a un jueves a las 2 de la tarde en donde la etiqueta y el protocolo eran lo ideal para ser un cocinero completo, una materia llena de detalles, que si el cuchillo alineado con la copa de vino, que si las distintas formas de poner las copas, si se retira por la derecha o por la izquierda, cómo se cierra o se hacen pausas, muchas cosas que sólo con la prácticas se han automático por ahora siempre estás pensando, retiro y sirvo derecha, copa de vino cuchillo, plato base, etc.

Como para no perder la costumbre de los días de teoría nos íbamos a la panadería y regresábamos listos para comunicarnos con Merlín, unas clases en las que nos relajábamos porque “éramos nosotros”, con todo lo que teníamos que actuar, contar de nuestra vida. Fue la primera vez que se dio esa materia en la escuela y es PERFECTA!!!, Merlín gracias por todo tu empeño y dedicación y nuestro grupo te declaró la revelación del año!!!

Gracias a todos los profesores por esas horas llenas de cultura y conocimiento!!!


Ingrid Moore

Niños

Hoy comenzó en el Escuela el curso de paanadería para niños. Estaba medio asustado porque eso es algo nuevo para nosotros pero los chamos son una belleza y la alegría no ha sido normal.

Otra de ficción breve

LIBREROS
www.ficcionbrevelibros.com


En casa de Lúculo
por Miguel A. Román

Miguel A. Román entiende la cocina como el arte de convertir a la naturaleza en algo aún mejor. Desde hace seis años viene difundiendo en Internet las claves de ese lenguaje universal. Ahora abre aquí, los días 12 de cada mes, su nuevo refectorio virtual.
La calidad empieza por uno mismo
“Una de las reglas del régimen de salud es esforzarse por conseguir comida de buena calidad; esto es muy importante. Es necesario el conocimiento de la naturaleza de todos los alimentos, de cada una de las clases”.

Así hablaba el Rabí cordobés Moshé ben Maimon, más conocido como Maimónides, en el siglo XII de nuestra era. Mucho más recientemente, en enero de 2006, Ferrán Adriá, reconocido como mejor cocinero del mundo, afirma en la síntesis que ha dado a conocer: ”Se da por supuesta la utilización de productos de máxima calidad, así como el conocimiento de la técnica para elaborarlos”, en sorprendente coincidencia de términos y mensaje con el sefardí, pese a que dudo de que el jefe de cocina de El Bulli se haya basado en la obra de aquél para enunciar su manifiesto.

Casi un milenio entre ambas frases y el concepto permanece inalterable: calidad inmejorable en la materia prima y el conocimiento profundo de su naturaleza como requisitos indispensables para la satisfacción del comensal y por ende como práctica inexcusable del cocinero.

Perogrullada, pensará usted que ahora me lee. Tal vez sí, pero la obviedad aparente de estas sentencias contrasta con el hecho de que con demasiada frecuencia es defraudada en la práctica. Tanto en la cocina doméstica (a la que refería el médico cordobés) como en la profesional (que lidera el cocinero de Hospitalet) asistimos a una decepcionante escalada del regateo en la idoneidad del ingrediente a la composición culinaria: alimentos congelados (y mal descongelados) donde se esperaba el fresco (y que en ocasiones se cobran como fresco), arroces casi de plástico en platos tradicionales que sólo debieran aceptar las razas nobles de este cereal, pan industrializado que aún huele a microondas, aceites de dudosa cuna (en el país principal productor de aceite de oliva), natas de spray que se desinflan antes de que el postre llegue a la mesa, por citar sólo algunas lindezas que recuerdo a vuelapluma.

En ocasiones se argumenta que tan descarado escamoteo a la calidad proviene de una búsqueda en la economía del género, pero tal justificación no se sostiene cuando lo que realmente sucede no es que se sacrifique el lujo por la hechura (que sería comprensible en aquellas economías no boyantes) sino que hemos disfrazado de falso oropel las joyas que se deben presentar en el plato.

Éste es el auténtico sentido del siguiente mandamiento de Adriá: “Todos los productos tienen el mismo valor gastronómico, independientemente de su precio”, esto es, si el presupuesto no llega para solomillo de buey para un chateaubriand, la solución no es realizar esta confección poniendo en su lugar morcillo de añojo, sino, tal vez con esta última pieza si es de confianza, elaborar un canónico pero sorprendente estofado. Lo contrario es engañifa o esnobismo –según el caso– y desde luego no satisfará ni al cocinero ni a quienes consuman el sucedáneo.

