lunes, enero 30, 2012

¡La India toma nuestra sede de Margarita! Taller y cena de enamorados

Fotos tomadas en el viaje

TALLER DE COCINA Y CENA DE LA INDIA

(MARGARITA)



TALLER: Sábado 04 de Febrero 2012 de 10 am a 02 pm

CENA DE LOS ENAMORADOS: 14 de febrero 2012 puntual a las 7:30 pm

RESERVACIÓN: ictcmargarita@gmail.com

Acabo de regresar de un viaje maravilloso por la India cargado de ideas nuevas, platos y especias ¡Que mejor manera de comenzar las actividades de nuestro Instituto Culinario y Turístico de Caribe (ICTC) en la Asunción (Isla de Margarita) que con el ímpetu de esta nueva exploración gastronómica por la tierra de mi madre!

TALLER DE COCINA

El día Sábado 04 de Febrero realizaré un taller de 6 platos nuevos en mi repertorio (Pan, arroz, pollo, chivo, pescado y chutney) pensado con ingredientes que se consiguen en Venezuela.

COSTO: BsF 300 por persona

CENA DE LOS ENAMORADOS

El Miércoles 14 de Febrero haré una cena de los enamorados, mágica (y sobre todo irrepetible) ya que los platos se harán con las especias que traje directamente de la India. La cena será exclusivamente para 14 personas y se hará en una mesa común al mismo estilo de la India, de allí que es importante puntualidad a las 7:30 pm (¡Para brindar con champaña!) e iniciar el festín a las 8 pm.

COSTO (INCLUYE CHAMPAÑA): BsF 600

sábado, enero 28, 2012

#271 COMER SIN GUSTO

A Anusuya, mi madre, que desde hace 25 años no tiene gusto.

No solo cuando tenemos gripe perdemos el sentido del gusto. Son muchas las razones por las cuales una persona puede quedar sin la posibilidad de distinguir claramente los sabores de lo que come. Le sucede particularmente a quienes han perdido capacidades olfativas producto de accidentes o de estimulación química prolongada con irritantes, a las personas mayores debido a que en la madurez de la vida el número de las papilas gustativas comienza a decrecer por falta de regeneración, y sobre todo le sucede a muchas personas después de haber sufrido accidentes cerebro vasculares, al quedar éstas literalmente con los cables rotos de la estimulación química trasmutada en corriente. Muchas (muchas) personas sencillamente transitan el resto de sus vidas sin el sentido del gusto porque son mas de lo que uno imagina las razones que pueden llevar a su pérdida, y dependiendo de lo que haya significado para ellas comer hasta ese día, puede convertirse en el primero de una prolongada pesadilla o en uno más de una vida que fue llenada siempre de placer, memoria y entorno.

Para muchos, el sabor de las cosas es un índice aprendido con curiosidad en los primeros años de vida (al que se le suman ocasionales descubrimiento de gastronauta), que con su paleta de sabores y combinaciones permite corroborar lo que ya saben. Algo muy parecido sucede con los grandes catadores de vino que usan el gusto para probar lo que olfato y vista ya dijeron. Comer, con la posibilidad de hacerlo sin el apresuramiento que da el hambre, es un acto fundamental porque la boca es una poderosa compuerta para entendernos.

Es común escuchar el dicho que dice “la comida entra por los ojos”, pero comer es mirar más que ver. Disfrutar la vajilla y la mesa bien servida. Recordar eternamente el parpadeo detenido de ojos cerrados del vecino que disfruta un bocado, nuestras propias manos cuyos contornos hemos olvidado y hasta el sutil cambio de tonos en un plato conocido porque ese día cambió la luz del día. Todo bocado debe entenderse desde la vista. Lograr hacer esa memoria es la que permite predecir si un dulce de lechosa o unas caraotas serán buenas solo por el brillo cómplice que traen. Salivar con solo ver las orillas tostadas de una tajada de plátano. Predecir que tan buena estará una polvorosa de pollo con solo distinguir el grano dorado de su capa de masa. Entender que el cocinero es bueno porque usó azafrán de verdad en una paella.

El mejor cumplido que puede recibir quien cocina es el silencio reverente de una mesa que come con pausa lo que sus manos lograron. Comer es tanto sonido como su ausencia. Recordar lo que conversábamos el día del mejor suspiro de guanábana de nuestras vidas, el tintineo de los cubiertos al chocar con los platos, el glu-glu del vino al caer. Entender al acto de comer desde el sonido es lo que mas tarde nos permitirá saber que las cosas van bien por el chirriar correcto del sofrito, esperar los silencios para invadirnos del crujir de nuestra chuchería de niños o saber que una barra de chocolate será buena por el craqueo seco al partirla.

Dicen quienes moran la India, que la razón por la que comen con la mano es porque el acto de comer no está completo sin el tacto. Razón no les falta. Comer es sobre todo tacto. Tacto de la mano de quien nos ha pasado la fuente de la ensalada, del frío cristal de una copa de coñac que calentamos con las manos, del pan de costra dura que apretamos hasta quebrar. Siete son los aspectos de un plato que dependen directamente del sentido del tacto: Temperatura, textura, peso, dureza, untuosidad, elasticidad y densidad de líquidos; y desde el instante en que entra a nuestras bocas la comida se activa el laboratorio que en fracciones de segundo cataloga cada uno de estos aspectos. Tenemos dos posibilidades en la vida, tragar o sentir. Entender nuestros platos desde el tacto no solo es sensual, sino la mejor manera de grabarlos en la memoria para siempre. Es lo que me permite saber que no hay crema de apio como la de mi abuela María. Untuosa, no chiclosa, caliente sin quemar, en el espesor justo para que no se vayan al fondo los crujientes crotones.

