jueves, agosto 26, 2010

DÍAS DE AREPA

Los imagino. Chiquititos ellos. Inquietos a más no poder. Los imagino en su primera semana de clases. Imagino, que cada uno de varios días, estará dedicado exclusivamente a enseñarles como hacer arepas. Imagino sus miradas concentradas tratando de emular la perfecta redondez que sale de las manos expertas de la cocinera. Imagino que al terminar la jornada, como polizones, habrán entrado en sus cabecitas curiosas, conceptos que apenas soñé en mi adultez.

En ese salón de clases habrán niños de diferentes partes del país. Todos gritarán ¡siiii! cuando la cocinera les pregunte si saben lo que es una arepa; y con ella vendrá escondida, como polizón, la consciencia más pura de pertenencia, encubierta en la frase: “Venezolanos somos los que comemos arepa”.

Al otro día, entrará un maestro y les enseñará que ese polvo mágico que se trastoca en plastilina al contacto con el agua, en realidad es polvo de maíz. Y con pilón en mano jugarán todos en medio del griterío de los ¡Yo primero! a volver polvo el endurecido maíz y con las arepas de ese día vendrá, como polizón, la consciencia de que en realidad somos hombres y mujeres de maíz, y el orgullo de saber que el maíz y la papa se fueron en barquito a donde no los había. Sabrán que Colón era un señor gordo y bravo al que le dimos comida porque en su país había mucha hambre… y estarán orgullosos.

Sucederán los días. Días de arepa. Un día entrará un señor serio de bata blanca. En una mano ceniza, en otra cal. Les enseñará sobre reacciones químicas y todos quedarán embriagados con el sabor cenizo y crujiente de una arepa pelada. Ese día, como polizón, habrá entrado en sus cabezas, no sólo las ganas de la alquimia transformadora, sino la certeza de que los pueblos poseen sus propias técnicas y es el aprendizaje de ellas, lo que nos permitirá enseñarles a otros nuestra unicidad de muchedumbre conocedora.

Pasarán los días de arepa. Cada uno de los niños aprenderá a perfeccionar la técnica y comenzarán a tener mañas. Unos sin masa, otros planas, el de más allá con quemadito. Con el perfeccionamiento de la arepa y la construcción de gustos particulares en medio de la generalidad, entrará, como polizón, la certeza hermosa de que independientemente del derecho a poseer valores individuales, existen conceptos de unidad nacional que nadie discute como propios.

Al año, los niños ya se habrán enterado –por culpa de las emanaciones embriagantes del edificio contiguo- que los más grandes están cocinando otras cosas. A ellos no les habrá llegado aún el momento. Primero es necesario entender que aunque existan woks, sartenes y ollas; únicamente es el aripo curado con paciencia (o budare como dicen las madres de algunos) y los hornos de latón de la carretera entre Carora y Barquisimeto, los que logran la perfección a la que ya no están dispuestos a renunciar. Por esos días, días de arepa, habrá entrado un nuevo polizón: El perfeccionamiento de las tecnologías populares es el que ha hecho grande a los pueblos. Ese día les contarán que hubo un poeta llamado Aquiles Nazoa que creía en los poderes creadores del pueblo.

Pasarán los años. Años de arepa. Todo entramado de acervo se edifica con un muro de ideas y las clases de cocina serán cada vez más complejas. Para entonces los muchachos habrán pasado por conocer, como polizón, la complejidad detrás del concepto de denominación de origen, gracias a las clases impartidas sobre quesos frescos y sus regiones y tendrán rato aprendiendo los grandes platos de la tradición venezolana. Lengua en salsa, esquiva receta de caraotas refritas, asado negro, pernil que se derrite en la boca, cazón exquisito engalanado con manto de onoto, carne mechada. La arepa se rellena y la única manera de lograrlo es llevando tarea a casa y preguntarle a nuestras familias por su recetario. Para entonces, las arepas serán acorazados cargados de polizones. Uno por cada receta aprehendida.