E igualmente que ha de respetarse al máximo la calidad adecuada de la materia prima, ha de cuidarse con esmero la técnica a emplear. Con frecuencia me preguntan quienes han de cocinar para una ocasión especial cómo preparar algún plato complejo y epatante. Mi respuesta es invariable: haz lo que mejor sepas hacer: si bordas el pisto manchego será tan afrodisíaco como las mismas ostras en esa cena “privada”, si tus albóndigas en salsa son buenísimas para tu familia también lo serán para el jefe y su cónyuge, si cuando haces tortilla de patatas te hacen la ola, también el señor obispo se alzará en tu mesa al catarla.

Calidad adecuada y buenos modos, no hay otra vía para el disfrute de la mesa, menos aún si –como recordaba Maimónides– lo que está en juego no es ya el placer del paladar sino la salud del cuerpo que asimilará el preparado.

Como viene a cuento les voy a desvelar –para el que no lo sepa– la anécdota que da título a esta colaboración bitacorera: Lucio Licinio Lúculo fue un general romano en cuya villa se ofrecían los más prestigiosos banquetes de la capital del imperio, el lujo y los ingredientes tan exóticos como selectos se sucedían ante los paladares de las más altas dignidades locales y foráneas, y los arribistas se disputaban el honor y el placer de ser invitado a una cena en la casa de Lúculo. Mas un día el general, por lo que fuera, no daba fiesta y el maestresala le sirvió en su triclinium platos simples sin boato ni fasto. Inmediatamente el patricio reclamó a su mayordomo explicaciones y éste argumentó que ya que no había ninguna personalidad relevante invitada había pensado que…, a lo que su amo le replicó: “Pues sábete tú que esta noche es Lúculo quien cena en casa de Lúculo”.

En conclusión, seamos lúculos en nuestra propia casa y regalémonos con alimentos de excelsa calidad en su género y bien condimentados, porque ¿quién se lo merece más que nosotros?



Contacta a tu librero:
Roger Michelena
michelena@ficcionbrevelibros.com
libros@ficcionbreve.org
michelenag@cantv.net
0412-5923579/0416-4138329
http://libreriamichelena.blogspot.com/

domingo, julio 16, 2006

Blog de Tomás Fernández

Mi amigo y colega TOMÁS FERNÁNDEZ enteró hace como dos semanas en esto que han dado por llamar "comunidad blogósfera", una de las cosas bien interesantes de su Blog es que posee un listado de links gastronómicos que crece cada día y que parececiera que van a terminar por convertir el Blog en todo un portal.

sábado, julio 15, 2006

...y comieron sin sentarse

No se a quien debo culpar de mi orgullo, si a mis niños de la Escuela de cocina o a la filosofía que lenta pero inexorablemente hacemos que los empape. Anoche (como cada tres meses) culminaron los exámenes finales de los alumnos del nivel intermedio ... exámenes que son realmente duros. Cada trimestre se superan de manera notable, pero lo más hermoso fue ver que al culminar (a eso de las 11 de la noche) se pusieron a cocinar una pasta porque estaban exhaustos y famélicos y terminaron comiendo parados sobre los mesones ... ¡Dios santo nunca los sentí más cocineros!




Diario de un Chef

Tanto hoy como mañana saldrá la entrevista que le hice a ORIOL SERRA en mi programa de radio Diario de un Chef que en el caso de Caracas sale de 12:00 a 1:00 pm en el dial FM 107.9. ¡Una gran entrevista!

El Nacional # 2

Este fue el artículo que publiqué el Domingo pasado en mi columna semanal del Diario El Nacional.

COCINA E IMPERIALISMO

La etapa más sutil de cualquier conquista imperialista manejada con cabeza fría y sobre todo estrategia a largo plazo, es aquella en la que se decide exportar valores culturales que terminen por parecer propios y siempre he pensado que eso puede ser peligroso en tiempos de globalización feroz. Lo curioso es que de repente me encuentro ante una disyuntiva que me saca una sonrisa inevitable cada vez que la teorizo: quiero ser imperialista, peor aun, quiero exportar mis valores sin ninguna sutileza. Lo digo porque creo que en Venezuela hay grandes platos, grandes productos y muy buenos cocineros, pero como dijo un amigo en tono algo panfletario ¿de qué sirve decir que en el Amazonas hay un arco iris si sólo se enterarán los testigos del mismo?. Sentarnos un grupo de cocineros a hablar en una mesa de lo bien que lo estamos haciendo es sólo un intento pueril de viaje de egos. ¿Queremos que se sepa en el mundo lo que está sucediendo en Venezuela? Pues nos tocará entonces establecer de manera concertada estrategias claras y sobre todo descargadas de nuestra muy criolla visceralidad.