El hambre prolongada es la nada absoluta porque nos quita por necesidad el sentido del gusto; pero sentir los sabores está apenas un peldaño mas arriba en el acto físico de comer. Comer no es gustar. Comer es sentir. Nunca es tarde para comenzar a vivir o para enseñarle a nuestros hijos a hacerlo. Cuando se ha vivido una vida plena, no hacen falta corroboraciones.

sábado, enero 21, 2012

270 (LA INDIA)

LA INDIA

Es fascinante ver como toman el fino, y a veces muy colorido, trozo de tela y son capaces de anudarlo a velocidad notable. Con ver la forma del doblez puede inferirse si se trata de una ocasión elegante, si quien lo viste pertenece a otra generación e inclusive, hasta por la forma de amarrarlo puede el ojo entrenado establecer la clase social de la persona ¡Tal es la complicación de sus códigos!

Viajar por el país puede ser un carrusel que nos enfrenta a costumbres religiosas únicas que, por desconocidas, a ratos se nos presentan hasta supersticiosas. No es extraño que hablen con naturalidad sobre pequeños niños capaces de volar o que en épocas del año quemen papeles con deseos a la espera de que los dioses les respondan con augurios. Habiendo varias religiones, en cada una podemos encontrarnos con sub grupos que se visten diferente ¡No intente entenderlo! Para decepción mía, confieso, pocos son los que saben el significado de sus nombres, aunque entiendo que todos tienen un significado espiritual de origen religioso.

Le invito a leer de nuevo los dos primeros párrafos de este artículo referidos a la manera como en Venezuela vemos a las corbatas, los querubines, al espíritu de la navidad y lo complicado que es entender las sutilezas de costumbres que hay en las decenas de sub grupos que se arropan bajo el término cristianismo. Exactamente así nos describiría alguien de la India en caso de venir a visitarnos. Nos describiría así, porque eso somos. Pero no lo hacen y en ello nos llevan una ventaja descomunal. No pretenden entendernos ni buscar en nosotros códigos civilizados.

Por el contrario, cada vez que los occidentales visitamos a la India, nos empecinamos en tratar de entenderlos, en pregúntales que significan sus nombres, en buscar espiritualidad en la vida cotidiana de parejas que trabajan y mandan hijos al colegio. Termina sucediéndonos como el viejo chiste del que le pregunta al bombero el porque de su cinturón rojo y este con naturalidad responde: "pues para que no se me caigan los pantalones".

Salvo que estemos inmersos en la tranquilidad de códigos que es un tour, un viaje a la India nunca es fácil. Sencillamente no existe ni una sola cosa que podamos reconocer. No me refiero a cosas básicas como idioma, manejar por la izquierda o sabores de la comida. Me refiero a lo que es correcto y a lo que no lo es. A lo que da risa y a lo que insulta. Nos asquea ver como la gente come con la mano, pero no nos detenemos a pensar que tocar comida de otro con nuestoa cubiertos ensalivados es casi de las peores cosas que puede concebir alguien de la India... Tal como hacemos nosotros cuando a un amigo le decimos que nos de a probar de su plato. En occidente nos hemos desacostumbrado a ser juzgados porque oriente no tiene en su código genético juzgar, pero somos realmente buenos para juzgar y preguntar "¿porque?" cuando las cosas no son como deberian ser. Es tal nuestra necesidad de que las cosas sean a nuestra manera que necesitamos desesperados tirar un cable a tierra que nos occidentalice. Hasta la marca comercial transnacional, transparente a nuestros ojos en nuestros centros comerciales, cobra inusitada fuerza y nos aferramos a ella como si su presencia nos amarrara a las cosas correctas.

Todos estamos inmersos en millones de códigos que constituyen eso que llamamos cotidiano y que nos mantiene no solo atados a tierra, sino que nos da sentido de pertenencia. La forma en que nos saludamos, la disposición de la publicidad, los códigos de conducta al manejar, las formas físicas del afecto, aquello que hemos considerado de buena educación. Millones y millones de pequeños detalles que hemos entramado en un panal infinito que nos da seguridad. Cada uno de esos códigos es el instrumento de una orquestra y el conjunto, la sinfonía que suena a nuestro alrededor las 24 horas del día. Venir a la India es enfrentarse también a una orquestra, solo que esta posee todos los instrumentos diferentes y afinados con otras escalas. Cuando suenan a la vez no reconocemos la melodia y sentimos que nos han lanzado contra el ruido mas descomunal posible. Semejante bullicio en medio de un lugar en donde tampoco podemos comunicarnos porque el idioma no tiene nada común, hace que solo nos quede un único espacio que suene reconocible: nuestro interior, nuestros pensamientos. Un interior que en nuestros propios países no habíamos tenido tiempo de escuchar y que acá se nos convierte en materia obligatoria de una tarea pendiente y que nos siempre es agradable oír.

Muy por encima de su infinita cultura, de las cosas que mas admiro de la gente de la India es que cuando viajo a su pais jamás me preguntan porque soy como soy. En el país en donde jamás podria vivir porque nada me resulta cómodo, es en donde me siento libre. Aquí aprendo que todo el mundo nace, ama y muere. Juzgar pierde sentido.

Campos de Preetnagar Nagar (Norte de la India), Enero 2012