Mi libro en formato electrónico



Amigos que están fuera del país, con mucho orgullo les comento que mi libro "12 pasos para cocinar la imagen de un país" editado por Planeta, ya puede adquirirse en formato digital en:

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Sólo en México y EEUU.

Copio la introducción del libro:
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CUANDO CAYÓ EL ÁRBOL

La Guardia es una pequeña población pesquera situada en el norte de Margarita, la isla más grande del estado venezolano de Nueva Es- parta. Vida tranquila de mar, totalmente alejada del frenesí turístico que la caracteriza. Las casas se apretujan en la orilla mirando hacia el oeste en dirección a las montañas de la península de Macanao, lo que convierte a La Guardia en lo que probablemente es el lugar más privilegiado para ver la puesta de sol. Salvo un pequeño trecho frente a la iglesia María Auxiliadora, la orilla no es de arena sino de canto rodado: piedras blancas perfectamente redondas del tamaño de huevos de tortuga. Es un lugar bastante silencioso, así que en las tardes, cuando uno se acomoda para ver la puesta de sol, el sonido de esas piedras que la marea arroja y recoge es el canon que envuelve con su sonido el ambiente. Es un lugar perfecto.

Soy oriundo de la ciudad andina de Mérida y para el año 2008 tenía yo 19 años viviendo en Caracas. Toda mi carrera profesional en cocina la había desarrollado allí y era inmensamente feliz en esa ciudad a la que tanto le debo y a la cual le estoy tan agradecido. Mi jornada transcurría en el Instituto Culinario de Caracas, la escuela de cocina que fundamos el cocinero Héctor Romero y yo, y justo una día de clases sonó el teléfono y con esa llamada cambiaría todo para mí. Nada volvería a ser igual: “Mi amor, acabas de comprar la mitad de un apartamento en Margarita”. La voz era de María Fernanda Di Giaccobbe, una de las grandes chocolateras de Venezuela, mi hermana de vida.

Con su risa contagiosa me decía que había visto el lugar más lindo de la tierra y que, como no tenía dinero para comprar ella sola el apartamento, lo íbamos a comprar entre los dos. Así es como terminé siendo dueño de la mitad de 40 metros cuadrados en La Guardia, ese lugar perfecto en la isla de Margarita.

En la Semana Santa del año siguiente estábamos en ese lugar mi esposa Sylvia y yo viendo el atardecer. Lo único que rompió el silencio fue un lugar común que escapó de mi boca.
−Cuando sea viejo me voy a retirar a este lugar.

Y Sylvia, sin verme, con la mirada puesta en las montañas enrojecidas que se reflejaban en la ensenada de La Restinga en un atardecer único, me dijo la frase que a partir de ese momento desencadena- ría una sucesión de eventos que no estaban en nuestras manos:
−No entiendo por qué la gente piensa en mudarse al lugar de sus sueños cuando ya no tiene fuerzas físicas ni ánimos para emprender cosas nuevas. A un lugar así no me retiraría, sino que esperaría que aquí me encuentre el retiro.

Era abril de 2009 y cuatro meses después habíamos vendido nuestra casa en Caracas, cambiado de colegio a mis hijas, comprado una casa en La Asunción (capital del estado Nueva Esparta, situada en el medio de la isla, al pie del cerro Copey, el más alto) y entre asustados y expectantes, el primer amanecer nos levantamos en el que desde ese momento ha sido nuestro hogar. Con una vida hecha y tranquila, quemamos las naves y la apuesta nos cambió la existencia. Vinimos buscando paisaje y terminamos encontrando resistencia cultural. Vinimos migrando tras una puesta de sol y terminamos entendiendo que en la gerencia de las propuestas culturales gastronómicas está subyacente la posibilidad de construir y reconstruir un mundo donde la celebración de lo que somos permita que al vernos en el espejo sintamos que somos un colectivo hermoso. Desde entonces, para mí la cocina no es solo fogón y mesa, sofrito y cubierto, sino el laboratorio para recorrer el camino metodológico que nos lleva a entender quiénes somos y por qué queremos estar juntos.

II
Todos tenemos fantasmas, necesidades de cambio, ganas de ayudar y de insertarnos más activamente en procesos, angustias; en n, construcciones ideológicas que vamos edificando de manera inconsciente y que a oran con contundencia cuando se dan condiciones específicas. Semillas dormidas que, una vez en tierra fértil, nacen y nos sorprenden.

En mi caso, esa angustia era ecológica. No sabía que los des- manes contra la Tierra me tenían tan profundamente atormentado. La mitad de mis escritos en la última década tienen que ver con ello, pero siempre pensé que se trataba de un problema tan grande que mi labor era solo la de espectador y eventual cronista del Apocalipsis. La única acción concreta que recuerdo a favor de la naturaleza era cerrar el grifo al afeitarme. En una ciudad como Caracas, que ni siquiera cuenta con políticas de reciclaje, no es mucho más lo que se puede hacer, así que honestamente trataba de no pensar en ello.
Esa angustia era mi semilla dormida y la isla de Margarita resultó la tierra que hizo que, para mi sorpresa, me encontrara con esos fantasmas y decidiera domarlos. Ha sido un proceso pausado de reinvención. Uno que me ha llevado a dejar el auto y movilizarme solo en bicicleta, a guardar en el refrigerador de mi apartamento la basura orgánica para, luego, sumarla a las de mi escuela de cocina y restaurante que tengo en la isla y convertirla en abono, a reciclar todo el vidrio que descartamos, a comer carne sobre todo cuando me invitan para ayudar a reducir la presión sobre la tierra, a defender ferozmente los procesos agroecológicos de cultivo.