Más ha hecho el Chef Gastón Acurio por Perú que un millón de planes de Estado. Tan simple como que cualquier restaurante en el mundo que quiera considerarse de vanguardia tiene que tener un cebiche o un tiradito en su menú. Aún resuena su frase imperial en el congreso Madrid Fusión de este año: “en 5 años habrán 50.000 cebicherías en el mundo”. Pero el caso más emblemático se viene dando en España, esa que nos conquistó una vez y ahora nos remata a través de un plan, claramente proyectado desde el Estado para financiar su valor más importante: su cocina y sus cocineros. Nueve de cada diez cocineros del mundo deciden ir en este momento a España para culminar su formación y 10 de cada 10 fanáticos gastronómicos van a ir en algún momento a España sólo para comer.

Es muy importante entender que ese par de conquistas descomunales no se han conseguido de la noche a la mañana. Se da cuando los cocineros nos encontramos para ver un partido de fútbol y de paso terminamos hablando de nuestros sueños comunes y se da cuando nos reunimos para asentar lo que ha pasado y sobre todo para planificar los caminos del futuro. No exagero si digo que es una necesidad que nos exige la dinámica natural de las cosas.

Saco a colación una anécdota preciosa reciente. La gran Chef española Carmen Ruscalleda quien ostenta Tres estrellas Michelin, es decir la máxima clasificación que pueda darse en Europa, se topó en un congreso con el polémico Chef catalán Ferrán Adriá y ante todos se quitó el delantal, lo dobló y con parsimonia nipona se lo entregó diciéndole “¡Gracias Adriá!, por ti somos conocidos en el mundo los cocineros españoles”. Tenemos entonces que comenzar a doblar delantales y entregárselos a los Edgar Leal que hacen platos llamados Reina Pepiada en Beijing, a los Franz Conde que cocinan en Turquía en el Hotel más lujoso del mundo, a quienes se atrevieron a vender arepas en Nueva York, por nombrar algunos de tantos héroes anónimos y no tanto.

En todo caso ya lo comenté en esta misma columna el Domingo pasado, soy optimista porque siento que comenzamos a recorrer nuestro camino imperial. Hemos dado el primer paso, se nos está quitando la vergüenza.

Feria de Chocolate

martes, julio 11, 2006

Un comentario nada gastronómico

Murió Syd Barrett el fundador de Pink Floyd


Remember when you were young,
You shone like the sun.
Shine on you crazy diamond.
Now there's a look in your eyes,
Like black holes in the sky.
Shine on you crazy diamond.
You were caught on the crossfire
Of childhood and stardom,
Blown on the steel breeze.
Come on you target for faraway laughter,
Come on you stranger, you legend, you martyr, and shine!

You reached for the secret too soon,
You cried for the moon.
Shine on you crazy diamond.
Threatened by shadows at night,
And exposed in the light.
Shine on you crazy diamond.
Well you wore out your welcome
With random precision,
Rode on the steel breeze.
Come on you raver, you seer of visions,
Come on you painter, you piper, you prisoner, and shine!

lunes, julio 10, 2006

Palmadas en la barriga

www.ficcionbrevelibros.com

"Resulta que doy mucha importancia a la comida. Solamente personas muy humildes, o francesas, le dan tanta importancia. Algune vez oí a un peón de campo, don Juan P. Pees, que el patrón era esto o aquello, pero (y aquí se hacía un alto, para acordar el debido énfasis al reconocimiento) que no era mezquino con la comida del trabajador. Yo he oído con mucho asombro y diversión estas declaraciones que me parecieron marcar la extraordinaria humildad de quien las hacía. Pero ahora sé más al respecto. En Francia vivio feliz (entre otras razones) porque como bien. No se entienda que como sibaríticamente; no, aunque también como así; una sensación física que nos mueve a dar complacidas palmadas en la barriga. Otra prueba de la importancia que doy a la comida es mi enojo anoche, con Silvina, porque me arregló con verduritas, ñoquis y jamon frío".

