339 ÉTICA Y ESTÉTICA

Si a un usuario urbano le permitieran diseñar su motocicleta ideal, probablemente buscaría en ella características que solucionaran los principales escollos a los que se enfrenta. A saber: una en donde no se mojara los pies al pasar sobre un charco de agua, que tenga una guantera en donde guardar el impermeable y los repuestos básicos para no quedarse varado, que le permita sentarse tan cómodo como en una silla de casa y de ser posible un caucho de repuesto fácil de colocar. Ya que estamos quisquillosos, ¿porqué no un tanque de reserva de gasolina que le permita llegar a una gasolinera en caso de vaciarse el tanque principal?

Sólo el que usa algo sabe lo que le hace falta a ese objeto. Por ejemplo, un ciclista de ciudad sueña con una bicicleta cuya rueda trasera no le salpique la espalda al pasar por agua empozada, que tenga espejo retrovisor, que tenga algún invento mágico que evite que se enrede el ruedo del pantalón con la cadena, una sonora corneta que le avise al señor de adelante que está por abrir la puerta de su carro, posibilidad de ponerle una cesta para llevar paquetes, y que pueda quedarse parada cuando nos bajamos de ella.

Lo curioso es que esa motocicleta y esa bicicleta existen hace rato. La primera es la famosa scooter italiana y la segunda es la de cualquier señora europea. No solo eso, en ambos casos estos aparatos literalmente ideales son los menos costosos del mercado. Es extraño, pero nos ha dado por considerar estéticos aparatos que no cumplen su función cuando, desde mi punto de vista, lo más funcional siempre debería resultarnos lo mas bonito. Siempre fue así. Primero se resolvían todos los aspectos utilitarios de un objeto diseñado, y luego se ornaba. Jamás al revés.

En lo particular, desde que la cocina como espacio físico, se ha vuelto lugar fundamental de la casa en el plano estético, la miríada de objetos para exhibir que nos presenta el mercado es abrumadora. Pero esos mismos objetos-decoración de cocina se están volviendo una pesadilla. Muchas veces me pregunto si quienes los diseñan alguna vez han cocinado. Rara vez son apilables o caben en una gaveta y es impresionante la cantidad de veces que son menos eficientes que los “originales”. Soy cocinero y compro cosas de cocina para cocinar. Si un objeto, por ejemplo un sacacorchos, no cumple su función, no solo me parece una inutilidad sino un objeto realmente feo. Sonará básico, pero un tenedor antes de ser bonito debe ser eficiente a la hora de enrollar los espaguetis. El objeto utilitario más bonito de la tierra es el que muestra horas de uso.  Marcas y rallones que demuestran que vino al mundo para cumplir una misión. Desconfío de lo brillante en una cocina.

Hasta este punto se trata de la visión muy personal de este autor. Obviamente una persona posee todo el derecho de comprar un objeto bonito por bonito y más nada, o de salpicarse la espalda a la hora de montar bicicleta. Exhibir no es un delito. El problema que si considero grave es cuando el acto estético no solo atenta contra la eficiencia de uso, sino que también convierte al objeto en un desperdiciador de recursos escasos. Si sabemos como hacer autos que rueden 25 kilómetros con un litro de gasolina, no habrá poder en la tierra que logre hacerme entender porque alguien diseña un carro de ciudad con ocho cilindros o con diseño “bonito” pero poco eficiente para enfrentar la fricción del viento. Con los objetos de cocina pasa algo muy parecido. Cafeteras u ollas que tardan más en colar o hervir; o lo que más me angustia: objetos casi imposibles de lavar.

Cuando el agua era escasa (recordemos que el agua por tubería es un invento muy nuevo) todo objeto de cocina se diseñaba para ser lo mas eficiente a la hora de lavar. Tengo en mi casa una “vieja” cafetera greca y una licuadora de vaso liso de las que se les desenrosca la base. Igualmente vinieron a parar a mi casa una cafetera y una licuadora de diseño. No exagero al afirmar que las segundas necesitan hasta tres veces mas agua para ser lavadas apropiadamente. Dudo que sea un acto intencional del diseñador. Solo prueba que se trata de diseñadores que, aparte de jamás haber lavado un plato, les importa un bledo que el agua sea un recurso no renovable en franca merma global. Viéndolo desde un plano positivo, podríamos decir que pequeños ajustes en los objetos de cocina podrían ahorrarle a la humanidad millones de litros de agua por segundo.

El diseñador (gráfico) John D. Berry supo expresarlo de forma concisa al afirmar que “el diseño llama la atención sobre si mismo solo cuando falla. Cuando funciona es invisible”, y el diseño industrial llama mucho la atención sobre si mismo cuando el acto estético se divorcia de conceptos como obsolescencia, contaminación, dilapidación de recursos o entorno cultural. Es irónico, pero abogo por un mundo de objetos bonitos e invisibles.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Totalmente de acuerdo. Recientemente mi suegra se mudo y me regalo varios de sus tesoros de la cocina. En muy poco tiempo se han convertido en mis favoritos, precisamente por lo prácticos y sencillos que son.

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