La isla de Margarita me impulsó a cambiar cuando ni siquiera sabía que quería hacerlo, y me permitió entender que los cambios globales están en nuestras minúsculas manos individuales. Cambia uno y en el proceso trata de sumar esfuerzos con quienes están tras las mismas búsquedas. Y un día te das cuenta de que eres parte de un colectivo que ve posible un mundo, si no mejor, al menos un poco más justo.

III
Este libro trata de cómo seguir una metodología para cohesionar colectivos alrededor de la celebración de sus virtudes intangibles, y lograr con ello la sinergia que lleva a que una calle o una ciudad o un país sean reconocidos, emulados y celebrados. Todos queremos que nos reconozcan por nuestras bondades y, por el contrario, nadie desea conscientemente sentirse feo.

La inteligencia colectiva es compleja. Si nos dicen cada día que no servimos para nada bueno, terminamos por convencernos de que así es y comenzamos a actuar en coherencia con ese sino negro. Si, simplemente, jamás nos celebran los logros, llega un momento en el que no nos provoca seguir haciendo cosas y sin darnos cuenta vamos borrando un pasado de glorias; en cambio, si nos celebran, tarde o temprano descubrimos de qué madera estamos hechos y nos sentimos tan orgullosos que viciosamente vamos en pos de aquello por lo que nos aplauden. Verse bonito al espejo es bonito, aunque resulte redundante. No hay que subestimar el poder que tiene la autoestima.

Pero aprender a celebrarse va mucho más allá de la buena intención y de quererlo: es un método. En pocas palabras, todo pro- ceso de gerencia cultural abre posibilidades embriagantes, pero esas posibilidades solo estarán al alcance de la mano en la medida en que encaremos el plan de forma ordenada.

La última década he tratado de entender la mejor manera de ordenar los momentos grandiosos que he visto en la calle. Aquellos en los que nos hemos sentidos invencibles. Lo curioso es que el inicio de todo este proceso se dio el día que vi caer un árbol. Es casi una ironía que después de más de un cuarto de siglo siendo cocine- ro, lo que considero mi etapa más madura vino dada por la semilla ecológica que crecía en mí como un ansia que me dejaba sin aliento.

“¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!”. Ese era el sonido del hacha a medida que talaba un gigantesco árbol de pan de año y, con el crujir de la base al caer, entendí que poco a poco nos vamos quedando sin árboles frutales porque les perdimos el respeto. Quiso la divina providencia que el árbol caído fuese ese y no otro. Pudo haber sido uno de lecho- sa o de mamey, pero tuve la suerte de que se trataba de uno de pan de año. Tal como lo es el araguaney para Venezuela, el de pan de año es el árbol emblema de la ciudad de La Asunción. Lo es porque hay un enorme recetario popular que se hace con su fruto, ese con forma y tamaño de patilla y con una carne que recuerda a la papa.

Cuando no haya árboles de pan de año tampoco habrá cómo llevar a cabo esas recetas. Más triste que ver desaparecer un hecho cultural es constatar que se va apagando poco a poco. Es como una pesadilla. Amanecer un día y darnos cuenta de que nadie recuerda un villancico. Amanecer otro para descubrir que murió el último señor que sabía bailar joropo. Acostarnos sin saber si alguna vez tuvimos algún poeta cuyo nombre, escuchado de bocas extranjeras, bastaba para henchirnos de orgullo. No saber qué contestar cuando alguien nos pregunte cuáles son nuestros platos típicos. La peor pesadilla de todas: la de saberse y sentirse transparente.

Gracias a ese árbol caído mi esposa y yo inventamos en nuestra calle un festival de recetas con pan de año. Pensamos que si la comunidad volvía a sentirse orgullosa de su recetario, no iba a querer tumbar el árbol. Inventamos un festival para que la gente se reenamorara de un árbol y por accidente descubrí que el acto de celebrar la vida iba volviendo cada vez más bonito mi entorno. Comprendí que no hay nada más poderoso que muchas personas convencidas al unísono de que son capaces de hacer cosas. ¡Es una fuerza indetenible cuando finalmente arranca!

La cocina es mi espacio natural por ser mi oficio y Venezuela, el lugar para entender y entenderme porque aquí están mis voces, mis cantos, la poesía, mis olores y mis bailes, todo aquello con lo que crecí. Pero, como bien sugiero, creo que es posible lograr que el co- lectivo sienta orgullo de sus intangibles a través de una metodología replicable en cualquier ámbito. Desde una calle parroquial hasta un poblado, desde una región completa hasta ese Santo Grial que es la marca-país. Me consta que cuando los vecinos de una calle hacen un festival gastronómico terminan por conocerse, por ser solidarios, se saludan y terminan creando emprendimientos conjuntos. Me consta, igualmente, que es un proceso contagioso.

He tenido la suerte de ser testigo de cómo lo logran otros y, con mis aciertos y errores, los he tratado de emular. Con el tiempo he entendido que lograr una marca-país alrededor de la gastronomía pasa por un camino de 12 pasos: describir lo que somos, defender lo que hemos logrado, celebrar nuestras virtudes, detectar quiénes nos representan, emular los aciertos de otros, construir nuestro propio lenguaje, hacernos constantemente preguntas éticas, entender que nuestra casa es la Tierra y que sin ella todo trabajo se pierde, intentar exportar nuestra cultura, de aquellos símbolos con los que habremos de ser conocidos y reconocidos, construir un proceso marcario desde el cual catapultarnos y, finalmente, documentar sin parar para que nos recuerden los que han de venir.

12 pasos. La construcción de un mundo posible. De eso se trata este libro.

Comentarios

Jonathan Vasquez Castellano ha dicho que…
Leere ese libro para fijar aun mas esos doce paso y poder asi concretar en mi vida lo q se lee en ese ultimo parrafo, Orgulloso de ser Venezolano #YoCocinoVenezolano

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