LA CARAVANA ESCUELA
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(Las manos de Daniel)
Yo estaba a un par de horas de dejar la casa de mi Papá para regresar a Italia después de una breve visita a Venezuela, y a la casa llegó Daniel para entregarme un regalo. Una sartén de hierro. A Daniel no lo conocía, así que al verlo sencillamente no podía despegar los ojos de sus manos. Callosas, curtidas de negro en cada arruga, uñas muy cortas y negras pero limpias. Hacía mucho tiempo que no veía manos así. Le ofrecí café y Daniel me contó su historia. Escribo al día siguiente de esa conversación para no olvidar.
I
(Y Daniel lloró)
Daniel se formó como forjador de metal. Un trabajo duro en donde gruesas piezas de metal son ablandadas con el poder del fuego, para que luego golpes y golpes de martillo contra un yunque les vayan robando la forma.
Todos henos visto la escena medieval del hombre fornido de brazos desnudos y manos cubiertas de guantes de cuero, que vistiendo su pesado delantal saca del carbón un trozo de metal al naranja vivo y le cae a golpes repetidos y furiosos contra un yunque. Así la humanidad hizo clavos, bisagras, aldabas, cierres, espadas, ollas, herraduras de caballo. Fuego y golpe. Golpe y fuego.
Daniel es uno de ellos. Se formó desde muy joven para eso y ese ha sido su único oficio. Como todo miembro de esa extraña gente que vive a mitad de camino entre arte y oficio, hizo talleres con maestros y viajó a otros lugares para formarse.
Daniel ha vivido toda su vida en una zona de campo en las afueras de la ciudad de Mérida y allí conoció a una alemana que hacía pasantías en una finca. Tiempo después Daniel fue invitado a una feria de formadores en Alemania y la llamó. Para hacer el cuento corto, ese encuentro evolucionó al punto que Daniel decidió mudarse con ella. O eso creía él.
En el año 2018 Daniel había vendido cosas, ahorrado, trabajado, y finalmente tenía los 12.000 dólares para irse a vivir a Alemania. Era el momento del pico de la crísis del hambre y la pobreza en Venezuela.
Daniel subió con su hijo de 9 años a visitar a un amigo agricultor, arriba en el frío páramo. Faltaban tres días para irse de Venezuela, y encontró a ese amigo agricultor increíblemente flaco. He pasado mucha hambre Daniel, eso le dijo. Los campesinos ya no tenían acceso a electricidad y tampoco tenían gasolina para bajar su cosecha. Para no perder lo sembrado ese amigo cargó los sacos en sus 20 caballos y bajó por la carretera asfaltada. Una carretera que destruyó lo que quedaba de las herraduras, que hace rato habían desaparecido del mercado, y a sus caballos se les abrieron las pezuñas. Un caballo herido así se echa, echado así no come, sin comer muere. Solo sobrevivieron 2 de los 20 caballos.
Ese mismo día Daniel vió la siembra de trigo ennegrecido y así supo que se había perdido porque no tenía ni una hoz para segarla. De hecho, había nacido una perversidad: llegaban hombres a los pueblos y daban en alquiler una hoz a cambio de 10% de la cosecha.
Daniel solo pensó ¿Dios que está pasando aquí?, esta gente está pasando hambre por no saber hacer una hoz, un martillo y una herradura ¡Dios, pero si eso lo ha hecho la humanidad desde hace 6000 años!
Daniel se despidió, se montó en el carro y bajó a Mérida. Había mucho aún por organizar. Faltaban tres días para el viaje.
Su hijo le dijo: Papá, esa gente se está muriendo de hambre por no saber hacer lo que tu sabes hacer. Papá ¿Por qué no les enseñas para que no pasen hambre?
Y Daniel lloró. Lloró las dos horas que tarda el camino entre el Páramo de Gavidia y la ciudad de Mérida.