Llegarán los tiempos finales del bachillerato y de comenzar a volar. Entenderán que detrás del éxito económico está presente un código de barras, la necesidad de estandarizar, lo replicable, los procesos industriales; y al voltear la mirada hacia el paquete de harina precocida, reirán con picardía al saber que, como polizones, cada uno de esos conceptos les fue inyectado con cada paquete amasado.

Y llegará el día, en el que algunos de ellos decidan emigrar y querrán montar un restaurante en el exterior. Ya no estudiarán folletos de franquicias probadamente exitosas. Con las palabras pelua, sifrina, llanera, pepiá, viuda, budare, pelada, pilada y amarillo; vendrán, como polizones, muchos días de arepas rellenas de país.

@sumitoestevez

jueves, agosto 19, 2010

¡TRES LIBROS!

El que existan publicaciones gastronómicas en un país, no sólo es fundamental como acto que garantice a perpetuidad la memoria histórica de su propia cultura -hecho trascendental a la hora de erigir un concepto de identidad- sino que, a la par de la diáspora que monta restaurantes en el exterior y de políticas de estado de promoción, ha pasado por ser uno de los elementos protagónicos a la hora de lograr una internacionalización real de la gastronomía de las naciones.

La velocidad y la expansión de la cocina como acto cultural mediatizado ha resultado ser vertiginosa en nuestro país en las últimas tres décadas; y tratándose de una espiral ascendente, podemos afirmar que ello ha redundado tanto en calidad como a la hora de encauzar la filosofía de lo que se pretende hacer con el conocimiento popular que emana desde libretas manuscritas y fogones maternales.

Quizás, el único elemento en el que claramente nos encontramos rezagados, si hacemos el ejercicio de compararnos con los esfuerzos de otros países de referentes gastronómicos, es en el plano editorial. Basta con voltear la mirada hacia nuestras propias bibliotecas de coleccionistas de recetarios, para que la desproporción salte a la vista sin mayor esfuerzo. Es justamente ésta realidad la culpable del título eufórico de este artículo. Tres libros sobre cocina venezolana han irrumpido de repente en la escena. Tres libros, además de muy generosos en cuanto a calidad editorial, que abarcan tres aspectos de la cocina disímiles pero complementarios: Acervo histórico desde un plano regional, lo que hacen los oficiantes actuales y el magno trabajo enciclopédico que nos retrate desde la a hasta la z.

I

Uno acaba de salir del “horno”, y merecidamente la repercusión que está teniendo el libro Entre Gustos y Sabores (Costumbres Gastronómicas de Venezuela) es avasallante. El libro es producto de la investigación enciclopédica de una de las plumas más inteligentes de nuestra escena como lo es Rafael Cartay, y fue editado en conjunto por la Editorial El Nacional y la Fundación Bigott. No exageramos al afirmar que éste libro está llamado a convertirse rápidamente en un hito que complementará en nuestras bibliotecas libros tan importantes como Mi Cocina de Armando Scannone. Varias veces habíamos comentado en esta columna la importancia de regionalizar el discurso gastronómico debido a que desde los tiempos de “Geografía Gastronómica venezolana”, escrito por Ramón David León hace casi 60 años o múltiples trabajos de investigadores (por ejemplo el maravilloso libro “Fogones y Cocinas Tradicionales de Venezuela”, escrito por la dupla de Daría Hernández y Cecilia Fuentes), no hemos contado con un libro de difusión masiva que muestre lo que somos y comemos en nuestros 23 estados, distrito metropolitano y región insular. Un libro de esos que se compra, se envuelve en papel de regalo y se le regala a un extranjero que nos visita. Uno que siempre esté –manchado de restos de asado negro y cazón- reinando en nuestras cocinas. Rafael Cartay nos lo dio y está en las librerías.

II

La evolución de la cocina de autor en los países suele ser un acto particularmente efímero si no se documenta, de allí la trascendencia en el gesto del grupo comercial Bal-Sam, quienes han financiado el libro “Cocinas y autores de la gastronomía venezolana actual”, con prólogo del mismísimo Armando Scannone y la participación de trece cocineros que, con fotos de excelente calidad y generosidad en las explicaciones, hacen una radiografía excepcional de la calidad de las propuestas que las nuevas generaciones vienen planteándole país.

