LA CALLE MANDA: PROPUESTA DE ORGANIZACIÓN POPULAR
I
(Una anarquía no tan anarquía)
A lo largo de varias décadas he visto en Italia una forma de organización popular que bien podría ser una gran idea para Venezuela. Sin intereses comerciales que obliguen a casarse con marcas y sin la pesadilla de tener que pagar con eslóganes al político de turno lo que debería ser su trabajo. Las marcas piden exclusividad y los políticos creen que se ganan su salario por “hacer favores” al pueblo.
Suena a que vengo con una propuesta anárquica, pero déjenme contarles que es lo que he visto en Italia y porque creo que es una gran idea para Venezuela.
II
(Camogli, región de Liguria)
Camogli es un pequeño pueblo de pescadores (o más bien lo fue) de 4000 habitantes, que mira al mediterráneo en la costa del Levante de La Liguria: Con sus edificios antiquísimos pintados de muchos colores ha terminado por ser lugar obligatorio de visita. De hecho el nombre del pueblo significa “Las Casas De Las Mujeres”, haciendo referencia a que cada casa tenía un color para que los pescadores al volver supieran desde alta mar en cual lo esperaban. Allí tenía casa la familia de mi esposa y allí ella ha pasado muchas temporadas desde niña. Por eso lo conozco bien.
Camogli, antes de volverse uno de los lugares más de moda entre los turistas, era un lugar bastante humilde y en la posguerra pasó muchas penurias económicas. Es así como en 1952 un abogado del pueblo tuvo la idea de hacer una feria de calle en donde puso 6 pequeños sartenes para freír pescado y regalarlo en conos de papel. Simplemente quería que sucediera algo bonito en su calle para subir el ánimo de todos. Para su sorpresa, vino una multitud.
El cuento es largo, pero resumiendo les comento que hoy en día esa festividad, que se hace el día de San Fortunato, convoca 30.000 personas que hacen fila para comer pescado frito que sale de una sartén especial de 4 metros de diámetro. Es absolutamente fascinante verlo, pero lo más fascinante es ver a los vecinos trabajando codo a codo para que los visitantes se vayan con una bella impresión de su pueblo.
Obviamente al convertirse en algo tan grande ya es necesaria la intervención del estado por razones de seguridad ciudadana, pero el espíritu sigue siendo el mismo: organización popular gestionada por vecinos y pescadores.
III
(Montelpucciano, región de Toscana)
Hace aproximadamente 20 años tuve la fortuna de caer por casualidad en un evento de calle que literalmente fue la génesis de mucho de lo que hice posteriormente. Estábamos mi esposa y yo con las tres niñas de paseo en Italia y fuimos a Montepulciano. Una bellísima ciudad medieval en una colina a 600 metros sobre el nivel del mar que es habitada por 12.000 personas. Resulta que esa tarde que fuimos a conocerla había un evento de calle.
Los vecinos de las diferentes calles se habían organizado para vender un plato en su respectiva zona y uno los comía en largos mesones compartidos al aire libre. Era muy hermoso ver la competencia entre calles para ganar tu atención. El dinero que recogía cada comunidad de vecinos era para financiar alguna necesidad que apuntara al bien común. Pintar fachadas, arreglar un parque, etc.
Ver una fiesta masiva, colectiva, explayada a lo largo de un pueblo, organizada sin ninguna necesidad de gobierno o de financiamiento fue para mi un momento de epifanía.
Años después nos mudamos como familia a la Isla de Margarita y en la capital, La Asunción, construimos nuestra escuela de cocina. La Asunción está a la base de una montaña, es verde, de casas coloniales. Poco visitada porque no tiene playa y para visitarla hay que desviarse.
Uno de los pueblos más hermosos de Venezuela.
En nuestra calle organizamos una primera feria inspirados en lo que habíamos visto en Montepulciano. Esa feria llevó a otra y a otra y a inclusive festivales que organizamos como el del Pan de Año o el de Cocina en Barro. Cuando finalmente intervino la Alcaldía para apoyar (y fue un gran apoyo) ya el concepto de organización le pertenecía a los vecinos.
Los vecinos organizados y orgullosos de sus calles agradecen el apoyo político o de la empresa privada, pero la balanza es distinta porque se trata de gente que se suma a algo que ya existe y esos vecinos saben que puede continuar sin ellos.
IV
(La Sagra de Favale di Malvaro)
Este año de 2026 asistí a uno de los festivales más hermosos que he visto de este tipo. Fue en una ciudad de montaña en Liguria que se llama Favale di Malvaro. Allí viven 400 personas y ese día de septiembre éramos varios miles de visitantes caminando sus angostas callejuelas.
La feria se llamaba “de los oficios antiguos”. Que cosa tan hermosa. Estaba el que sabía hacer vino, quien sabía cocinar un plato típico, el carpintero, quien te enseñaba a hacer tejas de piedra. Inclusive mesones con muchachos que jugaban juegos antiguos de mesa con los niños, para que sus papás pudieran visitar el pueblo tranquilos. En una esquinita una pareja de esposos viejitos cuidaban un potaje que se cocinaba sobre leña. En cada puesto te daban comida y uno ponía en una cajita la cantidad de dinero que quisiera. Nadie te cobraba y podías tomar todo gratis, pero obviamente todos dejábamos en esas cajitas un euro, dos euros. Supongo, eso no lo sé, que al final todo ese dinero se iba a juntar para algo que necesitaran como comunidad. Era litúrgico.
El estado, el gobierno, participaba tratando de ordenar el tráfico y poniendo una ambulancia por si acaso. Cero propaganda política. Vecinos que se habían puesto de acuerdo, comprado ingredientes, literalmente cocinando frente a sus casas ¡Todo un pueblo!
….
Este tipo de eventos, como los tres que he descrito, se llaman en italiano “sagras”. La palabra viene del sacrum latino (jornada sacra) y en Italia existen, según un listado sacado por el ministerio de turismo, 20.000. No me equivoqué poniendo un cero de más, lo escribo en letras: veinte mil. Eso son 20.000 pueblos, 20.000 comunidades de vecinos, que se organizan para que la gente los visite, para estrechar sus propios lazos vecinales y para buscar, al menos por un día, el bien común y no el individual.
V
(Venezuela 2027)
¿Qué se necesita? Pedir permiso para cerrar una calle por algunas horas, darle un nombre al día, decidir que se venderá, hacer una colecta para las compras, salir todos los vecinos a participar, decidir que se hará con el dinero, y hacerlo todos los años.
Así de fácil.
Imaginemos a una Venezuela en la que 20.000 pueblos, desde Táchira hasta Bolívar, desde Vargas hasta Amazonas, una vez al año celebren lo que son.
No es irreal. Mucho menos imposible.
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