Cuando llegué a Mérida Sumito, tenía la franela mojada en el cuello de tanto llorar y secarme la nariz. Así me lo contó él una mañana en mi casa.
II
(Y así me hice creyente)
Al día siguiente Daniel hizo dos llamadas telefónicas internacionales. La primera a la novia alemana para decirle que no se iba de Venezuela y que probablemente allí, como en efecto sucedió, terminaba la relación. La segunda al cineasta Alberto Arvelo, su amigo de infancia, que lo iba a esperar en Madrid. Beto, no me voy. No puedo. Y hablaron y hablaron.
Y con el sí de Beto, que Daniel sintió como una señal, compró hierros, les pidió a amigos carpas, cargó en su carro yunque, martillos y carbón. De los 12.000 dólares que tenía para empezar una nueva vida solo le quedaron dos mil.
Y el día que Daniel tenía que haber estado aterrizando en Europa, la vida lo encontró en esa fría montaña atizando carbón y golpeando sobre un yunque. Para hacer una herradura no se necesita ni la inexistente electricidad, ni maquinaria especializada.
Ese día nacieron las primeras 12 herraduras y una hoz.
Pero Daniel no estaba haciendo herraduras, estaba enseñando a hacerlas. Esa es la diferencia de lo que años después es un proyecto masivo y extendido por las comunidades rurales de Los Andes venezolanos. Pero no nos adelantemos, no hace falta.
Días después Daniel venia bajando por uno de esos estrechos caminos de mula en la montaña y a lo lejos subía un niño por su lado. Daniel se cambió de lado para dejarlo pasar y el niño también cambió. Ese niño venía a su encuentro. Jadeando en su apuro a esos 3400 metros de altura.
Cuando estaban uno al lado del otro, el niño le preguntó ¿Es usted Daniel? Y luego sacó con cuidado de una tela que lo envolvía, un pan recién horneado. Aquí le manda mi Mamá, gracias a la hoz que nos enseñó a hacer no vamos a pasar hambre.
Daniel sintío que le faltaba aire, parálisis, un hormigueo en la cara. Así me lo contó.
En ese instante me volví creyente Sumito. En ese instante entendí que Dios me había peraparado para ese momento Sumito. En ese momento entendí que eso era lo que quería Dios de mi, Sumito.
III
(La Caravana Escuela)
Así nació La Caravana Escuela. Alberto Arvelo consiguió que amigos suyos financiaran en un primer momento lo necesario para la producción continua de hoces y herraduras en un momento de crisis que es difícil que alguien que no lo haya vivido pueda entender. La gente no lo sabe pero uno de esos primeros ángeles financistas fue nada menos que el arquitecto Frank Gehry.
El camino ha tenido sus altibajos porque conseguir chatarra de calidad (fundamentalmente ballestas y resortes de autos) no es tarea fácil ni a la hora de adquirir ni a la de transportar. Los yunques había que comprarlos afuera y también establecer una logística para distribuir el carbón. Hoy Daniel lo cuenta como una anécdota, pero para hacernos una idea de lo agreste que es vivir en dictadura está el hecho de que lo paraban en las alcabalas para ponerlo preso por contrabando de material estratégico. Lo cómico es que un día le dijo a un guardia que él era artista y eso era para hacer sus esculturas y esa vez lo dejaron pasar. Desde entonces Daniel pasó a ser el artistas hippie que a veces pasaba por allí.
La Caravana Escuela es un modelo de gestión impresionante. Daniel llega a una comunidad con 12 yunques, chatarra y carbón. Entrena a la población campesina y les deja un yunque de regalo y herramientas para que continúen produciendo y enseñando a otros. En estos años a armado doce comunidades y una nube de poco más de 600 forjadores.