III

Finalmente, pero no menos importante, les invito a visitar la página www.lasrecetasolvidadas.com, y ser testigos del esfuerzo maravilloso de Gamal El Fakih Rodriguez, quien desde Canadá publicó tanto en español como en francés el libro “Las recetas olvidadas de los andes venezolanos” con fotos que quitan el aliento de Jean-Luc Crucifix y prólogo –nuevamente- de nuestro admirado Rafael Cartay. Nos deja el autor no sólo un esfuerzo de mucha calidad sino una enseñanza poderosa: si cada uno de nosotros se avoca a la tarea de colocar en papel la infancia gastronómica, a la vuelta de la esquina tendremos un mapa maravilloso de sabores que mostrar. Su venta, por el momento, es en Canadá. Nuestra obligación traerlo.

Se acercan los días en los que las vidrieras de nuestras librerías se llenarán de nuestros propios libros ¡Tiempos felices!

@sumitoestevez

viernes, agosto 13, 2010

OLIENDO A LA ARGENTINA DESDE EL PARANÁ

El oficio me montó en un avión hace 8 años con rumbo hacia la hasta entonces desconocida Argentina, sin que pudiese imaginarme que ese sería el primero de una andanada continua que por suerte no para. Su capital que se ha cargado de querencias, de calles, de familia… pero siempre me faltó una pieza en el rompecabezas afectivo que he venido construyendo: Los olores emanados de sus fogones.

Una de las grandes enseñanzas que posee Argentina para el mundo, es su capacidad para mercadear y popularizar valores absolutamente intangibles. El país austral está lejos y aun así es muy impresionante la magnitud de elementos iconográficos que se conocen prácticamente en cualquier lugar del orbe: Vino, tango, el mate con su boquilla que pasa de boca en boca, la camisa de la albiceleste, Evita, el asado (no como plato, sino como concepto) o el muy pop Che Guevara de franela y bolso, son una sucesión de conceptos que han hecho de la Argentina uno de los países más conocidos de la tierra. Ello resulta más extraordinario si entendemos que se ha logrado sin apelar al turismo masivo (un fenómeno reciente para el país) o al uso como gancho de una naturaleza muy atractiva. Me arriesgo a decir que la Argentina es el país más iconográfico que existe en Latinoamérica, y no hay que ir demasiado lejos en el análisis para entender el inmenso valor monetario que posee hoy en día simplemente ser conocido en un contexto globalizado.

La ausencia de elementos gastronómicos dentro del catálogo iconográfico del país llama particularmente la atención si entendemos que casi todos los países del continente han terminado por resultar conocidos en el plano turístico invocando a su gastronomía como el elemento intangible a mercadear (La arepa en Venezuela o el taco en México, por ejemplo); lo que no es para nada ilógico una vez que ha quedado claro que por encima de la grandiosidad de la naturaleza como atractor natural, es en las empresas de servicio en donde recae la tarea de lograr que un país sea escogido por visitantes, e indudablemente la hostelería –y por ende la gastronomía del país- terminan por ser banderas a ondear. Siendo honestos, luego de tantos años aun no había logrado entender exactamente que es la cocina argentina. Descartando el asado, la empanada y el chimichurri, es complejo establecer una identidad gastronómica inequívoca desde una Buenos Aires en la que milanesa, ensalada de hojas verdes con aceto y ñoquis reinan imbatibles en la psiquis colectiva; lo que no deja de resultar curioso en un país de semejante inmensidad y con la bendición de poseer cuatro estaciones climáticas claramente marcadas.

Como siempre, cuando se trata de gastronomía, la gran lección no llega desde las capitales sino desde la mesa femenina y doméstica de sus regiones. Acabo de terminar un recorrido por la Provincia de Misiones, atraído inicialmente por el ruido caudaloso de sus famosas Cataras de Iguazú, y regreso enamorado de un río Paraná que entrega riqueza, de una selva incontenible de yuca y sobre todo del legado Guaraní que con su sapiencia infinita está presente desde los siglos con sus técnicas de fogón y leña.