(Adolfo Bioy Casares, Descanso de Caminantes, Editorial Sudamericana, Bs.As. 2001)

Partido de futbol de cocineros

Sírvanse una copa de vino y entren al BLOG DE ORIOL SERRA , un amigo mio que se ve que es bien ocioso ... ¡gracias a Dios!

sábado, julio 08, 2006

Panadería para niños

Uno de los cursos que me piden mucho es para niños, cosa que es muy difícil de preparar por los peligros que implican los niños en la Cocina, sin embargo estamos programando un curso ideal, donde no hay fuego ni cuchillos y además es delicioso:

"CURSO DE PANADERIA PARA NIÑOS", en este Curso sus niños aprenderán a hacer los panes dulces y salados que tanto les gustan (y nos gustan), aprenderán, se divertirán y los podrán hacer en casa con ustedes (los padres). Son sólo cuatro dias en un horario comodo.

Este cursos tendrá un maximo de 14 niños con edades comprendidas entre 10 y 14 años.

Deben traer unicamente: Delantal, Pañuelo o gorro en la cabeza , Envase plastico o bolsa para llevar lo que preparen o lo pueden comer aqui y salen ya almorzados

CURSO: PANADERIA PARA NIÑOS
PROFESOR: Maria elisa Romer (Chef profesora del ICC)
FECHA: DEL LUNES 17 al JUEVES 20 DE JULIO
HORARIO: De 8:00 am a 12:00 m
LUGAR: INSTITUTO CULINARIO DE CARACAS ICC
DIRECCION: Calle Choroní, Qta. La Guarimba, Chuao
COSTO: Bs. 240.000,oo (Doscientos Cuarentamil con oo/oo)

RESERVA DE CUPO: A través del mail: sylvias@cantv.net o del teléfono 0212-9922429.

PROGRAMA

LUNES 17
- Pan Canilla
- Tunjitas

-MARTES 18
- Pizza
- Pan de cambur

-MIERCOLES 19
- Trenza de Leche
- Cachito de Jamón

-JUEVES 20
- Cinammon Rolls
- Golfeados

jueves, julio 06, 2006

miércoles, julio 05, 2006

Columnista

Desde el Domingo pasado tengo en el DIARIO EL NACIONAL una columna gastronómica lo que me tiene muy (pero muy) emocionado. Lo que les coloco a continuación es el artículo de la semana pasada.

SOY OPTIMISTA

He tenido la suerte de ser testigo de excepción de los últimos 15 años de evolución gastronómica en Venezuela. Cuando comencé a cocinar, sin saberlo era copartícipe del final de lo que ahora hemos dado por llamar la vieja guardia francesa en Venezuela representada por grandes como Robert Provost o Pierre Blanchard… la misma que nos formó el gusto por lo bueno y lo perfecto. Pero también fui testigo del comienzo de una cultura gastronómica tremendamente venezolana, de eso se tratan los punto de inflexión. Se dio por casualidad pero fue una casualidad bendita. Nos devaluaron y sólo podían pagarnos a los venezolanos. Nos devaluaron y la trufa pasó a ser entelequia. Nos devaluaron y en nuestras cocinas apareció por primera vez el aroma de nuestras infancias y el mercado de Quinta Crespo.

Es verdad que mucho se viene discutiendo últimamente acerca de cocina venezolana y las tres preguntas del millón: ¿Existe?, ¿Debemos llamar venezolano a un plato nuevo inventado o a uno tradicional?, ¿Se puede hablar de un movimiento gastronómico venezolano a la manera de España?.

Difícil saberlo en lo que son los albores de una manera de ver nuestra identidad, pero ya es bastante impresionante que nos planteemos esas preguntas. Es muy posible, es más, estoy seguro, que se trate todavía de una simiente. Pero el que haya pensadores planteándose preguntas, el que recientes libros como “Memorias del Fogón” de Rubén Osorio Canales sean best sellers, o el que cada diario tenga un columnista gastronómico de la talla de un Armando Scannone, un Alberto Soria o un José Rafael Lovera ya habla mucho de un cambio radical.