IV
(Un proyecto que ahora salta al hogar)
A los donantes no les gustan los proyectos que no se autofinancian y los organismos humanitarios le huyen a lo que técnicamente se conoce como financiamiento de medios de vida (el conjunto de capacidades que necesita alguien para generar ingresos) porque no es su labor. De paso quiénes sí financian medios de vida esperan resultados y métricas de resultados ridículamente inmediatos, como si en un año una comunidad campesina es capaz de aprender un oficio y al mismo tiempo convertirse en un cluster de empresarios exitosos. Un proyecto como el Daniel nació para sacar del hambre a través de conocimientos y herramientas, pero quien financia espera que se conviertan en exitosos ferreteros y hasta exportadores. Esa ha sido, desde mi punto de vista, la tragedia a la que se enfrentan este tipo de proyectos.
No siempre se debe financiar un proyecto social para que genere dinero. Ese mismo error ha llevado a destruir universidades, por ejemplo, a las que se les exigen resultados económicos en lugar de producir seres humanos pensantes que luego generarán empresa.
A veces se financia es para replicar conocimiento y eso va creciendo de manera orgánica. Un ejemplo de lo que puede suceder con un proyecto como el de La Caravana Escuela se vio en el terremoto de Caracas de este año. Esos campesinos calentaron espirales de autos (los famosos resortes de amortiguación), los estiraron, cortaron y golpearon hasta obtener 700 cinceles de calidad excepcional (calidad “Toyota” como ironizó Daniel al contarme) y los mandaron de inmediato a los rescatistas que sacaban gente debajo de los escombros. Algo así se logra es enseñando un oficio y vínculos de solidaridad que apunten al bien común.
En todo caso, cada espacio campesino formado va construyendo su propio lenguaje y Daniel ha visto que de manera natural van surgiendo piezas de carácter ornamental-utilitario (lámparas, rejas, etc); eso lo llevó a idear el proyecto de que esas comunidades hagan sartenes de calidad excepcional. Una manera de que algo tan hermoso como La Caravana Escuela entre a nuestros hogares.
Esas sartenes tienen troqueladas en la parte superior del mango el nombre del proyecto y en la parte inferior el nombre de la población de la comunidad que lo hizo. La parte inferior del cuerpo de la sartén dice “Forjado en Venezuela” y a un lado el año. Lo del año es porque con orgullo afirman que tienen 100 años de garantía y esa fecha es para que quede claro.
Yo soy chef y bastante tiempo que tengo en esto. Obviamente sé reconocer una sartén mala, de una buena y comparar a estas dos con una excepcional. Resulta más que obvio que estas sartenes que hacen estos campesinos son excepcionales. Y apuesto lo que quieran a que sobrevirán a sus dueños.
V
(Dejar de hablar tonterías y ser coherentes)
Pertenezco a un gremio de moda como el de la cocina, en donde sus cabezas (los chefs) tenemos ya sus buenos años abrazando eslóganes y afirmando que somos capaces de cambiar el mundo para hacerlo más justo.
Cambiar el mundo no es decir “yo creo en esto” a un periodista, cambiar el mundo es comprarle una sartén a un campesino para que ese campesino le enseñe a otros a hacer herraduras que a su vez permitirán que un niño no muera de hambre.
Meterse las manos en el bolsillo.
No regatear para luego salir a comprar en Amazon.
Le pregunto directamente y a los ojos a mis colegas “¿Salimos a comprar sartenes que duran más de 100 años, más costosos que los chinos, para que seamos parte del bien común, o seguimos diciendo que creemos en causas sociales, pero sin meternos la mano en el bolsillo?”.
Comentarios
Dios lo bendiga y le siga dando esa fuerza capaz de llevar a cabo su propósito de vida, aún en la adversidad.
Qué dura ha sido esta tragediia y que grande el espíritu de quienes han remaro contracorriente, en las peores condiciones, con el único fin de poner a disposición de otros los talentos y convertirse en hacedores de sueños que parecían imposibles.
Que se vendan por montón los sartenes de la Caravana Escuela y que miles sigan aprendiendo este y otros tantos oficios necesarios para seguir.