Entrar a un supermercado en Posadas es estar ante la presencia permanente de una especie de polenta hecha con harina de maíz llamada “Sopa Paraguaya”, ir de paseo a las afueras es esperar que junto al mate salga de una cesta un humeante Mbeyú hecho con harina de yuca, queso y mantequilla (se parece a una Naiboa). Que un colectivo se pare en una alcabala es ver a un chico entrar y ofrecer Chipá, el pan emblemático del que nadie desiste. Colarse furtivo en un desayuno es esperar un Reviro (bolitas de harina cocida con grasa) que saltó desde el hambre de los jornaleros hasta los hogares misioneros. Tener suerte es ser convidado con Jopará, magnifica sopa de granos y tubérculos antecesora precolombina de los cocidos europeos. Ir por la calle es ver puestos en donde el pan Chipá abraza palos que se llevan al fuego de leña y son conocidos por el vocablo Guaraní para nombrar a las lechuzas: Caburé. Sentarse a la mesa en un restaurante es que ofrezcan invariablemente Surubí, bagre orgulloso y robusto que pareciera que no se agota en un Paraná que amó Quiroga desde la orilla.

En Argentina, como en casi toda Latinoamérica, los cocineros tienen la tarea pendiente de voltear hacia la gran fusión entre técnicas y despensa originarias y técnicas colonizadoras, conservadas magistralmente en las casas de la mal llamada provincia. Mientras eso sucede, nos queda viajar, conocer el norte argentino y entregarse al asombro.

@sumitoestevez

domingo, agosto 08, 2010

Menú del Comedor-Caracas del 12 y 13 de Agosto del 2010

NOTA IMPORTANTE: Debido a un evento privado, ésta semana nuestro Comedor de Caracas únicamente abrirá los días Jueves y Viernes ¡Los esperamos!


MENU COMEDOR 12 y 13 de Agosto 2010


ABREBOCA

Atún curado con aceite cítrico, mango, aguacate y falso caviar de pimientosasados


ENTRADAS

Sopa de tomate con mozzarela cerecita, tostada de pan de miga y queso parmesano gratinado

Ensalada de rúgula con jamón serrano, queso de cabra, tapenade e higos caramelizados


PRINCIPALES

Cochinillo confitado con puré de celery y chutney de frutos secos

Arroz meloso de camarones, pollo glaseado y anguila con guisantes tiernos


POSTRE

Piña caramelizada con helado de jengibre, avellana, miel y vainilla


POR FAVOR RECUERDE QUE:

* Únicamente abrimos las cenas de Jueves a Sábado (Ésta semana no abriremos el Sábado)
* No tenemos parquero
* No tenemos venta de alcoholes
* No tenemos punto de venta para TC y TD
* Precio del menú: 190 BsF.
* Descorche de vino blanco u otras bebidas: 50 BsF.
* Descorche de vino tinto: 0 BsF.
* Telf. +58-212-9922429
* reservacionescomedor@gmail.com

viernes, agosto 06, 2010

¡Quiero estar en Mondeque!

Yo sigo cocinando por Uruguay pero confieso que tengo unas ganas enormes de pasarme por nuestro Comedor Mondeque de Isla Margarita en donde, aparte de los platos de pescado de siempre, deben estar por sentarse los comensales alrededor de la mesa con conchas frescas (ostras de mangle, arrechones, madres perla, etc.) ¡Abriéndolas al minuto con sus goticas de Tabasco y de limón!

De paso como arrancó la temporada, casi saboreo ese pulpo fresco de hoy.

Me contaron también que mi compañero de cocina desde hace 10 años (El Chef Héctor Romero) estuvo por allá la semana pasada y dejó nada más que:

- Sashimi de carite bebe y cojinua bebe y textualmente me dijo hoy por
teléfono mi socio Mauricio Della Porta "casi llego vivo al negocio"

- Fondue de pescado (opción valedera para los románticos y los que le tienen miedo al pescado crudo o marinado)


¡En una semana estaré comiendo esas maravillas!


COMEDOR MONDEQUE
TEL: +58-295-9880859
Av. Ppal. Joaquín Maneiro
Pampatar
(Entre Licorería Villamar y Frutería El Guácharo)