En particular soy muy optimista ayudado por la manera en como se vienen dando las cosas porque es innegable que la restauración (vista como un arte-oficio-negocio) y en general todo lo que tiene que ver con gastronomía (producción, mercadeo, etc.) se alimenta de los que trascienden y siempre va hacia delante ya que en toda operación existen casos en los que se da un salto que genera de manera automática un nuevo estándar y a partir de allí todas las nuevas operaciones (de vida, de negocio, de pareja, de servicio, etc.) que se inventen se hacen con estas nuevas reglas no escritas. Por ejemplo en el caso de los restaurantes uno agradece mucho cuando sucede eso porque generalmente a nivel gastronómico las ciudades siempre van subiendo de calidad.

Esos nuevos estándares pueden ser por muchas razones como por ejemplo una nueva manera de respetar a los cocineros, una nueva forma de cobrar, un cambio dramático en la manera de diseñar un lugar, el uso de alguna forma de tecnología nueva o un cambio en la manera de producir un ingrediente .... a veces ... alguien lo logra casi todo en un mismo sitio y es en ese momento que se marca un hito y se logra finalmente la esquiva trascendencia.

Con esta columna sólo deseo eso, ir mostrándoles cada una de esas sencillas cosas que sumadas comienzan a volverse trascendentes a nivel gastronómico en Venezuela porque como esbocé al principio, pertenezco a ese clan mayoritario de optimistas que solapado mantiene un silencio obstinado y en eso no soy original.

Sumemos a esto el relanzamiento que está por venir, el cuidado de los productos que hacemos en búsqueda de perfección y el nacimiento de una generación de cocineros altamente especializados y es obvio que debo ser optimista. Soy, al igual que ustedes, parte del nacimiento de una nueva identidad gastronómica, ahora que hemos decidido tomar el testigo que nos dejó la generación anterior en una carrera de obstáculos que se corrió muy bien.

Exceso

Está en la calle el número de la revista EXCESO en el que sale una extensa entrevista.


Papelitos

Nos reunimos Héctor, Liselotte y Yo para hacer un gran recuento de lo que ha sido el último año de nuestra escuela de cocina y sobre todo para planificar los próximos dos años. Para ello nos encerramos en un salón de conferencias y fue realmente impresionante el directorio, cuando dijimos "sería bueno parar un ratico", ¡teníamos seis horas ininterrumpidas trabajando.

Planteamos algunos cambios curriculares pero como todo prela, tuvimos al final que hacer miles de papelitos que representaban a cada alumno y papeles que representaban las semanas con sus áreas y fue súper divertido jugar ajedrez con todas las fichas.

¡Vienen grandes cosas para nuestra escuela!

¡Soy Locutor!

Hace un poco más de 16 años entraba yo al Aula Magna de la Universidad De Los Andes para recibir mi título de Licenciado en Física y ayer entré al Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela para recibir mi Título de Locutor. Parece mentira, pero cuando me nombraron sentí el cosquilleo de estómago de cualquier estudiante recién graduado.

sábado, julio 01, 2006

Soy feliz

Mi Restaurante Sibaris va para dos meses y en ese tiempo son muchas las cosas que hemos tenido que adaptar o revisar ... es lo natural. Por suerte siempre he dado la sensación de ser abierto a las críticas y la gente me escribe con una frecuencia inusitada sus impresiones buenas o malas.

Una de las quejas más recurrentes era que el menú "prix fix" es impositivo por obligar al comensal a escoger tres platos. Debido a ello decidimos desde anteayer "abrirlo" y colocarle un precio fijo a los preludios, otro a los intermedios y otro a los finales de tal manera que cada quien se sintiera con la libertad de comer 1,2 o 3 platos.

Confieso que tomar la decisión me deprimió un poco porque de alguna manera era romper con un sueño teórico de más de un año de gestación ... pero pasó algo hermoso.

Anoche comieron en Sibaris 101 personas y de ellas ¡91 pidieron tres platos!... una razón más para amar a esta Ciudad generosa. Con eso mis clientes me daban un mensaje muy claro: ahora que no me obligas a nada, entonces pediré los tres platos porque quiero saber cual es tu propuesta.

De paso fue una noche en la que estuvo mi Padre (a quien veo muy poco), viejos amigos perdidos y de paso se aparecieron a comer 4 cocineros amigos (A. Belén Myerston, Paul Launois, Florencia Rondón y Carlos García).

Me acosté a las 2:30 am. y a las 7 me tuve que levantar para dar clases en la Escuela, así que soy un "zombie" ... pero un zombie feliz.